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Chapter 14

Traiciones a la Vista

Capítulo 14 Traiciones a la Vista

La oscuridad se hizo densa en el pasillo, como si la mansión misma contuviera el aliento, vigilante. Valeria sintió el eco de aquella voz atrapada en la penumbra, un susurro helado que aún vibraba en su nuca. Sus dedos seguían temblando, agarrados al borde de la mesa, como si aferrarse a algo tangible evitara que el frío le calara hasta los huesos.

Sobre la madera pulida, la lámpara de cristal proyectaba reflejos titilantes que danzaban en las paredes, revelando apenas siluetas. Un instante después, el silencio se rompió solo por el latido apresurado de su pulso—un tambor sordo, insistente—y el lento crujido de sus pasos alejándose sin mirar atrás.

—¿Qué juego estás jugando, Valeria? —la voz de quien la llamaba resonó desde la penumbra del salón, profunda y medida, incapaz de ocultar un dejo de reproche.

Ella giró en seco. Frente a ella, Alejandro Serrano emergía de las sombras con esa expresión conciliadora que tanto odiaba. Lo había considerado un aliado, el único que le ofrecía una luz tenue en aquel laberinto de medias verdades. Pero ahora, esa luz parecía más bien una llamarada que podía consumirla.

—¿Desde cuándo luces tan preocupado por mí? —respondió con un filo que apenas logró contener.

Él sonrió, pero no alcanzó sus ojos. Se mordió el labio inferior, como quien elige cuidadosamente sus palabras.

—Desde que la verdad empezó a tocar puertas que preferiría mantener cerradas. Sé que estás buscando más que una simple historia, y… bueno, no todos los secretos deberían salir a la luz.

Valeria frunció el ceño, esa cautela familiar volviendo a instalarse en su pecho. Demasiado abstracto, demasiado vago, como un adagio doloroso que no terminaba de entender.

—Hablas en círculos, Alejandro. Si quieres que confíe en ti, necesito hechos, no enigmáticas advertencias.

El aire se tensó; los segundos se estiraron como una cuerda a punto de romperse. Entonces, dio un paso adelante, su rostro apenas iluminado por la lámpara.

—Hay más cosas que sabes. Cosas que me ocultas —la acusación se escapó casi en un susurro—. Y si alguien descubre que te has acercado a mí, que indagaste en mis asuntos… no solo tú estarás en peligro.

El corazón de Valeria se aceleró, un golpe seco que retumbó entre sus costillas. Alejandro jamás había mencionado ese tono antes, jamás había insinuado siquiera que hubiera motivos para desconfiar. Pero sus ojos, oscuros y profundos, hablaban de sombras que se negaban a disiparse.

—¿Qué estás ocultando? —inquirió con voz baja, moldeada por la ira que crecía, lacerante.

Él ladeó la cabeza, evitando la confrontación directa. De la bolsa de su abrigo sacó un pequeño sobre lacrado, dejó que cayera sobre la mesa con un golpeteo frío.

—Esto debería ayudarte a entender por qué tomé ciertas decisiones. Pero ten cuidado, Valeria. La mansión guarda secretos que no perdonan curiosos.

Valeria tomó el sobre, la cera fresca en sus dedos parecía arder con un frío inusitado. Lo abrió con un rápido movimiento y desplegó una hoja amarillenta. Un nombre, fechas, y un par de fotografías llenaron su vista; rostros borrosos pero perturbadoramente familiares. Evidencias. Indicios de una conspiración enterrada, más profunda de lo que imaginaba.

Un escalofrío le recorrió la espalda; un sudor helado le perlaba la sien. Intentó encontrar en la mirada de Alejandro alguna señal de arrepentimiento, una pizca de humanidad que la confortara. Pero él ya había dado un paso atrás, casi una sombra en la niebla.

—Solo una cosa más —su voz emergió con un peso irrebatible—. Deja esto... antes de que sea demasiado tarde. No es solo la mansión, ni Sebastián. Hay alguien más allí, alguien que valora su silencio con la vida de quienes se atreven a mirar.

Valeria sintió que el aire le faltaba por un momento. La amenaza subyacente flotaba alrededor de ellos, un veneno invisible encerrado en esa advertencia velada. Trató de contener el impulso de rebatir, de declararse invencible.

Porque sabía que no lo era.

Frente a ella, Alejandro desaparecía en la oscuridad como si nunca hubiese estado, dejando una estela fría que mordía más hondo que cualquier puñal.

El sonido de sus tacones resonó extrañamente en el pasillo vacío cuando se volvió a marchar. Su voz breve se perdió en la distancia.

—Piensas que estás sola, Valeria. Pero estas traiciones tienen ojos, y esos ojos te están observando.

El sobre cayó con un suspiro contra la mesa. Valeria, paralizada, se aferró a él, al testimonio tangible de la mentira que estaba a punto de destapar.

El golpe inocente de un nudillo contra la puerta la sacudió hasta los huesos.

—Valeria, tenemos que hablar —una voz que conocía muy bien, susurrada desde el otro lado, helada de certeza y peligro.

Un último aliento se le escapó antes de que el silencio se cerrara a su alrededor. La noche era profunda. Y el baile de traiciones apenas comenzaba.

Fin del capítulo 14