Chapter 3
Capítulo 3: El Cuerpo en la Biblioteca
Un silencio mortal había caído sobre el invernadero, donde el murmullo de las conversaciones y la música opulenta se habían roto abruptamente. Los ojos de los invitados parpadeaban confundidos, la atmósfera cargada como antes de una tormenta. Valeria sintió cómo su garganta se apretaba, los latidos de su corazón retumbaban estruendosos, rozando un límite que no sabía si rompería o domaría. La mansión, con sus techos altos y sombras serpenteantes, parecía encogerse, negando el aire.
Entonces, pasó. Un grito seco, seco como un hueso roto, vino desde el ala oeste.
Un grupo salió disparado tras el eco, arrastrándola como una corriente. Valeria se abrió paso con brusquedad, el vestido entorpeciendo sus pasos pero una determinación más pesada la impulsaba. La biblioteca. Allí, entre las filas de libros que olían a polvo antiguo y secretos vedados, se encontró la escena que la dejaría sin aliento.
Sebastián Blackwood, el patriarca de aquella dinastía tóxica, yacía tendido en el suelo de roble oscuro, el rostro sin vida apuntando al refugio de la penumbra. La piel, extrañamente pálida bajo la luz tenue de la lámpara de araña, parecía casi translúcida.
—¿Qué pasó? —murmuró alguien entre la multitud, una voz quebrada, difícil de escuchar.
Valeria se acercó con cautela, los ojos recorriendo cada centímetro. No había signos visibles de violencia externa, ni sangre que traicionara golpes o heridas. Sin embargo, el silencio del cuerpo resultaba un acto más cruel que cualquier bomba.
La biblioteca se llenó de murmullos sofocados. Algunos corrían a buscar ayuda, otros, solo se quedaban estáticos, absorbidos en la tragedia como si el mismo aire se hubiera envenenado.
Fue entonces cuando la mano de Valeria se posó en una extraña presencia. Bajo los dedos del cadáver, una pequeña figura herbácea y oscura emergía débilmente. Un objeto.
Sus ojos se agrandaron, la sorpresa erizándole la piel. Era un relicario, antiguo, tallado con un diseño retorcido que parecía pulsar con una energía invisible, como si el tiempo mismo en él estuviera contenido.
—Esto… —susurró Valeria, con una mezcla de asombro y aprensión—. Esto no debería estar aquí.
A su alrededor, nadie parecía notar la profundidad de aquel hallazgo. Pero para ella, cada detalle podía ser la pieza que deslizara la verdad bajo la tapa de mentiras.
Los segundos se estiraron y la atmósfera se volvió tan densa que parecía pesar toneladas. La mansión, con toda su historia de lujos y engaños, ahora exhibía una grieta negra en su fachada.
Un movimiento en el marco de la puerta cerca de la chimenea sacó a Valeria de su trance. El mayordomo, con el rostro pálido y los ojos vidriosos, se acercaba con pasos medidos.
—Señorita Torres —dijo con voz rugosa—. Hay algo que debería saber.
Pero antes de que pudiera hablar, un crujido seco resonó tras ellos, y la puerta se cerró de golpe.
Valeria sostuvo firme el relicario, sintiendo un extraño frío recorrerle los huesos. Sabía que la noche acababa de volverse mucho más peligrosa.
¿Quién cerró la puerta? ¿Qué secretos escondía aquel objeto insólito? Y, sobre todo… ¿Quién quería que ese misterio permaneciera sepultado?
La mirada de Valeria se endureció mientras en su interior un fuego comenzaba a arder. La búsqueda apenas había comenzado y el baile de sombras donde la muerte era la música imperante todavía guardaba muchos pasos por revelar.