Chapter 8
Capítulo 8 Una Alianza Inesperada
El reloj de pared marcaba las diez en punto. En la oscura sala, Valeria sintió la vibración de cada pulso en sus sienes. Afuera, las sombras de los árboles se agitaban con el viento, proyectando figuras fantasmales contra las ventanas opacas.
El golpe seco en la puerta principal había quebrado una quietud tensa, y el suspiro que le siguió aún resonaba en el umbral del umbral, como el último aire antes de una tormenta. Valeria apretó los puños, los nudillos blancos, y sus ojos escrutaron cada rincón. No se movió.
Entonces, la puerta cedió un milímetro, como si alguien la empujara desde afuera, sin abrirla del todo. La voz que salió fue profunda, modulada, cargada con una calma imposible:
—¿Valeria? Soy yo.
El nombre vibró con un eco amargo, una mezcla de sorpresa y sospecha. Valeria se giró lentamente, cada músculo en alerta. La figura que entró llevaba un abrigo largo, oscuro, cubierto de la penumbra. Era Sebastián Blackwood. La misma fuente de su pesadilla y, hasta hace unas horas, el enemigo implacable.
—¿Sebastián? —su voz no pudo ocultar la irritación, ni la alerta temblorosa bajo sus palabras. —Intercambiemos verdades, Valeria.
El brillo acerado en sus ojos no prometía amistad, sino un tratado frágil, forjado en la necesidad.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, sin mover un músculo. —Uno de los nuestros desapareció. Algo que no podemos permitir. Necesito tu ayuda.
La sorpresa fue un golpe bajo, tan súbito que a Valeria le costó responder. Pero la oportunidad se abrió: no quedaba otra salida si quería descubrir la verdad.
—¿Por qué yo? ¿No tienes a tus lacayos para esto? —Porque tú sabes buscar lo que nadie quiere que encuentren —respondió él, dando un paso al frente, iluminado parcialmente por la luz amarilla que se colaba desde la claraboya. —¿Y qué ganaría yo? Sebastián sonrió, un gesto frío, pero lleno de una carcajada contenida.
—La verdad, Valeria. Por fin. O al menos un fragmento.
Los ojos de Valeria buscaron los suyos, midiendo esa oferta como si fuera un trapecio a punto de romperse. Podía sentir el cuero crujiente de la alfombra bajo los tacones, el perfume a ambarino que siempre rodeaba al patriarca Blackwood como una sombra pegajosa.
Respiró hondo, sintiendo el frío que le trepaba por la nuca. Esto no era un acto de buena fe, sino una tregua con el peligro.
—Estoy escuchando —dijo al fin.
Sebastián sacó un sobre grueso del bolsillo interior de su abrigo y lo dejó sobre la mesa. Al abrirlo, Valeria vio fotografías granuladas, recibos marcados con fechas, y un mapa con anotaciones al margen, escritas con una mano apresurada.
—Esto es lo que hemos encontrado desde que aquel cadáver desapareció —explicó Sebastián—. Pero lo que de verdad importa está en la morgue. —¿Todavía no sabes dónde está? —No. Y eso nos preocupa. Cualquier pista que encuentres, tráemela. En silencio. Valeria tragó saliva, sintiendo la vieja cicatriz en su costado arder con un punzante recordatorio.
—¿Y la policía? —Desaparecieron también de este caso. Hay demasiados intereses detrás —advirtió. —¿Me prometes algo? Sebastián la miró, los ojos brillando con esa luz intangible de amenaza y desafío.
—Solo que, si me traicionas, esto terminará peor que como empezó. El peso de su amenaza fue un martillo que golpeó el yunque de su voluntad. Y sin embargo, allí estaba, cediendo al círculo vicioso de confiar en quien menos debía.
—De acuerdo. Pero bajo mis reglas. Un silencio espeso reinó por un instante. —Empezamos al amanecer.
*
La morgue tenía un olor a frío metálico y desinfectante, mezclado con un toque áspero de humedad que hacía vibrar la piel. Valeria y Sebastián se escabulleron entre sombras, evitando las cámaras y los guardias con una pericia nacida del tiempo y la necesidad.
Las luces fluorescentes lanzaban un resplandor mortecino, desdibujando las formas de las mesas de autopsia y los refrigeradores de acero inoxidable. Valeria sentía el latido acelerado en su pecho, cada paso un eco del peligro inminente.
—¿Por qué debemos ir tan lejos? —murmuró ella, sintiendo el filo del miedo convertirse en hielo en la punta de sus dedos. Sebastián no respondió, pero agarró una jeringa con una precisión obsesiva y abrió una de las cámaras con cuidado.
El aire frío chocó contra sus rostros, y en su interior... nada.
La camilla destinada al supuesto cadáver estaba vacía. Sin más explicación que un ligero rastro húmedo, una mancha tenue de sangre seca en la base de la mesa.
Valeria sintió que su pulso se disparaba, el corazón retumbando dentro del pecho como un tambor de guerra. Sebastián bajó la mirada, el ceño fruncido como un promontorio oscuro en su rostro.
—Desapareció. —¿Cómo es posible? —exhaló Valeria, tragando el nudo que se formaba en su garganta. Una sensación pesada, la certeza de que ninguno de los dos podía fiarse ni siquiera de esa escena, les envolvió con dedos gélidos.
Un crujido seco en la puerta los hizo girar al mismo tiempo.
Pero en ese instante, el suspense se tensó al borde del abismo:
—Tenemos visitantes —murmuró Sebastián, mientras la figura sombría emergía de la penumbra, bloqueando la salida.
El último baile, pensó Valeria, no había hecho más que tomar forma. Y esta alianza, tejida con hilos de desconfianza, apenas comenzaba su siniestro ritmo.