Chapter 7
Capítulo 7 Traiciones Veladas
La noche caía sobre la ciudad como un manto helado de acero, cubriendo con su oscuridad la agitación contenida de las calles empedradas. La brisa nocturna susurraba entre los tejados, arrastrando consigo el vago aroma a lluvia que nunca terminaba de caer. Klandan Elyr Voss permanecía firme junto a la ventana de su estudio improvisado dentro de la vieja posada donde se había refugiado. Su corazón martillaba con una mezcla de rabia y duda en el pecho, las sombras alrededor parecían haberse espesado, como si atraparan el hálito de su alma inquieta.
—¿Quién podría ser el traidor? —musitó, la voz ronca por la tensión.
Frente a él, Lira Tolven, su más reciente aliada en la intriga, deslizaba los dedos con nerviosismo por el marco de un libro abierto. Sus ojos brillaban con esa indecible mezcla de emoción y temor, como si se debatiera entre la lealtad y un secreto demasiado pesado.
—No sé... —respondió Lira con dificultad—. Pero alguien dentro de nuestro círculo está trabajando para Arvid. Alguien que jamás esperaríamos.
La atmósfera se tensó. Los ojos de Klandan atravesaban la penumbra que cubría el rostro de Lira, buscando la verdad detrás de esas palabras que cortaban el aire con precisión quirúrgica. Un silencio denso se instaló rápido, como si la misma habitación contuviera la respiración.
De repente, un golpeteo suave e insistente resonó desde la puerta, rompiendo el delicado equilibrio. Ambos alzaron la mirada. Klandan aguzó los sentidos, el frío se le pegó a la nuca — un presentimiento doloroso se tejía en su estómago.
—¿Quién será a esta hora? —preguntó Lira, secándose las manos contra el vestido, la voz apenas un susurro tembloroso.
—No debería venir nadie que deseemos ver —respondió Klandan, avanzando con cautela.
Al abrir la puerta, un viento arrastró una sombra hacia el umbral, deslizando una figura familiar con un rostro que aquel mismo día había compartido sus planes secretos. Era Maël, uno de sus confidentes más cercanos, conocido por su humor negro y su lealtad férrea… o al menos eso creían.
—¿Maël? —La voz de Klandan sonó incrédula.
El joven, con la mejilla descubierta por una cicatriz rojiza que brillaba bajo la débil luz, miró fijamente al interior, como si midiera el recoveco hasta el último rincón.
—Podemos hablar, Klandan —dijo sin preámbulos. Su tono era extraño, un filo de urgencia oculta que no se le solía notar—. No hay tiempo, ni lugar para rodeos.
Klandan frunció el ceño, sintiendo cómo la desconfianza germinaba en su pecho. Sin embargo, un atisbo de esperanza se abrió paso entre la espesura.
—Entra, entonces —ordenó, y Maël cruzó el umbral sin apartar la vista de él.
Una vez dentro, Maël cerró la puerta y bajó la voz hasta casi un susurro, agitando las manos como si espantara moscas invisibles.
—Esto... todo lo que hemos planeado, está en peligro. No solo Arvid nos vigila, sino alguien muy cerca de nosotros. Alguien que sabe cada movimiento.
Un nudo apretó la garganta de Klandan. No necesitaba más palabras para comprender el peso de esas afirmaciones.
—¿Quién es? —exigió, sin poder ocultar la urgencia lacerante de su voz.
Maël vaciló, la sombra de un secreto pesaba en sus ojos.
—No puedo decirlo... aún.
Un crujido seco los sobresaltó. Lira, que había permanecido en un rincón oscuro, se acercó lentamente, los ojos fijados en Maël, un destello de entendimiento cruzando por su expresión.
—¿Por qué no, Maël? Si no hablamos, caeremos en la trampa sin defensa —su voz era una mezcla de suplica y acusación.
Maël bajó la mirada, sus manos temblaban levemente.
—Porque esa persona está en esta habitación —confesó al fin—. Y su lealtad a Arvid es profunda, como un veneno en la sangre de nuestra causa.
La tensión se volvió insoportable. El aire parecía vibrar con la amenaza de un terremoto invisible que estaba a punto de desgarrar la lealtad frágil de aquel grupo.
