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Chapter 2

Alianzas forzadas

Capítulo 2 Alianzas forzadas

El aire en la sala de juntas estaba tan denso que parecía absorber cada respiro. Isabela sentía la piel pegajosa, como si el sudor frío se abrazara a su espalda. Los ecos del silencio quebrado por sus propios corazones aún vibraban en la habitación. Aquel instante no se había ido: se aferraba, pesado, entre ellos.

Adrián apoyó las manos sobre la mesa de caoba, clavando la mirada en un punto impreciso. Los ojos le brillaban con una furia contenida, pero también con una chispa de algo más peligroso —una incertidumbre que Isabela logró descifrar al instante. No eran rivales que se odiaban sin más. Había heridas abiertas, resquicios de un pasado compartido que ambos trataban de ocultar.

—No podemos desaparecer en peleas estériles —dijo finalmente Adrián, con voz ronca, como si cada palabra le costara un esfuerzo titánico—. Nuestro enemigo común se está moviendo rápido. Si no unimos fuerzas, la que va a caer seremos ambas empresas.

Isabela levantó la vista, sorprendida. Su postura se endureció inmediatamente, recordando que cada palabra estaba cargada de una trampa velada. Pero la verdad era tan clara como el eco del enojo que aún golpeaba en su pecho: necesitaban una alianza, a pesar del veneno que escupían sus miradas.

—¿Qué propones? —preguntó, con la mandíbula apretada y la voz apenas un susurro que parecía desafiar al destino.

Adrián esbozó una sonrisa completa, esa que no alcanzaba a sus ojos.

—Para empezar, una junta directiva conjunta. Comités de crisis. Acceso compartido a información confidencial. Y más importante, protocolos inmediatos para proteger nuestras redes y nuestras patentes.

El silencio se expandió después de esa declaración, tan amenazante que el tic-tac del reloj parecía martillarles el cráneo. Isabela sintió un temblor recorrer sus dedos cuando posó la mano sobre la mesa. ¿Podría confiar en él? ¿Era esta alianza otro tipo de juego, otro movimiento de ajedrez para devorarla viva?

—Te advierto, Montoya, que no pienso dejar que esto se convierta en un espectáculo donde uno de los dos salga malherido. Si decides traicionarme —susurró, la tensión afilando cada sílaba—, te aseguro que será el último error que cometas.

Adrián se inclinó hacia adelante, mientras una sombra de respeto pasó por sus facciones. —Y yo que pensaba que ya no podías sorprenderme, Isabela…

En ese instante, la puerta se abrió de golpe y un hombre entró abruptamente. Delgado, con un maletín antiguo, la mirada cargada de urgencia.

—Perdón por la interrupción —dijo con voz entrecortada—. Pero esto lo van a querer ver ustedes dos.

Del maletín sacó una carpeta con documentos y fotografías que arrojó sobre la mesa como bombas. El golpe resonó en la sala, despertando una electricidad que erizó la piel de ambos.

Isabela se inclinó para mirar, el corazón en acelerado combate.

—Esto… —balbuceó—, ¿qué es?

—Un informe filtrado —respondió el hombre—. Revela que los ataques a sus empresas no son solo campañas de desprestigio aisladas. Detrás hay una red mucho más profunda. Un entramado que afecta también a terceras empresas, incluso a instituciones financieras aliadas.

Adrián frunció el ceño, estudiando cada página. Sus dedos marcaban mapas, nombres, fechas. —Si esto es verdad —murmuró con voz baja, casi temblorosa—, entonces hemos estado peleando en la superficie… mientras los verdaderos tiburones están al acecho en las aguas profundas.

Isabela sintió que el mundo se estrechaba. Aquello era mucho más que un escándalo. Era una tormenta que apenas comenzaba a armarse, invisible para la mayoría, pero con una fuerza capaz de devastar todo lo que amaban.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó, con la garganta seca, mirando directo a Adrián.

En la mirada de él apareció una resolución inesperada, combinada con un atisbo de temor.

—Lo que siempre debimos hacer —respondió, en tono grave—. Unir fuerzas, vigilar cada movimiento... y prepararnos para el golpe que viene.

Un golpe que ni ellos mismos podían aún imaginar.

Mientras sus miradas se cruzaban, la distancia entre aliados y enemigos se desdibujaba como una línea trazada en la bruma. La alianza, sin importar cuán forzada, ya estaba consumada.

Y en las sombras, al otro lado de la ciudad, alguien sonrió.

Un susurro roto por el crujir de las llamas consumía secretos prohibidos justo cuando una amenaza más oscura emergía a la superficie.

—Esto no es solo el principio —musitó Isabela, apretando la carpeta contra el pecho—. Es solo la punta del iceberg.

Un silencio tenso se apoderó del recinto, mientras la oscuridad se extendía, implacable y voraz, como un incendio que todo devoraba a su paso.

Y esta vez no habría escapatoria.