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Chapter 12

Demonios Interiores

Capítulo 12 Demonios Interiores

El peso de la tormenta no amainaba; sus dedos invisibles arañaban la piel de Valeria mientras el eco de sus propios pensamientos rugía en la penumbra de la habitación… y ella seguía de pie, temblando, con la espalda contra la fría pared de la biblioteca oculta, como una prisionera de sus dudas.

Un golpe sordo retumbó adentro, resonando tan fuerte como el latido acelerado de su corazón. Afuera, la lluvia martillaba los cristales con furia ciega, como si la noche quería lavar la sangre y el veneno que impregnaban la Mansión Blackwood. Pero Valeria sabía que ningún aguacero bastaría para borrar la podredumbre intacta: secretos susurrados bajo la tensión de una atmósfera cargada.

Tenía las manos temblorosas, aún aferradas a la pequeña linterna. Su aliento se escapaba en exhalaciones abruptas, cortas, afiladas. La bruma antigua del lugar le parecía más pesada, densa, como si los muros respiraran junto a ella, murmurando advertencias muertas hacía años.

—¿Quién fue? —susurró para sí, buscando el hilo invisible que hilara una verdad entre tanta maraña—. ¿Quién intentó...?

Quiso alejarse, huir del pasado que la apretaba el cuello. Pero su cuerpo se negó. Era una prisión de recuerdos y promesas rotas, un laberinto de máscaras y mentiras que la arrastraba sin remedio.

Entonces, en el silencio fragmentado por el trueno, un sonido casi imperceptible se deslizó junto a su oído: el crujir lento y deliberado de unos pasos. No eran los del mayordomo ni los de ningún huésped. Eran otros, diferentes. Temía girarse, pero el susurro de su nombre la obligó.

Valeria giró. La sombra emergió con lentitud.

—No esperaba que vinieras tan lejos... ni tan rápido. —Su voz era un filo, cortante, cargada con ese tono familiar que desenterraba heridas al tocar la piel—. Te estaba buscando.

Era él. Mateo. Esa palabra vibró en el aire y la congeló.

Los ojos de Mateo, profundos y tan tormentosos como el aguacero, la atravesaban con agonía y urgencia. Apenas la intensidad de su mirada consiguió anclarla en el presente.

—¿Qué haces aquí? —Valeria intentó modular la voz, pero un temblor escapó sin permiso—. No… no debes estar aquí.

—Ya no puedo quedarme fuera —replicó Mateo, acercándose un paso, con esa mezcla de rabia contenida y cansancio a flor de piel—. He visto las cosas que estás descubriendo… y no puedo ignorarlas.

La habitación se volvió un campo minado de emociones contradictorias. El aire parecía haberse saturado con el olor de tu fragancia, ese aroma tenue a jazmín marchito que hacía bailar los recuerdos con una crueldad lenta. Un latido extraño rompía la tensión: las paredes comprimían, y la tormenta afuera hacía un silencio misterioso, expectante.

Valeria tragó saliva casi sin querer, sintiendo cómo la historia compartida entre ellos se derramaba con la fuerza de un torrente peligroso.

—¿Por qué no me buscaste antes? —susurró con voz trémula, con una mezcla de reproche y temor—. ¿O acaso siempre estuviste lejos, lejos de mí y de todo esto?

Mateo mordió el labio, un tic nervioso que dejaba al descubierto más que sus palabras.

—No. Estuve vigilando. Pero ahora las cosas se complican —dijo, con una rapidez que delataba miedo—. Encontré algo… algo que puede cambiarlo todo. Y tem… temo que no estoy solo en esto.

Las palabras quedaron flotando, cargadas de un peso invisible pero palpable. Valeria lo miró fijamente.

—¿Qué encontraste? —exigió, acercándose lentamente, cautelosa pero decidida.

Sacó un pequeño papel arrugado de su chaqueta, con una escritura que Valeria reconoció al instante: la caligrafía de Sebastián Blackwood. Sus dedos rozaron la nota con una mezcla de repulsión y fascinación.

La letra decía, en tinta negra y seca:

"No confíes en nadie. No hasta que el último baile termine."

Un escalofrío la recorrió, y su mente saltó a mil escenarios imposibles. Qué significaba el "último baile"? ¿La fiesta? ¿La ambición de Sebastián? Y si el enigma dentro del enigma se revelaba justo ahora, ¿qué papel debía jugar ella?

Antes que pudiera responder, un estrépito sacudió la puerta principal: alguien estaba entrando con aire desafiante. El metal chirrió, una cadena cediendo, y la voz que retumbó desde el umbral hizo que Valeria se girara de golpe.

—¿De verdad creían que todo esto se quedaría sin respuesta? —Una figura conocida, elegante pero con un brillo peligroso en los ojos, avanzó con paso firme hacia ellos—. Mateo, Valeria. El baile apenas comienza.

La atmósfera estalló en una electricidad violenta.

Y en ese instante, Valeria supo que los demonios interiores que la acechaban eran solo el preludio de algo mucho más oscuro por venir.

Un suspiro del viento cerró las ventanas y apagó la luz en la biblioteca.

La atención se volvió una daga en la oscuridad.

Y el fantasma de su pasado acababa de entrar en la mansión.

Fin del capítulo 12.