Chapter 9
Capítulo 9 La Niebla del Engaño
El aire denso y frío de la noche pareció cerrarse de golpe cuando la sombra atravesó el umbral, clavando sus ojos en Valeria con un brillo gélido. Los murmullos y risas lejanas de la fiesta dentro de la mansión se ahogaron súbitamente, como si el mundo entero contuviese el aliento en ese instante de suspensión.
—No saldrás de aquí —sentenció Sebastián con una voz que era cuchilla y aliento helado a la vez—. Ya no tienes escapatoria.
Valeria sintió cómo el pulso se le disparaba, retumbando en sus sienes como un redoble de tambores. Pero no era sólo miedo. Era la mezcla amarga de rabia y determinación que se le enroscaba en las entrañas. Dio un paso adelante y los tacones resonaron firmes sobre el mármol pulido, escupiendo un desafío silencioso.
—Creí que preferías hacer las cosas más limpias, Sebastián —replicó ella, cada palabra afilada, pero contenida.— Esto no va a acabar como tú quieres.
Los labios de Sebastián se tensaron en una sonrisa que no llegaba a sus ojos, cubiertos de un brillo oscuro. A unos pasos, la figura que le acompañaba permanecía imperturbable, envuelta en sombras, un gesto apenas discernible en su rostro.
—¿De verdad crees que esta mansión, con todos sus secretos y mentiras, va a volcarse por ti? —musitó el hombre que hasta hace un instante parecía sombra, dando un paso lento hacia ella.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Valeria, no por el frío nocturno, sino por la amenaza palpable en cada palabra no pronunciada. La noche se cerró definitivamente cuando, lejos de alejarse, la figura avanzó, bloqueando la única ruta de escape desde el vasto jardín iluminado por tenues faroles cubiertos de hiedra.
—Hay más en juego de lo que imaginas —contradijo Sebastián con una calma inquietante—. No soy el único huésped con secretos bajo esta noche.
Valeria enarcó una ceja, sus ojos buscando más allá, tratando de descubrir la cara oculta de la amenaza que crecía entre las sombras. La niebla comenzó a deslizarse lenta, serpenteante, arrastrándose desde los fundos hacia la mansión como un manto espectral.
—Entonces explícamelo —retó ella, sin apartar la mirada—. Porque desde afuera, solo veo mentiras que han envenenado esta casa desde dentro.
Un silencio profundo les envolvió. Pero antes de que el frío retorno al enfrentamiento pudiera consumirse, un ruido desafinado quebró la tensión. Un gruñido sordo, mezclado con una exhalación ahogada, se filtró desde las sombras del jardín.
Ambos volcaron la atención hacia donde provenía el sonido. Allí, entre arbustos retorcidos y caminos de piedra mojada, un cuerpo yacía casi oculto por la niebla.
—¡Alguien está herido! —exclamó Valeria, cruzando rápidamente la distancia que la separaba y arrodillándose junto al hombre tendido en el suelo. Su rostro era pálido, la respiración errática, y un hilo de sangre se deslizaba desde una herida oculta tras la nuca.
Con dedos temblorosos, ella verificó pulso y respiración; la vida aún luchaba, pero el tiempo corría en su contra.
—¿Quién... quién es? —interrogó Sebastián, acercándose más, sus ojos entrecerrados revelando una ira contenida y un destello de miedo.
Valeria giró la cabeza para mirarle, la verdad palpitando en la punta de su lengua. Pero justo cuando la niebla engullía el rostro pálido del hombre, un sonido a lo lejos—un crujido, un susurro—les hizo alzar la cabeza al unísono.
La red de mentiras continuaba extendiéndose, invisible pero asfixiante, y en ese instante comprendieron que el juego apenas comenzaba.
Un último tamborileo seco resonó sobre el camino.
—¿Quieres saber la verdad? —murmuró Valeria con voz baja, la sombra de la amenaza reflejada en sus ojos—. Tenemos poco tiempo.
Antes de que Sebastián pudiera responder, un golpe sordo a la puerta principal retumbó con insistencia, rompiendo el hechizo mortal de la noche.
Las miradas se cruzaron. La niebla se espesa.
Y en ese instante, la mansión Blackwood respiró una nueva mentira.