Klandan abrió la boca para encararlo, para exigir más — pero antes que pudiera articular algo, Lira dio un paso adelante. Su rostro se endureció, la máscara de miedo cayendo como ceniza al suelo.
—Lo sabía —murmuró con voz fría—. Sé quién es el traidor.
Un silencio mortal cayó entre ellos. Maël alzó la mirada con ojos desorbitados, buscando una respuesta que no llegó. Klandan sintió su tempestad interior volverse huracán de incertidumbre.
—Dime —ordenó con un filo nítido, la desesperación clavada profunda—. Antes de que ésta se convierta en la última alianza.
Lira tragó saliva, un fuego cruel brillando en sus pupilas.
—Es él —dijo, señalando con un dedo tembloroso hacia Maël.
Un vertiginoso giro de incredulidad paralizó el cuarto. Maël soltó un aliento quebrado, como si esas dos palabras le hubieran perforado el pecho.
—¡Eso es una mentira! —rugió con el ademán de arrojarse sobre ella, pero Klandan lo sujetó por el brazo, esa fuerza casi desesperada pero templada por la concentración.
—¡Cálmate! —habló Klandan con voz firme—. Esto no puede avanzar sin respuestas, y menos con golpes de furia sin pie ni cabeza.
Un sudor frío comenzó a deslizarse por la sien de Maël, mientras sus ojos danzaban de un lado a otro, buscando una rendija por dónde escaparse.
—¿Si no soy yo, entonces quién? —su voz se quebró en un hilo.
—Eso debes responder tú —contestó Lira, su tono venenoso—. Porque he encontrado mensajes ocultos en tus libros, códigos que sólo un agente de Arvid podría conocer.
Klandan sintió que la habitación se cerraba alrededor de él como una trampa perfecta. La lealtad, la confianza, todo su mundo tambaleaba en un frágil hilo.
Maël apartó la mirada, su silencio fue un presagio más estruendoso que cualquier grito.
—¿Y ahora? —musitó, con una sombra de desesperación y traición surcando sus facciones—. ¿Qué queda para nosotros si entre compañeros hay lobos disfrazados?
Las palabras de Maël resonaron como una sentencia. Klandan sintió las fuerzas abandonándole, pero supo que no podía ceder a la resignación.
—Queda el fuego de la verdad —dijo con voz ronca, inquebrantable—. Y será ese fuego el que purgue la mentira.
En ese instante, un golpe seco rompió el cristal de la ventana. Un sobre perfumado con un aroma penetrante cayó sobre la mesa, desafiándolos a abrirlo. Klandan recogió la carta con dedos temblorosos, la tinta negra y estilizada era inconfundible.
Música macabra para un anuncio fatal: “Nunca confíes plenamente en quien sonríe en la oscuridad.”
El aliento se le congeló cuando leyó la firma al final.
Maestro Arvid Thalor.
El reloj marcaba el inicio de un juego mortal donde una línea entre amigos y enemigos se había borrado para siempre.
Klandan levantó la vista hacia Maël y Lira, sus miradas cruzadas en una tormenta de dudas, miedo... y una necesidad voraz de verdad.
—Uno de nosotros es la sombra que Arvid envió para apuñalarnos por la espalda —dijo con voz baja, pero cortante—. Y no descansará hasta vernos caer.
—Entonces —susurró Lira—, empecemos a quemar esas sombras, antes de que ellas nos consuman.
El viento golpeó de nuevo la ventana rota, trayendo consigo el tenue eco de pasos apresurados en el callejón. Afuera, la noche vigilaba con ojos de cobre encendidos.
Klandan apretó el sobre contra el pecho, el latido de su pecho tambaleando en un silencio profundo, inquebrantable. La línea entre la luz y la oscuridad se había transformado en un abismo.
Y por primera vez en mucho tiempo, supo que la verdadera batalla apenas comenzaba.
El silencio fue roto por un crujido tras la puerta.
—¿Quién anda ahí? —Klandan puso la mano en la empuñadura de su daga, preparado para lo inevitable.
Una risa breve, gélida, se deslizó bajo la cerradura y desapareció.
Un nombre retumbó en su mente.
—Maël...
Mientras la puerta cedía lentamente, la sombra que prometía la caída definitiva se reveló.