NoveliqaEl Último Baile en la Mansión Blackwood / Tensiones al Límite :0%
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Chapter 11

Tensiones al Límite

Capítulo 11 Tensiones al Límite

La sonrisa torcida del hombre junto a la puerta se desvaneció como un mal presagio que se disolvía en el aire viciado de la Mansión Blackwood. Valeria sintió cómo cada pelo en la nuca se erizaba, los ojos de aquel desconocido parecían pulsar con un brillo acerado, una amenaza palpable que helaba más que la brisa nocturna colándose por las ventanas sin cortinas.

Respiró hondo, el sabor metálico del miedo le amargaba la boca. Cerró la pantalla con un clic seco, pero el eco resonaba aún en sus tímpanos. El hombre se quedó quieto, un monumento de silencio que ocupaba todo el espacio del vestíbulo.

—¿Quién... qué quiere? —La voz le tembló, un hilo precario que intentaba alzarse sin romperse.

—No te hagas la desconocida, Valeria. —Su voz era bajo susurrante, una caricia venenosa—. Todos saben quién eres. Lo que hiciste. Lo que arruinaste.

El eco de esas palabras cayó como piedras sobre un lago calmo. El rostro de Valeria se contrajo. La ira surgió, esa llama asfixiada que llevaba encendida desde aquel escándalo, desde que la habían convertido en paria. Esta noche no sería diferente.

—No vine a hablar del pasado —exigió ella, fijándolo con ojos de hierro—. Vine por respuestas. Por justicia. Y no me importa cuántos intenten detenerme.

El intruso sonrió, acercándose apenas un paso, suficiente para que un aroma rancio de tabaco barato y sudor la envolviera.

Una sombra inesperada se deslizó detrás de él, y antes de que Valeria pudiese reaccionar, la voz ronca de Sebastián se coló desde la penumbra.

—Parece que esta noche tendremos espectáculo —insinuó, como un depredador calculando a su presa.

Valeria dio un paso atrás, cada músculo tensándose bajo el vestido de noche. Los dedos se cerraron en puños invisibles.

—Sebastián.

Su nombre resonó en la mansión con una carga que cortaba el aire. Él emergió entre las columnas doradas, la impecabilidad perfecta de su traje negro contrastaba con la corrosiva maldad en sus ojos.

—Pensé que habías aprendido a quedarte en tu lugar, Valeria. La ciudad no es para niñas que juegan a ser detective —su tono era helado, un juicio inminente.

—No soy niña. Ni juego —el desafío pintó sus palabras con fuego—. Tú llenas de corrupción este lugar. Matas con tus decisiones. Yo sólo busco que te hagas responsable.

Un murmullo emergió del fondo del salón, voces como ríos que comenzaban a desbordarse. Los invitados de la fiesta, elegantemente vestidos, parecían dividirse. Susurros agudos y miradas afiladas se lanzaban como dagas.

—Estás metiendo a todos en problemas —apostilló Sebastián con sonrisa sardónica—. Y no terminará bien para ti.

Cerca de la chimenea, una señora de la alta alcurnia, vestida con un abrigo de visón blanco que parecía absorber la luz, se acercó a Valeria.

—Querida —su voz cargada de condescendencia y miedo—, quizás deberías dejar este asunto solo. Hay cosas que no te conviene remover.

Valeria la miró sin parpadear. Cada palabra era un intento evidente de amedrentarla, de vincularla a un destino fatal.

—No he venido a pedir permiso —respondió con voz firme—. He venido a exponer verdades.

Los ojos de Sebastián se oscurecieron como un tormenta lista para estallar—. Entonces, estás jugando un juego peligroso. Y los juegos terminan cuando alguien se cansa de perder.

Un golpe seco retumbó en la sala. Alguien había arrojado una copa contra la pared, explotando en mil cristales que brillaron fugazmente en el reflejo del araña.

—¡Basta! —gritó un hombre corpulento desde el extremo oscuro del salón, levantando la voz para imponer orden.

Pero la calma era sólo un espejismo. La multitud se dividía claramente: los que miraban a Valeria con admiración contenida, y los que la señalaban con temor y odio.

Sebastián se acercó a ella, susurro mortal en el oído:

—Déjame advertirte, Valeria. Esta mansión te tragará viva. Y no habrá nadie para salvarte.

Valeria sintió el aliento frío y las palabras se incrustaron como dagas en su piel, una amenaza directa, una promesa implícita de violencia.

—No me intimidarás —contestó, girándose para enfrentar ahora no solo a Sebastián, sino a toda la carga que representaba.

El silencio que cayó era denso, casi palpable. Todos sostenían la respiración, conscientes de que la tensión había alcanzado un punto crítico.

Entonces, un estruendo sacudió una ventana cercana. La noche pareció detenerse.

La amenaza se había tornado real.

—¿Eso fue... un disparo? —murmuró alguien con el temblor evidente en la voz.

Valeria sintió el peso de cien ojos clavados en ella. Su cuerpo se tensó como un arco. Sabía que esta velada apenas comenzaba a mostrar su verdadero peligro.

La alta sociedad ya no escondía su división: ellos, los de la mentira y el poder; y ella, la intrusa, la verdad viva que podría echar a perderlo todo.

El último latido de la música quedó suspendido en el aire cuando de repente, Sebastián alzó la voz para cortar la incertidumbre:

—¡Nadie salga! Nadie se mueve hasta que aclaremos esto.

Las miradas se convirtieron en cuchillos, las palabras en puñales. En el centro, Valeria respiró hondo. Iba a luchar hasta el último aliento.

Entonces, desde la penumbra, una voz cortante y desconocida irrumpió como un filo:

—Si no te callas, Valeria Torres, te arrepentirás para siempre.

Un silencio atroz se apoderó del salón.

El peso de aquella amenaza era un choque brutal que sacudía sus entrañas. Sus ojos se estrecharon, centelleando con determinación y miedo a partes iguales.

Sabía que la noche en la Mansión Blackwood aún tenía muchos secretos por revelar —y que cada paso en falso podría ser el último.

La tormenta de mentiras abrazaba la mansión con fuerza inquebrantable.

Y Valeria estaba justo en el ojo del huracán.

Fin del capítulo 11.