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Chapter 6

Juegos de poder

Capítulo 6 Juegos de poder

El eco de susurros clandestinos aún vibraba en el aire cuando Isabela dejó caer con lentitud el teléfono sobre el escritorio. Sus dedos temblaban apenas, un extraño combustible que mezclaba rabia y miedo. Afuera, el viento arrastraba hojas secas contra los ventanales, y la ciudad, iluminada por neones difusos, seguía impasible, ignorando que en esa oficina diminuta la historia de una familia pugnaba por no desvanecerse.

—¿Qué pretendes, Adrián? —murmuró, sin voltearse, mientras la pantalla del celular proyectaba un mensaje críptico firmado con una palabra: “Cuidado”.

Él estaba detrás, de pie, con las manos en los bolsillos del traje oscuro que parecía absorber la luz. Su mirada era un abismo en sombra, un vuelco de emociones retenidas, tan peligroso como la amenaza invisible que ahora se colaba entre ellos.

—No dejaremos que nos destruyan tan fácil. —La voz de Adrián era un filo helado que rasgaba el silencio—. Ya sabes que no soy hombre de dar pasos sin pensar.

Isabela giró, enfrentándolo, y por un instante la distancia entre ellos se volvió aplastante. El aire se espesó con la electricidad impalpable que les rodeaba cada vez que chocaban.

—No me gusta esta jugada, Adrián. —Sus palabras, casi un suspiro, se hicieron eco en la habitación—. Si quieren romper nuestra alianza, primero tendrán que pasar por nosotros.

Él se acercó, y su aliento, apenas un roce cálido, trazó un camino por la piel de Isabela que la hizo tensarse.

—¿Crees que estoy dispuesto a perder? —preguntó sin bajar la guardia—. Yo también juego para ganar.

El choque de dos voluntades se hizo evidente con cada palabra, con cada silencio que se colaba entre ellos. Sabían que el tablero estaba lleno de piezas ocultas, traicioneras. Y ninguna tendría piedad.

De repente, el sonido insistente de su teléfono cortó el aire. Adrián lo atendió sin mirar. Aislados en aquella habitación donde el lujo apenas cubría el desgaste, el mundo externo se colaba con la urgencia de una alarma.

—¿Sí? —Su voz era firme, pero la tensión bajo la piel vibraba como un tambor de guerra.

Sus ojos se oscurecieron con el peso de las palabras que escuchaba. Cerró un instante los puños, respiró corto, y al colgar, sus labios se estrecharon en una línea que no admitía fisuras.

—Llegó un mensaje —anunció, mostrando el dispositivo a Isabela—. Es una amenaza directa. No es un juego menor, esta vez nos están señalando a mí... y a ti.

Ella tragó en seco. Los latidos en su pecho se apresuraron y la fragilidad de la alianza pareció quebrarse bajo ese golpe.

Un frío agudo le recorrió la espalda y vio cómo en los ojos de Adrián se encendía un fuego opaco y contenido, un huracán que apenas podía contener. La lucha se trasladaba de las oficinas lujosas al terreno oscuro de la supervivencia.

—No sé quién está detrás —confesó él, con una claridad que sorprendió—, pero están dispuestos a todo. A quebrarnos, a destruirnos.

Isabela se acercó con decisión, rompiendo ese muro de incertidumbre. Apoyó una mano firme sobre el escritorio, reclamando el terreno, la batalla compartida.

—Entonces no hay opción: debemos anticiparnos. Movernos con inteligencia, más rápido que ellos.

Adrián asintió, y un destello fugaz de respeto cruzó entre ellos. El enemigo común los ponía al filo, sin espacio para errores.

Pero justo cuando la tensión alcanzaba su clímax, los teléfonos vibraron al unísono con un mensaje que paralizó la habitación.

Ella y él se miraron, conscientes de que aquella notificación no era una coincidencia —era una sentencia.

Adrián abrió el mensaje con manos firmes. La frase que leyó fue una bala en la cabeza de cualquier esperanza:

“Sabemos dónde estás. La próxima vez, no habrá advertencia.”

El tiempo pareció detenerse mientras la amenaza se teñía de realidad.

—Esto no se trata solo de negocios —susurró, con una sombra de miedo que nunca antes le habíamos escuchado—. Esta guerra es personal.

Isabela sintió como si una mano invisible apretara su garganta. La certeza de que cada paso los acercaba a un abismo sin retorno se imponía.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó, aunque sabía que la respuesta dictaría el destino de ambos.

Adrián clavó la mirada en ella, apenas un reflejo de sus propios fantasmas.

—Sobreviviremos. A cualquier precio.

Y en el corazón de la ciudad, entre la danza cruel de luces y sombras, la batalla apenas empezaba.

Lo que vendría sería fuego, secretos y caos que destruirían su pasado... o los salvarían del todo.

Pero ninguno de los dos podría imaginar que la próxima jugada estaba ya en movimiento, y que la oscuridad acechaba más cerca de lo que jamás hubieran temido.

El sonido seco de un golpe en la puerta resonó en la oficina, deteniendo todo.

Se volvieron, congelados.

Nadie debería estar allí ahora.

Y sin embargo... alguien estaba al otro lado, esperando.