NoveliqaEntre Acuerdos y Corazones Ocultos / Sombras en la Alta Sociedad :0%
Log in

Chapter 5

Sombras en la Alta Sociedad

El eco de esa sonrisa, tan fría y cargada de amenaza, seguía retumbando en la mente de Lucía mientras la puerta del vestidor hacía clic. Cerró los ojos con fuerza, tratando de borrar la imagen, pero la sombra persistía, oscureciendo la tibia luz de la lámpara.

—¿Segura que todo está bien? —la voz de Alejandro resonó detrás de ella, grave e inquieta.

Lucía giró, encontrándose con la expresión escrutadora y un destello de preocupación que intentaba ocultar bajo su máscara habitual de serenidad forzada. No quiso confesarle la tormenta que se arremolinaba en su interior.

—Solo agotada —respondió con una sonrisa débil, buscando refugio en su profesionalismo—. Son días intensos.

Él asintió, sus ojos azules como el hielo buscando conectar, pero ella se retiró hacia el salón, sintiendo el peso invisible de mil secretos que la asfixiaban.

El evento estaba en pleno apogeo. La mansión Montoya, bañada en luces doradas que destellaban sobre mármoles pulidos, era el campo de batalla donde se disputaban alianzas invisibles y verdades disfrazadas.

Lucía se apoyó en el respaldo de un sillón, ajustándose el vestido negro, cuya tela acariciaba su piel como un recordatorio cruel de la vanidad y el poder que ella misma pretendía disfrazar. Las risas tintineantes y el murmullo de copas llenas de champagne formaban una sinfonía decadente en la que ella era protagonista involuntaria.

Alejandro apareció a su lado, impecable en su traje oscuro, y aunque su presencia infundía calma, también hacía palpitar su corazón con una mezcla de admiración y miedo.

—Las luces te sientan bien —murmuró él, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.

Ella le devolvió la mirada, detectando en su pecho el mismo temblor que a veces la inmovilizaba de noche.

—Esta vez no quiero ser la sombra de nadie —respondió con voz blanca—. Quiero ser vista. Aunque solo sea por esta noche.

El primer brindis se levantó, y como una orden tácita, la multitud se agrupó alrededor de Alejandro, quien parecía ser el epicentro del tornado social.

Los flashes explotaban, y los murmullos estallaban en un crescendo palpable.

—Señor Montoya —una figura lanzó su voz, destacándose del gentío—, ¿qué opina de las recientes acusaciones contra su empresa?

Alejandro frunció el ceño con control, su voz era un imán helado que absorbía toda tensión.

—Son especulaciones sin fundamento. Nuestra prioridad es la transparencia, y los resultados hablan por sí mismos.

Lucía observó cada gesto en su rostro, cada palabra cuidadosamente medida, y entendió cuánto estaba en juego.

Entonces, una sombra se deslizó hacia ellos, una mujer con un vestido rojo pasión y una sonrisa afilada que irradiaba competencia.

—Lucía, querida —saltó con una dulzura que retaba a la sinceridad—, no esperaba verte aquí tan… acompañada.

La ironía en su tono no pasó desapercibida. Lucía la miró fijamente, encontrando en esos ojos un desafío antiguo, un guante lanzado sin necesidad de palabras.

Pero justo cuando creía que el juego social alcanzaría su clímax, una voz masculina rompió la corriente: un joven periodista de mirada impaciente y micrófono en mano.

—Señora Torres, permítame una pregunta —dijo con un brillo inquisitivo—. Su matrimonio con el señor Montoya ha sorprendido a muchos. ¿Podría decirnos cómo se siente realmente al estar unida a alguien con quien, antes, parecía no compartir ni siquiera simpatía?

Un silencio cortó el aire, espeso y palpable, mientras todos los ojos se volvían hacia ella.

Lucía sintió una oleada de calor y frío simultáneos. Su garganta se secó y su mente buscó frenéticamente una respuesta que no traicionara secretos, que no la hiciera vulnerable frente a ese público hambriento de drama.

Alejandro le rozó la mano bajo la mesa invisible, un gesto sutil que decía “estoy contigo”, pero ella sabía que ahora la oscuridad ya no estaba solo detrás de ella. Estaba frente a su rostro, sonriendo con desdén.

La pregunta pendía en el aire, como una sentencia silente. Y Lucía, por primera vez en mucho tiempo, dudó si la verdad podía salvarla o si la condenaría para siempre.