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Chapter 4

Primeros Sospechosos

Capítulo 4 Primeros Sospechosos

El aire aún olía a perfume caro y a madera vieja quemada. Valeria Torres apretó los puños junto a la cintura, el cuero de la chaqueta crujió bajo la tensión contenida. A su alrededor, el murmullo cauteloso de los invitados se había convertido en un débil susurro, cargado de sospecha y miedo.

Sus ojos recorrían el salón con pulso acelerado, captando cada gesto, cada respiración contenida, cada mirada esquiva. La luz de los candelabros oscilaba, lanzando sombras grandes, temblorosas, sobre los rostros enmascarados por el escándalo. Sabía que el silencio, justo en este instante, era más peligroso que cualquier conversación subida de tono. El silencio era el aliento sutil de una verdad rotunda a punto de aparecer.

Sin más aviso, Valeria cruzó el salón hacia el grupo más cercano, donde se apiñaban Victoria Blackwood y un puñado de invitados que apenas lograban contener su nerviosismo. La joven heredera la miró con ojos vidriosos, la boca apretada como si guardara un secreto que amenazaba con romperse en llanto.

“Victoria,” comenzó Valeria, suavemente, “necesito hablar contigo sobre el… incidente. Todo lo que recuerdes puede ayudar.”

Victoria tragó saliva, la ansiedad haciéndose tangible en su respiración corta. “No… no sé qué decir, Valeria. Todo pasó tan rápido, y luego el caos. Yo… estaba en el ala oeste, hablando con mi tía Celeste. No escuché ni vi nada extraño.” Su voz vacilaba, pero la investigadora no estaba convencida.

“¿Alóeste? ¿A qué hora exactamente?”

“Cerca de las diez, antes de la actuación. Celeste estaba inquieta, insistiendo en cerrar ciertas puertas. Quiso que nadie se acercara al estudio.” Victoria clavó la mirada en el suelo, evitándola.

Valeria asintió lentamente, almacenando cada detalle. “¿Habló de algún motivo en particular para esa precaución?”

La joven soltó un suspiro abrupto, desesperado. “Ella... estaba preocupada por el legado. Dijo que hay secretos que deben protegerse a toda costa.”

Un escalofrío recorrió la espalda de Valeria. Secretos… ya se estaba acostumbrando a esa palabra en la mansión Blackwood, pero a cada paso se hacía más peligrosa.

Satisfecha con la información, Valeria redirigió su atención hacia un grupo apartado: Alexander Blackwood, el mayor de los hermanos, y la cantante invitada esa noche, Elena Ruiz. El muy elegante Alexander acariciaba su copa como si intimidar fuera un deporte, mientras Elena mordisqueaba el borde plateado de un pendiente, de pie junto a la lámpara de araña.

La mirada de Valeria escaló silenciosamente esa tensión no expresada. La conversación entre ellos parecía superficial, pero sus gestos decían lo contrario: Alexander evitaba el contacto visual directo; Elena tenía un brillo extraño en los ojos, mezcla de resentimiento y algo peor, miedo.

“Buenas noches,” dijo Valeria con un tono afilado, casi sarcástico. “Parece que esta fiesta se ha puesto bastante... dramática.”

Alexander la miró con destello frío, pero no negó la invitación. “Dramática es quedarse corto, querida investigadora. Con suerte, encontrarás que todo esto es un malentendido.”

Elena, con voz baja y rasposa, añadió: “Cada familia tiene sus demonios, señorita Torres. Aquí no es diferente.”

Valeria se acercó un poco más, sin perder detalle. “¿Pueden decirme dónde estaban ustedes aproximadamente a la hora del asesinato?”

Elena apretó sus palabras. “Yo estaba en el salón principal, terminando una canción. Se puede verificar con el pianista.”

Alexander inclinó la cabeza en un gesto medido. “Yo, en la biblioteca. Mi hermano Diego puede confirmar.”

Un pequeño movimiento llamó la atención de Valeria: un sirviente que oscilaba entre la multitud, con la expresión demasiado rígida, casi artificial. Se acercó rápida.

“Pedro,” interpeló la investigadora. “¿Viste algo extraño esta noche? ¿O algo que alguien no debería haber visto?”

Pedro tragó pesado, sus dedos temblaban levemente. “No, señora. Solo que el señor Emilio desapareció hace un momento. Nadie sabe dónde está...”

Un silencio de porcelana se derrumbó sobre la sala.

“¿Emilio? ¿El contador?” Victoria susurró, estupefacta.

Pedro asintió con nerviosismo. “Sí. Justo cuando alguien sugirió que su coartada era dudosa.”

El corazón de Valeria se aceleró. Emilio, la pieza que no encajaba en el puzle de la mansión. La tensión se apoderó de las miradas; alguien se movía oculto, entre sombras y verdades no dichas.

Valeria tampoco apartó la mirada. “Vámonos a buscarlo antes de que él o la verdad desaparezcan definitivamente.”

Con cada paso hacia los pasillos del laberinto Blackwood, la sombra de la mentira se espesaba, y el eco de un susurro apenas audaz se clavaba en su pecho: en esa mansión, nadie es realmente inocente.

Un roce detrás de una puerta crujiendo al abrirse.

Y un eco que resonaba, helando la sangre:

—No deberían buscarlo…

La puerta se cerró con un estrépito seco, dejando a Valeria suspendida en un mar de incógnitas.

En ese preciso instante, entendió que el baile acababa de entrar en su etapa más peligrosa.