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Chapter 2

El Baile Comienza

Capítulo 2 El Baile Comienza

El eco del portazo aún vibraba en el aire pesado de la Mansión Blackwood. Valeria cerró los ojos por un instante, dejando que sus pulmones absorbieran el aire denso y viciado del vestíbulo. Un aroma punzante a perfume caro, mezclado con el húmedo hedor de la madera envejecida y el humo lejano de cigarro, llenaba la atmósfera con una opresión invisible.

—¿Lista? —un susurro seco la sacó de su ensimismamiento.

Era Elena, su única aliada esta noche, su voz apenas más que un roce, pero cargada de urgencia contenida. Valeria giró lentamente, atrapada en el momento donde cada movimiento debía medir el peso de sus consecuencias.

Elena señaló hacia las escaleras majestuosas, donde descendían ya figuras engalanadas con terciopelos y diamantes —un desfile de máscaras sociales, tensionadas y aparentes, imbuidas en el falsísimo brillo de las sonrisas fabricadas.

—Si quieres info, tendrás que meterte en ese enjambre.

Valeria tragó saliva, la garganta seca. No era simplemente una fiesta; era una arena repleta de leones disfrazados.

Avanzaron hacia el gran salón, donde la luz de los candelabros de cristal cascada al ritmo de un cuarteto de cuerdas que tocaba una melodía envolvente, casi espectral. Los invitados se movían con una elegancia profundamente estudiada, pero en sus ojos Valeria distinguía oro en bruto a punto de romperse en astillas.

La masa de invitados parecía una pintura viva, un tapiz bordado con telas de ensueño y joyas centelleantes. Pero algo se quebraba debajo de sus pliegues.

—Mira esa conversación —murmuró Elena apuntando con la barbilla hacia un grupo cerca del enorme ventanal. Tres hombres y una mujer envueltos en murmullos tan bajos que parecían secretos contados solo para diablos.

Valeria se acercó con cuidado. Uno de ellos era Sebastián Blackwood, la figura que dominaba la mansión con la misma certeza que el sol gobierna el día. Su porte era impecable, su sonrisa un gesto ensayado que ocultaba hilos de veneno.

A su lado, una mujer de ojos afilados y labios sellados, su nombre era Renata, conocida por ser la protectora acérrima de Blackwood, capaz de silenciar cualquier atisbo de escándalo con solo levantar una ceja.

—¿Los viste de cerca? —preguntó Valeria sin apartar la vista de ellos.

Elena asintió, el rostro en sombras.

—Sebastián siempre parece tener una capa más. No es solo el jefe; es el titiritero que mueve los hilos y las lealtades. Renata protege el secreto mejor que cualquier cámara.

Un tintineo lejano los sacó de su análisis: los copas se chocaban, risas controladas ascendían en cascada, y el aroma a jazmín artificial impregnaba el ambiente.

Valeria sintió el pulso acelerarse, la adrenalina que apenas comenzaba a infiltrarse en sus venas.

Decidió moverse. Necesitaba escuchar más, detectar grietas en la perfecta fachada. Su mirada se posó entonces en la biblioteca al final del pasillo lateral, cuyas puertas de madera oscura se entreabrieron ligeramente, dejando escapar un débil resplandor amarillo.

Un escalofrío la recorrió.

El silencio pareció hacerse más presente, la música menos envolvente, como si la casa misma contuviera el aliento.

—¿Vas a entrar? —preguntó Elena, aún a su lado.

Valeria vaciló, sus ojos recorriendo el umbral oscuro.

—No ahora. Pero esa habitación guarda respuestas. Lo sé.

Elena frunció el ceño.

—Ten cuidado, Valeria. Aquí nadie juega limpio.

La joven investigadora inhaló profundamente, tratando de anclar su mente en el presente. Quedaba poco tiempo. Debía entender el juego antes de que el tablero se volteara.

Siguió entonces avanzando entre los grupos, escuchando fragmentos de conversaciones entre susurros y miradas furtivas.

—¿Supiste lo de la herencia? —susurraba una mujer con voz cortante.

—Rumores de que alguien no quiere que el testamento salga a la luz —respondía un hombre con voz grave.

Un murmullo a sus espaldas la sobresaltó. Al girar, una figura masculina la miraba con una intensidad que perforaba la máscara del evento.

—Valeria Torres… no esperaba verte aquí. —Era el inspector Ramírez, un hombre con ojos tan oscuros como las medias sombras que danzaban en el salón.

—Inspector, la justicia no debería tener horarios. —Valeria trató de imitar la calma en su tono, aunque el corazón quería estallar.

—Tenga cuidado, se habla más de lo que se dice y aquí no todos quieren la verdad. —Su advertencia venía con una mirada que pesaba toneladas.

Antes de responder, un grito desgarrador atravesó la mansión.

El murmullo de la fiesta se quebró en un instante, la música se calló y los pasos atropellados despertaron una ola de inquietud.

El grito venía de la biblioteca.

Una ola helada subió por la nuca de Valeria. La multitud comenzaba a moverse en estado de alarma, ojos amplios buscando el origen del caos.

Sebastián Blackwood apareció emergiendo entre la gente, su rostro impasible, pero sus ojos secretos destellos de preocupación.

—¡Quédense donde están! —su voz reverberó autoritaria—. Llamaré a seguridad.

Pero el clamor seguía en aumento. La puerta de la biblioteca se abrió de golpe, y detrás apareció Renata con la expresión rígida, los labios apretados como si los secretos del mundo se le enredaran en la garganta.

—Algo ha pasado —dijo con voz quebrada—. Alguien… alguien ha sido encontrado.

El aire se volvió pesado, las miradas se clavaron unas en otras como dagas invisibles. Valeria sintió que todos los ojos terminaban posándose en ella, como si supieran que la respuesta que buscaban tenía su nombre.

Porque en esa mansión, la verdad era un tesoro envenenado, y el baile… apenas acababa de comenzar.