NoveliqaEl Renacer del Genio Caído: La Venganza de Klandan / El Rostro del Enemigo :0%
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Chapter 9

El Rostro del Enemigo

Capítulo 9 El Rostro del Enemigo

—Klandan...

La voz arrastrada, áspera, perforó la sombra que le oprimía el pecho. No hubo necesidad de girarse. La reconocía con la claridad de una herida fresca: aquella voz contenía puñales y cadenas, memorias enterradas en ceniza y odio. El aire en la cámara vibraba a su alrededor, denso, como si mismo el tiempo contuviera la respiración.

Su corazón galopaba intentando huir, pero sus pies permanecían clavados en el suelo de piedra corrupta; sus manos, temblorosas, tardaban en encontrar su equilibrio. Un latido más y el mundo podría desmoronarse—o él mismo podría hacerlo.

—¿Tú? —susurró, aun sin poder enfrentar el rostro oculto tras ese nombre—. ¿Cómo? ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?

Una figura emergió de la penumbra con pasos lentos, cuidadosos, cada uno hundiéndose en el frío del piso y en la memoria de Klandan. El rostro que se reveló fue un golpe tan brutal que sintió su mente soltar un crujido interno. No era sólo que conociera ese semblante —lo más inquietante era el parecido exacto. No había duda. Arvid Thalor, el Maestro, el usurpador, su enemigo jurado… y, sin embargo, había en esos rasgos algo terriblemente suyo.

—Soy la sombra que siempre caminó a tu lado sin que pudieras verlo —dijo Arvid con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Tu sangre corre en mis venas, Klandan.

El silencio se volvió un pozo insondable después de aquella revelación.

El genio desterrado sintió el mundo girar violentamente, torciéndose dentro de sí, como si ese dato fuera un veneno que se extendía por sus nervios. Su mente insistía en rechazarlo, en negarlo, pero cada palabra era un cuchillo que abría viejas cicatrices, convocando una verdad guardada en el rincón más olvidado de su infancia.

—¿Familia? —Musitó, sin comprender si estaba presa de la locura o de la verdad más cruel—. ¿Tú?

Arvid se acercó un paso más, la luz tenue de la antorcha sobre la pared distorsionaba su rostro, transformando la amenaza en una ola imposible de detener.

—Sí. Tu padre nos unió, Klandan. Ellos, tus verdaderos ancestros, y yo —sonrió, con una mezcla de melancolía y triunfo—. Pero tú elegiste el exilio, abandonar la tutela que te ofrecía el dominio ancestral. Por eso te cazaron, por eso te desterraron. No es casualidad que ese nombre, Elyr, traiga el susurro de sangre y poder.

El cuerpo de Klandan tembló, y la voz se le quebró como un cristal al ser golpeado por la realidad.

—¿Por qué callaste? ¿Por qué permitiste que me enterraran vivo, que me condenaran a la ignominia?

—Porque debía esperar el momento exacto para la venganza —contestó Arvid con frialdad—. Para verte caer por tu propio orgullo. Para cerciorarme de que el mundo aceptara a un traidor antes que a uno de nosotros.

Klandan cerró los ojos. El amargo sabor de la traición se enredaba en cada pensamiento, estrangulando la última trampa de razón que le quedaba.

—Todo lo que construí, todo lo que creí… ¿fue sólo un espejismo?

Arvid extendió una mano, y el aire se cargó de un hechizo antiguo, apenas perceptible, un aroma a tierra húmeda y hojas secas que embriagó el instante.

—No, Klandan. Fue el primer movimiento en un juego que todavía no entiendes. Pero ahora que lo sabes, el equilibrio cambia.

Un estremecimiento recorrió la habitación. La verdad, tan pesada y brillante, pendía frente a ellos como una espada desenfundada.

—¿Qué quieres de mí ahora? —la voz de Klandan era un filo cortante, decidido a desgarrar cualquier mentira restante—.

—Tu lealtad, o tu destrucción. Tú decides si sigues siendo el héroe o si aceptas que el mundo sólo entiende el poder de la sangre.

Klandan dio un paso atrás, el frío de la roca se mezclaba con una quema interna, como si en cualquier segundo pudiera estallar en mil pedazos o en mil llamas.

—Hay algo peor que ser un traidor… es no saber a quién odiar, ni a quién temer.

Arvid soltó una carcajada baja que reverberó en las paredes.

—Exacto.

En ese instante, un brillo peculiar atrapó la mirada de Klandan: en el suelo, una pistola antigua tallada con runas prohibidas, olvidada por un instante frente a la historia que acababa de ser desenterrada.

Sin apartar la mirada de Arvid, Klandan flexionó una mano, consciente de que la lucha estaba lejos de terminar, pero que ahora revelaban su carta más oscura.

El peso de décadas se dejó caer sobre sus hombros. Era más que una guerra de magias; era un duelo entre linajes, secretos y traiciones. Un duelo por la esencia misma de su ser.

Y, sin embargo... la paradoja se sentía insoportable: ¿podrían ser enemigo y sangre, a la vez?

Justo cuando Klandan pensaba que había alcanzado el abismo de su cordura, la figura de Arvid avanzó un paso más, iluminando con la antorcha el rostro cansado y a la vez lleno de una resoluta oscuridad.

—Ahora que lo sabes, ¿qué serás? ¿El genio caído que lucha por la redención? ¿O el monstruo que merece el castigo?

El aire se volvió denso, pesado, atrapado entre dos almas desgarradas.

Klandan sintió una mano invisible estrangular su conciencia, una verdad demasiado cruel para procesar.

Un susurro final escapó de sus labios, una pregunta que se perdió en la penumbra antes de que el mundo se fracturara por completo:

—¿Quién soy yo realmente?

Un golpe seco resonó. La puerta se cerró tras ellos, sellando la habitación y dejando al exiliado frente a un espejo quebrado donde el reflejo ya no tenía lugar para la certeza.

Y en la oscuridad, sólo quedaba un silencio afilado, listo para devorarlo todo.