NoveliqaEl Renacer del Genio Caído: La Venganza de Klandan / La Profecía Oculta :0%
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Chapter 8

La Profecía Oculta

Capítulo 8 La Profecía Oculta

La puerta se abrió con un susurro metálico, arrastrando con ella un aliento helado que erizó la piel de Klandan. Maël emergió de las sombras, su figura delgada recortada contra la tenue luz del corredor. La daga aún temblaba en la mano de Klandan, su universo reducido a la silueta imponente que avanzaba hacia él.

—No esperaba encontrarme contigo tan pronto —musitó Klandan, fijando la mirada en unos ojos que alguna vez consideró aliados, ahora enmascarados por un vacío glacial—. ¿Vienes a detenerme o a comprender?

Unción amarga mezcló con el sudor frío que perlaba su frente. La tensión electrificaba el aire, seca y cortante, como la membrana fina entre la vida y la muerte. Maël se detuvo a un paso de distancia, una sonrisa ladeada esbozándose con pétrea indiferencia.

—Ni uno ni otro. Vengo a advertirte.

El corazón le dio un vuelco forzado. Klandan sintió la rigidez de un corsé invisible apretando sus pulmones.

—Habla, entonces.

Maël extrajo un pergamino enrollado, su contorno repleto de símbolos arcanos que parecían pulsar bajo la tenue luz. Lo lanzó sobre la mesa con un golpe que resonó en la habitación oscura.

Klandan desenrolló el pergamino con dedos ligeros, consumidos por la urgencia. El papel crujió entre sus palmas como si él mismo desentrañara secretos milenarios. Las letras parecían danzar, formando versos antiguos escritos en la lengua prohibida de los Vigilantes.

—La Profecía... —murmuró, la voz quebrada por un temblor que no sabía si era de miedo o determinación—. Está aquí, en el toque de la luna moribunda y la sombra que se alza.

El pergamino narraba con precisión demencial su destino: exiliado por traición, marcado como el Caído, pero también como el eje alrededor del cual giraría el fin de los días. Klandan sintió el frío acero del metal resonando en sus entrañas.

Maël alzó la voz con la suficiencia de quien conoce el poder de la información:

—No puedes escapar, Klandan. El camino que te conduce al abismo ya ha sido escrito. Solo quedan las piezas para el inevitable jaque mate.

Klandan desvió la mirada hacia la ventana, donde la ciudad dormía bajo un manto de estrellas espectrales. En el silencio de la noche, la verdad se abalanzaba sobre él más rápida que cualquier hechizo. No se trataba solo de limpiar su nombre, ni siquiera de venganza. Era una lucha contra el tiempo, contra un destino grabado en la sangre y la magia ancestral.

—Entonces, dime... —su voz se tornó en un susurro resistente—, ¿cómo evitar un destino que parece inevitable?

Maël esbozó una sonrisa amarga, oscura como el pozo del universo.

—Ahí está la llave, genio. La respuesta que se esconde en la Profecía Oculta. No basta con leerla. Debes entender qué fragmento ha sido omitido.

Klandan sintió la primera grieta abrirse en su confianza, una fisura que dejaba filtrar dudas y preguntas como cuchillas.

—¿Quién la ocultó?

Maël guardó silencio, dejando que la pregunta flotara en la penumbra como un veneno invisible. Una campanilla tintineó a lo lejos, anunciando el amanecer que se negaba a llegar.

—Corre riesgos, Klandan. No solo te acechan enemigos externos, sino sombras internas que ni tú mismo comprendes.

El cabello choqué con la brisa creciente que comenzó a filtrarse por la ventana entreabierta; una fragancia quemada, metálica, se coló junto con ella.

Klandan cerró los ojos, sintiendo el peso de siglos aplastar sus hombros jóvenes.

Un fragmento que había pasado desapercibido hasta ahora, una frase entre líneas, oscura como tinta diluida:

"Solo el Caído, renegado entre los suyos, puede cambiar el final donde todo muere."

La ironía mordía sus labios resecos. Era la misma condena la que contenía la potencial salvación.

—Entonces el destino no es una cadena —dijo con una chispa creciente de rabia en la voz—, sino un enigma que debo descifrar.

Maël asintió, levantando la mano con un gesto lento y decidido.

—Si quieres sobrevivir, Klandan, tendrás que buscar en el Templo Sumergido el fragmento perdido.

Un puñal invisible apretó el pulso del joven genio. Sabía bien lo que eso implicaba. El Templo era una reliquia sumergida en los lagos prohibidos, custodiada por bestias cuyos susurros despedazaban la cordura.

—Entonces no hay tiempo que perder —susurró mientras la puerta volvía a cerrarse lentamente—. El juego comienza antes de que el alba…

Justo entonces, un golpe seco resonó detrás de la pared. La madera vibró con la presión. Klandan giró, sus ojos centelleando de alerta.

Una voz quebrada, apenas un lamento lejano, escapó desde las profundidades del castillo:

—¡Klandan! ¡No confíes en nadie!

Y entre las sombras del pasillo, el suelo comenzó a temblar, como si el mundo mismo presagiara la caída de aquel que quiso desafiar el destino.

¿Cómo podría evitar un futuro que parecía tallado en piedra y sangre?

El eco de aquella advertencia se hundió en su piel, mientras la oscuridad devoraba la última rendija de luz.

¿O quizá el verdadero poder residía solo en enfrentarlo?

La respuesta dormía, oculta aún, entre versos olvidados y el latido indomable de su espíritu.

Entonces, con las pupilas inflamadas de resolución, Klandan Elyr Voss tomó la daga, recogió el pergamino y se perdió en la negrura del castillo, sabiendo que el Renacer apenas comenzaba.

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El silencio se tornó un rugido mientras el mundo contenía la respiración.

Y en esa tensión indivisible, el futuro esperaba, mortal e incierto.

¿Podrá el genio Caído corregir el legado oscuro o será sucumbir a la Profecía?

Un paso resonó a sus espaldas. Su historia estaba por definirse.

—Klandan...

Entonces, el relato cortó como un parpadeo, dejando al lector en la frontera del abismo, con el destino temblando en la punta de una daga.