NoveliqaEl Último Baile en la Mansión Blackwood / Sombras en el Pasillo :0%
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Chapter 16

Sombras en el Pasillo

Capítulo 16 Sombras en el Pasillo

El golpe seco de la puerta cerrándose aún resonaba en sus oídos cuando Valeria sintió cómo la oscuridad se le pegaba a la piel, fría, viscosa, casi tangible.

Su respiración quedó atrapada en la garganta, el aire espeso como si la sombra misma la apretara en un abrazo helado. No podía ver nada, ni rastro de luz siquiera. Tan sólo un latido acelerado retumbando en sus sienes, un eco distante.

Un hilo de sudor le resbaló por la nuca, mientras sus dedos buscaban en la pared, tanteando en una superficie rugosa, madera antigua teñida de secretos. La mansión Blackwood no perdonaba, y esa habitación era un pozo sin fondo de enigmas.

Con la otra mano, Valeria deslizó la empuñadura de su linterna—una reliquia básica que llevaba para estas ocasiones—y la encendió con un clic que pareció demasiado estridente para el silencio abisal.

El cono de luz vibrante iluminó la estancia, bañando apenas un metro cuadrado de sombras, revelando paredes empapeladas en un estampado oscuro, desvaído y ajado por el tiempo y la humedad. Restos de telarañas colgaban de las esquinas, y un tenue olor a moho y polvo le chocó en la nariz.

El corazón le daba golpes sordos, pero su pulso intentaba mostrarse calmo, como si el temple fuese el amuleto contra lo desconocido. Intentó controlar el temblor que le recorría las manos.

Entonces, su mirada se posó en algo que hasta ahora le había pasado desapercibido.

Un pequeño marco, medio oculto por una cortina raída, colgaba torcido en una de las paredes lateralmente opuestas a la puerta.

Se acercó despacio, cada paso resonando con un eco amortiguado sobre la madera crujiente del suelo. No pudo evitar fijarse en que el corredor—aunque angosto y oscuro—parecía extenderse más allá de la habitación, perdiéndose en la penumbra.

Pero antes que el instinto de perseguidor le dictara explorar más lejos, enfocó su atención en el marco.

El vidrio estaba empañado, con motas y manchas, como si alguien hubiera intentado limpiarlo sin éxito.

Valeria apartó la cortina, dejando escurrir más luz sobre la superficie. Detrás, un retrato antiguo: un hombre de mirada severa, con bigote recortado, traje y medallas. La pintura parecía tan vieja como la mansión misma, pero lo que la perturbó no fue la figura, sino la inscripción al pie del marco, apenas legible: —— Edgar Blackwood, patriarca y fundador ——

Un estremecimiento le recorrió la espalda. ¿Cuántos secretos habrían enterrado bajo ese nombre?

Decidió que valía la pena seguir, adentrándose en el pasillo que se abría más allá, asida a su linterna como a una tabla de salvación.

El aire se volvía más frío cuanto más avanzaba, un frío que mordía las puntas de sus dedos y le obligaba a apretar los brazos contra el cuerpo. El silencio era apenas rota por el crujido lejano de la madera bajo sus pies y, de vez en cuando, un leve susurro que parecía arrastrarse por las paredes, aunque cada vez que volteaba no veía nada.

Un olor distinto llegó entonces, casi imperceptible: un tinte metálico, esa nota fría que recuerda a la sangre fresca.

Valeria tragó saliva. Esa pista era demasiado buena para dejarla pasar.

Una puerta entreabierta a la derecha llamó su atención: madera oscura, pulida, con un pomo de bronce que brillaba negativa bajo la luz de su linterna.

Se acercó, y sin ruido asió el pomo, empujando la puerta con un suspiro apenas audible. La habitación era pequeña, casi un despacho, y el haz de luz descubrió un escritorio cubierto de papeles amontonados, una pluma seca y un vaso con restos secos de tinta.

Al fondo, una pared con estanterías llenas de libros encuadernados en piel, algunos con títulos dorados ilegibles por la suciedad, otros rotos y desgastados.

Pero su ojo se posó en un detalle mucho más inquietante: sobre el suelo, arrastrados en un charco oscuro, había papeles manchados y doblados. Al agacharse, Valeria detectó que no era solo tinta, el brillo pastoso tenía el tono bermellón de la sangre.

El corazón le dio un vuelco.

Entonces, justo cuando su mano rozaba uno de esos pergaminos ensangrentados, un susurro quebrado rompió el silencio como un alarido apenas audible.

—No deberías estar aquí... —la voz era tan tenue que sintió en su oído un escalofrío helado.

Valeria se quedó paralizada, girando sobre sí misma buscando el origen. La luz de su linterna temblaba al compás de su pulso.

—¿Quién está ahí? —su voz se quebró al preguntar, resonante en la estancia vacía.

No hubo respuesta. Solo otro susurro, más claro esta vez, como dos voces entrecortadas que discutían al borde del miedo.

Con el corazón martillando, Valeria rindió sus miedos a la curiosidad y, al asomarse al pasillo de nuevo, escuchó frases fragmentadas, palabras cargadas de veneno y secretos que habían conseguido escapar de los muros de la mansión:

—...Sebastián no puede saberlo...

—...esa carta destruiría todo el legado...

—...si se entera la prensa...

Las sombras a su alrededor parecían susurrarle historias antiguas, verdades prohibidas.

Y entonces, una risa sorda rompió en la oscuridad, fría y desafiante.

—Pero tú, Valeria... nunca entenderás lo que realmente defienden los Blackwood.

Un estremecimiento lo recorrió todo, la mansión parecía cerrar filas, y en el pasillo, las paredes susurraban su propio nombre como un presagio.

Un crujido detrás le hizo girar de golpe, la linterna cayó al suelo con un click apagándose en la penumbra.

Y en ese vacío total, solo pudo escuchar con claridad una última frase, arrastrada en un suspiro:

—Lo que buscas... está más cerca de lo que imaginas.

La oscuridad no solo la envolvía, la devoraba. Y Valeria supo que había cruzado un límite del que quizá no habría regreso.

Fin del capítulo 16