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Chapter 7

Federico Montoya al Acecho

El aire seguía denso, saturado de palabras no pronunciadas que colgaban entre Lucía y Alejandro como una niebla venenosa. La piel de ella aún ardía por el roce fugaz de sus manos, y el eco del reloj que Alejandro apretaba contra su chaqueta parecía marcar un pulso diferente, algo quebrado e inestable.

Lucía se mordió el labio inferior, tratando de hundir el torbellino de emociones que giraba furioso en su pecho. La opulencia de la sala, con sus muebles de cuero bruñido y las cortinas de terciopelo oscuro, se volvió un escenario demasiado frío y brillante para albergar tanta vulnerabilidad.

—¿Esto... esto cambia todo? —su voz, apenas un susurro, tembló entre la penumbra.

Alejandro la miró, sus ojos resguardando un océano de secretos. Sin responder, se dio la vuelta y avanzó hacia la ventana, dejando que la altura de la ciudad nocturna envolviera su figura, aislándola tras un muro de luces inciertas.

En ese instante, lejos de la mansión, en un edificio cuyo brillo no le llegaba ni en sueños, otro par de ojos seguían con atención cada movimiento.

Federico Montoya deslizó sus dedos largos por el respaldo de su silla, esbozando una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos. La ambición era una bestia rasposa que vibraba en sus venas, y ahora, con un nuevo juguete en su tablero, la partida comenzaba a inclinarse a su favor.

No le hizo falta que alguien le recordara la existencia del reloj. Federico ya sabía que Alejandro había tomado posesión de aquel objeto misterioso. Más que eso: conocía bien a Lucía Torres. Tenía su ficha marcada. Cada paso que ella daba, aún inseguro y tembloroso, estaba bajo su lupa.

La luz de su oficina se encendió con un leve clic, y entre el silencio opresivo, su asistente irrumpió con una carpeta gruesa que pesaba más que un suspiro.

—Esto llegó hace una hora. —susurró, entregándola con mano firme—. Puede interesarle.

Federico desdobló los documentos, oliendo la tinta fresca que impregnaba cada hoja. Fotografías, correos electrónicos interceptados, informes financieros alterados. Pero fue una imagen la que hizo que sus labios se curvaran con una satisfacción letal: Lucía, después de una reunión secreta, reuniéndose con... alguien.

No era cualquier encuentro. Era delicado, peligroso. Era la llave que abría la puerta a todo lo que Lucía había intentado esconder.

Se frotó el mentón, pensando en la manera de usar ese tesoro. No se trataba solo de hundir a Alejandro, su rival de siempre; se trataba de apretar con paciencia esas clavijas invisibles que mantenían a Lucía en equilibrio. Un secreto como ese podía destruirla, o mejor aún, doblarla a su voluntad.

Al siguiente día, mientras Lucía repasaba fichas en la oficina, sintió un escalofrío que no pertenecía ni al aire acondicionado ni a su cansancio.

El teléfono vibró con un timbre discreto, y una voz desconocida le dejó un mensaje que cortó su aliento:

—Querida Lucía, conozco tu secreto. Y tengo toda la intención de manejarlo a mi favor.

El pulso de Lucía se aceleró, un sudor frío recorrió su espalda. Aquel aviso no era un juego: era el preludio de una tormenta que iba directo a su puerta.

En otro lugar, con la sonrisa intacta, Federico guardó la carpeta en un maletín y susurró:

—Que empiece el juego.

Un golpe inesperado resonó en la entrada de su oficina.

Federico levantó la mirada, y la habitación se quedó en silencio mientras la sombra tras la puerta terminaba de perfilarse.

La amenaza estaba al acecho, y ni Lucía ni Alejandro estaban listos para lo que vendría.