Chapter 7
Capítulo 7 Mentiras Filtradas
El eco del último portazo se desvaneció entre los muros tapizados de terciopelo. Valeria Torres permaneció inmóvil unos segundos, atrapada entre el latido acelerado de su corazón y la noche que comenzaba a arrastrar sombras como cuchillas alrededor de la Mansión Blackwood.
Sus dedos temblaban al cerrar la puerta tras ella, como si su cuerpo entero entendiera que, aunque el contacto físico se cortaba, las cadenas invisibles seguían apretándose. La opulencia dulce y decadente de aquella sala principal había dejado de ser un refugio para convertirse en jaula: los murmullos, los gestos furtivos, las miradas envenenadas filtraban secretos venenosos que ella apenas empezaba a comprender.
Un ligero golpe en la puerta de un gabinete cercano llamó su atención. Valeria acercó la mano lentamente, deslizando el pestillo, y encontró un paraguas de encaje negro, doblado con cuidado. No era suyo. Algo frío aterrizó en su cuello: la certeza de haberse vuelto el blanco.
Cerró la puerta tras de sí y se recargó en la madera pulida. Cada músculo de su cuerpo estaba tensado como una cuerda a punto de romperse. La presencia invisible del juego de poder y traiciones la rodeaba con un peso inhumano.
Sus ojos se posaron en el reloj antiguo sobre la chimenea, sus manecillas marcando las once y veintisiete de la noche. Era demasiado tarde para arrepentimientos. Demasiado pronto para respuestas.
*
Los rumores flotaban como humo sulfuroso a través del salón, atravesando los labios cuidadosos de la nobleza presente. Valeria escuchaba detrás de un ventanal, sus pupilas fijas en el reflejo irregular de la fiesta: diamantes que relucían como arañas acechantes y las máscaras sociales que ocultaban más que sus rostros.
—¿Viste? —susurró una voz con ácido—. Dicen que fue Nicolás Herrera quien se peleó con la víctima momentos antes. Era una disputa pública... un motivo más que plausible.
La voz de su dueño se quebraba entre el escándalo y el deleite al ser el portador de la última receta para escándalo. Valeria giró lentamente la cabeza, atrapó la silueta de una mujer elegantemente vestida, cuyos ojos no podían ocultar la avaricia por la información.
—No te fíes —respondió otra voz, baja y severa—. Nicolás es la coartada perfecta para distraer. Más bien apunta a la Secretaria de Sebastián. Se dice que esta... tenía secretos que el jefe estaba dispuesto a enterrar con ella.
El pulso de Valeria se aceleró. Cada nombre lanzado al aire era un peso más sobre el tablero que intentaba comprender.
“Secretaria…”, musitó, sus dedos rozando la superficie del cristal tallado.
Desde la espaciosa cocina llegó el tintinear de platos y el murmullo casi imperceptible de una conversación apagada. Pero ella no tenía tiempo para analizar ese ruido. Había ocurrido algo crucial: las piezas comenzaban a moverse por voluntad de los embaucadores.
Cada palabra, cada susurro resultaba una posible pista o una trampa más tejida para aplastarla.
*
Un súbito sonido la alertó: la vibración de su celular contra el mármol. Valeria lo sacó de su chaqueta, las manos firme, aunque el frío le recorría las venas.
Una nueva notificación: un mensaje sin remitente.
“No confíes en nadie aquí.”
Las palabras se clavaron en su mente como puñales helados. La pantalla parpadeaba en la penumbra, reflejando sus ojos dilatados y jadeantes, la intensidad de una amenaza invisible.
Su respiración se cortó, cada segundo latía con ruidos sordos en sus oídos. La voz muda de la mansión parecía susurrarle desde los rincones oscuros: traición y peligro. ¿Quién estaba detrás? ¿Un aliado disfrazado o un enemigo ansioso de jugar con ella?
Un ruido seco la sobresaltó detrás de la puerta... pero no se atrevió a voltear.
Sabía que cualquier movimiento podía ser el final.
Y entonces el susurro de la noche se convirtió en un grito sin voz. El eco de aquel mensaje impía parecía bailar en el aire denso. No confiaba en nadie. Ya no confiaba en nadie.
Valeria apretó el teléfono contra el pecho, sintiendo cómo las sombras alrededor se cerraban, y comprendió que la verdad que buscaba estaba atravesada por una red mucho más oscura que la que jamás imaginó.
El último baile estaba lejos de terminar. Pero ahora sabía que no bailaría sola.
El silencio de la mansión se rompió con un sonido inesperado: un golpe seco en la puerta principal. Un instante después, un suspiro.
Y luego... nada.