Chapter 4
La atmósfera en el departamento parecía haberse vuelto más densa, como si el aire mismo llevara el peso de un presagio oscuro. Lucía se quedó en pie junto a la ventana, los dedos entrelazados con una rigidez nerviosa. Afuera, las luces de la ciudad titilaban, indiferentes al tumulto que se gestaba en su interior.
Un nudo apretó su garganta cuando intentó vaciar su mente. Cada eco de aquella cena retumbaba en sus pensamientos: la sombra que había sentido, la mirada furtiva dirigida hacia ella desde la penumbra. ¿Quién era ese fantasma silencioso que se había atrevido a irrumpir en su nueva vida?
El sonido del timbre la sobresaltó. El corazón le golpeó con fuerza contra el pecho. Caminó hacia la puerta con pasos cautelosos, la mano temblorosa posándose sobre el pomo antes de abrir.
Nada. Solo el vacío del pasillo iluminado por las luces blancas del edificio. Un sobre pálido se deslizó por la rendija y cayó silencioso al suelo. Lo recogió con dedos temblorosos y leyó el nombre que conocía demasiado bien: Alejandro.
Pero no era él quien había escrito. La caligrafía era oscura, apenas legible, y las palabras cortaban con precisión:
«No te creas a salvo, Lucía. Sé quién eres y qué escondes. No podrás ocultarlo para siempre.»
Un frío helado le recorrió la espina dorsal. Cerró la puerta a toda prisa, asegurándose de que el seguro estuviese firme. La mente comenzó a dispararse a mil por hora, repasando quién podría estar detrás de esa amenaza velada.
Entonces, un sonido familiar quebró la tensión. Un mensaje entrante en su móvil. La pantalla iluminó su rostro pálido: un solo texto, sin remitente.
> «El pasado tiene memoria. Y yo, paciencia.»
Los dedos le fallaron al sostener el teléfono. La sombra que creía enterrada bajo capas de tiempo volvía a levantarse con fuerza. Su secreto, ese que había jurado olvidar, volvía a tambalear su equilibrio como un huracán implacable.
Lucía se aferra al respaldo de la silla, sintiendo que cada latido es un disparo en su pecho. Afuera, la ciudad continúa ajena, pero dentro de ella, la guerra apenas comenzaba.
Un susurro llegó a sus oídos, como un viento gélido atravesando la habitación: «No estás sola. Pero tampoco estás a salvo.»
Y en ese instante preciso, la silueta de una figura oscura apareció reflejada en el espejo del pasillo, observándola con una sonrisa que helaba la sangre.
Lucía no podía negar ya lo inevitable: el fantasma del pasado había regresado. Y esta vez, no venía en son de paz.