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Chapter 6

Descubriendo Vulnerabilidades

El eco de aquella pregunta resonaba en la habitación, una ola fría que se colaba bajo la piel de Lucía. El aire seguía vibrando con la tensión palpable entre ellos, un silencio pesado que parecía aplastar cada aliento.

Federico volvió a sonreír, una curva torcida y cruel, como si disfrutara viendo a un animal atrapado en su propia trampa.

—¿Confía usted en el poder de la verdad, señora Torres?—repitió, con una voz que no admitía réplica.

Lucía apretó los puños, intentando recomponerse. La mandíbula le temblaba, y un hormigueo helado le subía por la columna vertebral. Sin embargo, sus ojos se clavaron en él con una intensidad inesperada, desafiando el desprecio que la tejía por dentro.

—No para quien se oculta detrás de mentiras, Federico.

El hombre ladeó la cabeza, divertido y un poco sorprendido por aquel atisbo de coraje.

—Muy bien —dijo finalmente, como si acabara de decidir un juego que apenas comenzaba—. Pero recuerda que en este tablero, cariño, las piezas no siempre son lo que parecen.

Antes de que Lucía pudiera responder, un suave ruido metálico interrumpió la escena. Provenía de la mesita junto a la ventana.

Federico se apartó, confiado, y la mirada de Lucía se fue directamente hacia el objeto que yacía entre las sombras: una pequeña caja de madera, pulida y antigua, con un cierre delicado y un aroma profundo a cedro que se escapaba al abrirla lentamente.

Ella se acercó con cautela, sintiendo cómo cada latido se aceleraba en su pecho. Cuando levantó la tapa, en su interior encontró un viejo reloj de bolsillo, bañado en oro mate, grabado con iniciales que le helaron la sangre: A.M.

El corazón de Lucía se detuvo un instante. Aquel reloj no solo era un objeto valioso; era la primera ventana hacia algo desconocido en Alejandro, el hombre que siempre había parecido tan inalcanzable y frío.

—¿De dónde sacaste esto?—susurró, sin poder ocultar la mezcla de sorpresa y algo más profundo, como un destello de humanidad que no esperaba encontrar.

Federico sonrió, un brillo afilado en la mirada.

—Quizá conozco a Alejandro mejor de lo que imaginas —dijo, mientras Lucía sostenía el reloj, sintiendo el peso de un secreto que podía cambiarlo todo.

La superficie dorada tenía unos delicados grabados, casi escondidos, pero que Lucía alcanzó a descifrar: una fecha, una promesa, un momento congelado en el tiempo.

Un murmullo distante de pasos la arrancó de su trance. Instintivamente, Lucía guardó el reloj en el bolsillo del abrigo y se quedó inmóvil, consciente de que aquella revelación era solo el principio de un juego mucho más oscuro y personal.

Apenas pudo girarse cuando la puerta del despacho se abrió de golpe.

—Lucía —la voz profunda de Alejandro la llamó desde la entrada, cargada de algo que nunca antes ella había escuchado: una ligera vulnerabilidad, una preocupación velada tras su coraza—. ¿Qué haces ahí?

Ella levantó la mirada, atrapada entre el miedo y la curiosidad, sabiendo que el reloj en su mano era la llave para descubrir al hombre que se ocultaba tras la máscara.

Pero también el detonante que podría destruir el poco control que tenían sobre sus destinos.

Lucía tragó saliva, mientras la distancia entre ellos se acortaba y el silencio se volvió un campo minado de secretos por explotar.

En ese instante, con el reloj brillando en su bolsillo, la realidad comenzó a fragmentarse en mil pedazos, y ninguno de los dos estaba preparado para lo que vendría después.