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Chapter 2

Primer Encuentro Formal

El ascensor ascendió con un leve zumbido, cada planta que dejaba atrás parecía robarle un poco más del aliento. Lucía inhalaba con esfuerzo, el aroma a cuero y madera pulida del vestíbulo todavía pegado a su piel.

Cuando las puertas se abrieron, la oficina de Alejandro Montoya se desplegó ante ella como un universo paralelo: paredes de vidrio que reflejaban la ciudad como un mar interminable de luces, muebles impecables diseñados para dominar la escena, y en el centro, él.

Alejandro estaba sentado tras un escritorio de tono oscuro, sus manos entrelazadas, el gesto imperturbable. Su mirada, sin embargo, la atravesó con la precisión fría de un cirujano. No era un hombre que se permitiera concesiones, su autoridad era absoluta.

Lucía sintió cómo su corazón martilló contra las costillas. Respiró hondo y avanzó con paso firme.

—Señora Torres —saludó Alejandro, su voz relajada pero cargada de intensidad—. Espero que el viaje no haya sido muy pesado.

—No, gracias. Estoy lista —respondió ella, aunque un temblor imperceptible vibró en su voz.

Sin más preámbulos, Alejandro extendió una carpeta negra, resaltando con letras plateadas el nombre de su bufete: Montoya & Asociados.

Lucía tomó asiento frente a él, sus dedos rozaron el papel frío mientras desenfundaba el contrato. Las cláusulas parecían interminables, pero más inquietante era el peso invisible que las acompañaba.

—Antes de firmar, quiero que sepa algo —dijo Alejandro, mientras sus ojos destellaban con una mezcla de cálculo y desafío—. Este acuerdo no es sólo un documento legal. Es... un compromiso de supervivencia.

Lucía frunció el ceño, la palabra “supervivencia” resonó en ella con un eco amargo.

Él continuó:

—Ambos tenemos razones para cerrarlo, para proteger lo que amamos. Pero esta alianza, señora Torres, cambiará más que nuestros nombres legales. Cambiará las reglas del juego.

Un silencio cargado se instaló, el ruido lejano del tráfico no conseguía penetrar aquella burbuja de tensión.

Lucía sintió como si de repente una red invisible la envolviera —no sólo por el contrato— sino por él, por la promesa oculta en su mirada. Entonces, con una voz que quiso firme, preguntó:

—¿Qué tipo de reglas?

——Las que dictan quién manda en esta ciudad —responde Alejandro con una sonrisa que casi parece cordial—. Y quiero que seamos socios, no enemigos.

El sonido de su tajante afirmación retumbó en la estancia. Lucía asintió lentamente, consciente de que el reloj de su destino había comenzado a correr.

Pero antes de que pudiera añadir palabra, él deslizó un sobre hacia ella.

—Hay una cláusula especial, que no está en este papel —confesó serio—. La incluiremos solo si acepta mi propuesta.

Su mirada nunca dejó la suya mientras esperaba la respuesta.

Lucía levantó la vista, los ojos anclados en aquellos oscuros. Por un instante, la ciudad entera pareció desvanecerse, dejando solo ese momento suspendido en el aire.

—¿Qué propuesta? —susurró, casi un desafío que escapaba de sus labios.

Alejandro esbozó una sonrisa ambigua y replicó con voz baja, pero implacable:

—Que el contrato no solo nos vincule legalmente, sino también personalmente.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Lucía, consciente de que esas palabras cambiaban todo.

Y entonces, la puerta se abrió de golpe y una voz grave irrumpió en la habitación.

—Creo que la fiesta empezará antes de lo previsto, Montoya.

Ambos miraron hacia la entrada, tensos.

Federico, con su sonrisa ladina y mirada afilada, apareció en el umbral. Y la batalla apenas comenzaba.