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Chapter 10

El Cuarto de los Testigos

Capítulo 10 El Cuarto de los Testigos

El golpe a la puerta principal reverberaba como un presagio oscuro. Una cuerda tensa que frenó el silencio con violencia.

Sebastián alzó la vista, sus ojos crujientes de ira contenida. Pero no habló, no se atrevió. Valeria sintió cómo la espesa atmósfera dentro de la mansión se volvía más densa, como si cada ápice de polvo y sombra conspirara para alertar que algo estaba a punto de romperse.

La niebla afuera se deslizó por las cristaleras gigantescas, serpenteando con un ritmo casi humano, engullendo los últimos vestigios de luz del atardecer.

—¿Quién diablos es a estas horas? —la voz de Sebastián cortó el aire con filo de cuchillo. Su mandíbula tensó, dispuesta a estallar.

El mayordomo, de rostro imperturbable, desvió la mirada hacia la entrada, ya en trance de abrir la pesada puerta de roble ennegrecido por el tiempo.

Un frío húmedo coló hasta la sala cuando la puerta se entornó con lentitud.

Y allí, envuelto en un impermeable oscuro y un sombrero que le ocultaba el rostro, apareció un hombre que llevaba en sus manos un maletín metálico.

La espalda de Valeria se cubrió de mariposas negras al reconocer esos pasos incongruentes en la suntuosidad decadente del lugar.

—Vengo con información que hará temblar los cimientos de esta farsa —dijo la voz, rasgada y cargada de urgencia.

Sebastián frunció el ceño, pero esta vez no fue él quien respondió.

—¿Y qué prueba trae con eso? —la voz delicada y venenosa de Clarissa, la hija oculta de los Blackwood, apareció detrás de Sebastián. Sus ojos brillaban con una mezcla de desdén y hambre.

Valeria se tensó en su sitio, sin poder apartar la mirada del extraño.

Con un movimiento firme, el hombre abrió el maletín delante de todos. En su interior, una vieja grabadora y varios rollos de cinta en miniatura.

—Esta noche tiene más sombras que las que imaginan —dijo el visitante. —¿Queréis escuchar la verdad? —miró directamente a Sebastián—. La verdad que ni tus influencias podrán callar.

Nadie respondió. La tensión se convirtió en una masa pegajosa imposible de romper.

Valeria sintió un estremecimiento desde el estómago hasta el cuello, como si una invisible mano apretara su garganta con fuerza.

El hombre colocó la grabadora sobre la mesa, y el ruido del mecanismo al iniciar resonó en la sala.

Una luz parpadeante surgió del dispositivo antes de proyectarse en la pared tras ellos.

Una cinta antigua, granulosamente revelando imágenes entrecortadas.

Un lugar oscuro, húmedo... La famosa biblioteca secreta de la mansión.

Voces con tono enmascarado discutían, los rostros ocultos, pero el hastío en el aire era palpable.

—¿Ese es el sótano? —susurró Valeria, inclinándose hacia adelante.

La cámara giró enfocando un dossier manoseado, con documentos manchados y una foto antigua de Sebastián y un hombre cuyo rostro solo podía reconocer por la barba implacable.

—¡Deténganla! —clamó Clarissa, con las manos temblorosas al identificar la imagen.

Pero la grabación siguió.

—…No podemos dejar que llegue a oídos de nadie más —la voz grave de un hombre resonó, cargada de amenaza—. Esto destruye todo.

Una figura encapuchada se acercó a una pequeña caja fuerte ocultada tras uno de los estantes.

La imagen se sacudió, y entonces, el rostro apareció nítido, clarísimo.

Valeria sintió que el corazón se le detenía por un instante.

—No puede ser… —murmuró, incapaz de creerlo.

Era alguien de su círculo más cercano, alguien que había estado a su lado desde el principio, con una máscara de amistad pero manos manchadas.

El interrogante explotó en su mente: ¿Cómo pudo haber estado allí y ocultarlo?

El sonido de la cinta se cortó abruptamente.

Pero la puerta trasera de la sala crujió con un chirrido seco.

Una sombra cruzó el marco, emergiendo como una bestia al acecho entre la penumbra.

Un rostro que ningún secreto podrá esconder ya.

Los ojos de Sebastián se encontraron con los de Valeria, pero ahí, en el resplandor mortecino de la grabación, supo que la verdad estaba lejos de ser sólo suya.

La mansión Blackwood acababa de revelar uno de sus secretos más letales.

Y en ese instante, el aire se cargó con el peso irrespirable de una traición aún por desvelar.

—¿Quién más sabe? —la pregunta escapó de los labios de Valeria, tan helada como la noche afuera.

La figura en la puerta no contestó. Sólo se acercó lentamente hacia la pantalla, con una sonrisa torcida y ojos que reflejaban una promesa oscura.

Una promesa que podría destruirlo todo.

Cliffhanger.