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Chapter 13

Un pacto en riesgo

Capítulo 13 Un pacto en riesgo

El golpe contra la puerta resonó con un eco siniestro, como si cada martilleo arrastrara consigo un lamento invisible. Isabela y Adrián, suspendidos en la línea tenue entre la furia y una fragilidad pocas veces permitida, se congelaron.

Sus miradas se cruzaron, dos llamas azules que un instante antes ardían al mismo compás, ahora apagándose en una sombra de duda.

—¿Quién será a esta hora? —inquirió ella, su voz un susurro que pretendía escapar al temblor de su mandíbula.

Adrián ni siquiera giró la cabeza. El ceño le fruncía, un horizonte tormentoso de sospechas. Esa llamada de atención externa era una intromisión, una amenaza latente, como si el mundo exigiera separar, una vez más, aquello que ellos estaban intentando reunir.

La puerta volvió a temblar bajo los golpeteos, insoportable y urgente.

—Abro yo —dijo Adrián, dejando escapar un aliento profundo que hizo vibrar su pecho. Caminó firme hacia el umbral. Uno, dos, tres golpes más.

Al abrir, la sombra entró sin invitación: un hombre pequeño, con gafas gruesas y mirada nerviosa, cargando una carpeta de forro negro.

—Señor Montoya —saludó en voz baja, pero con esa estatura apenas pudo ocultar el temblor en su tono—. Traigo información que usted pidió... y otros asuntos que deben saber en conjunto.

Isabela afiló la vista, una corriente helada recorriéndole la espina: ese hombre no aparecía en la agenda. La carpeta en sus manos parecía un cadáver pintado en tinta, pesado con secretos.

Adrián cerró la puerta tras él sin perder el ritmo —¿Qué tipo de "otros asuntos"? —preguntó, sus ojos destellando con una mezcla de desconfianza y hambre.

El visitante dudó, pero luego deslizó la carpeta sobre el escritorio, abriéndola con cuidado revela fotografías, gráficos, chats impresos.

—Hay un infiltrado —susurró, y fue como si el aire se espesara, se volcara sobre ellos pesando kilómetros—. Dentro de la empresa de ustedes. Alguien trabaja para MontoyaCorp, filtrando estrategias, moviendo piezas que solo el enemigo conoce.

Isabela sintió que el mundo a su alrededor perdía el color. El pulso en su sien retumbaba como un tambor de guerra. Miró a Adrián, quien palideció de golpe, cerrando la carpeta con un golpe seco.

—¿Esto qué significa? —Isabela logró articular, mientras la ira amenazaba quemar las últimas briznas de cordialidad.

—Significa que el pacto está en peligro —contestó Adrián, la voz ahora tensa, mezclando la furia con la preocupación—. Que mientras nosotros intentamos reconstruir, alguien dentro de tus filas juega otro juego.

Isabela sintió un calor insoportable quemando sus mejillas, no solo por la acusación implícita, sino porque la sombra del espionaje se cernía sobre su gente más cercana. ¿En quién confiar?

—¿Y esta información? ¿Tiene pruebas claras? —preguntó ella, obligándose a mantener la calma.

—No son alegatos vacíos —el hombre de gafas mostró un email, con una cadena de mensajes entre dos cuentas anónimas, con menciones precisas a las fechas de lanzamiento de productos y movimientos financieros—. Quien esté filtrando sabe demasiado. Si no actuamos rápido, todo se viene abajo.

La tensión se volvió un cuchillo girando entre los tres.

Por un instante, Isabela deseó que todo esto fuera un error, otra trampa ideada para destruir lo que con tanto esfuerzo levantaban.

Adrián se volvió hacia ella con un brillo frío, casi desafiante.

—Tienes 24 horas para encontrar a ese traidor. Porque si regresas con las manos vacías, no puedo garantizar que este pacto continúe en pie.

Isabela tragó en seco, el peso de la acusación era un látigo invisible.

En aquel instante, el teléfono sobre la mesa vibró. Isabela lo tomó con dedos torpes. Un mensaje iluminó la pantalla: "Tu secreto no está tan oculto como crees".

Un estremecimiento la recorrió, helando su sangre.

Adrián lo vio, su mirada se endureció, pero no preguntó.

El visitante ya había dado media vuelta. Al salir, su voz se perdió en el pasillo:

—Este no es solo un tema de negocios. Es personal.

La puerta se cerró con un portazo.

Silencio. La habitación se volvió un campo minado donde cada palabra podría explotar.

Isabela miró a Adrián, buscando en su rostro una chispa de confianza. Pero solo encontró una guerra interna, un abismo de dudas que parecía absorberlos a ambos.

Entonces, la pregunta quedó suspendida en el aire, cortante y demoledora:

—¿Quién está dispuesto a traicionarnos primero?