Chapter 4
Capítulo 4 Pacto con la Entidad
El aire en la cámara subterránea era pesado, como si cada molécula filtrara un suspiro milenario y grotesco. Klandan se mantuvo inmóvil, sus ojos aún encendidos por el mismo fuego que había ardido al abrir el grimorio prohibido. Las páginas no solo susurraban secretos antiguos, también encendían sombras infinitas en su mente.
Un frío mortal reptó por su nuca, y al girar, la luz de las velas parpadeó hasta que una figura emergió titilante, translúcida y terrible, del vacío detrás de él.
—Klandan Elyr Voss —musitó una voz que no pertenecía a este mundo, vibrando con ecos de tormentas y siglos—. Has llamado y desgarrado el velo entre tu realidad y el abismo ancestral.
El genio desterrado tensó cada músculo, pero no dio un paso atrás. La criatura no aparentaba hostilidad inmediata, sino una curiosa quietud, como un depredador que observa el primer movimiento de su presa antes de atacar.
—¿Qué quieres de mí? —su voz fue una mezcla de desafío y algo más profundo, una necesidad oculta bajo el deseo de poder.
El espectro extendió un brazo sin cuerpo, y un relámpago engulló la penumbra, dibujando símbolos de luz líquida que calibraban la fascinación y la amenaza.
—Ofrezco la llave para desatar la magia infinita. El poder que devorarás de noches sin fin. Pero tal bendición no es gratuita.
Klandan sintió la presión de esa promesa como un yunque sobre su pecho. Sabía que no podía renunciar al rescoldo encendido en sus dedos, la fuerza que podría revertir la infamia que le habían impuesto. La pregunta latía en su mente, implacable: ¿el hombre marca el pacto... o el pacto al hombre?
La figura alargó lo que podría llamarse mano. En ella, un orbe oscuro irradiaba pulsos como un corazón corrupto.
—Acepta —insistió la Entidad—. Sólo con esta alianza podrás destruir a Thalor y revelar la verdad oculta tras las mentiras de los poderosos.
Los músculos de Klandan temblaron, no por miedo, sino por la intensidad del debate interno. Una fuerza invisible como el viento azotaba su alma: el temor que había aprendido a ocultar desde niño, el orgullo que aún ardía como brasas, y la esperanza impaciente de justicia.
Sus dedos temblorosos rozaron la esfera negra. La superficie era inusualmente cálida, como si respirara vida, sedienta y hambrienta. Al instante, un dolor agudo explotó justo en el centro de su pecho, como si algo dentro de sus costillas fuera raspado cruelmente con garras invisibles.
—Bien —escupió, con un hilo de voz que se sostenía en una promesa ya escrita en sangre—. Dime qué debo sacrificar.
La Entidad sonrió, una mueca que quebró la máscara de benignidad:
—Antes debes entender que no es sólo lo que ofreces. Es lo que creías tener y ahora perderás.
Un zumbido rugió en la bóveda de piedra mientras la cámara entero se estremecía, y las sombras danzaban en caos ahora, esparciendo fragmentos de luz espectral que rozaban la piel de Klandan como dedos fríos.
De repente, imágenes invadieron su mente con una fuerza inclemente: rostros queridos, fragmentos de su tierra y sueños completamente destrozados. La visión era una tortura: cada recuerdo feliz se desvanecía en polvo, cada triunfo se anulaba con una traición.
—La magia infinita nunca es gratuita —continuó la Entidad—. Te llevará, poco a poco, hasta la nulidad. La pérdida de aquello que hace que un hombre sea un hombre.
Klandan sintió la agonía de la elección clavarse en sus entrañas, y en ese abismo, un fuego diferente despertó: una mentira disfrazada de verdad, un sueño que sería su venganza.
—De acuerdo —exhaló, con los ojos pulsando en rojo—. Toma lo que quieras.
El espectro asintió solemnemente y levantó su mano. De la esfera negra brotaron filamentos de energía que abrazaron a Klandan, penetrando su cuerpo hasta llegar a su esencia. Dolor y éxtasis se mezclaban en un torbellino que le arrancaba la respiración.
Sabía que, con cada latido, el precio que cobraría aún era un misterio. Pero también sabía que no había vuelta atrás.
Con un último destello, la Entidad se desvaneció dejando un eco en el aire. Klandan Voss había cruzado el umbral.
El silencio se quebró con el sonido seco de aquella puerta de hierro que se cerraba lejos, marcando el inicio de un camino cuyo destino podía ser la redención... o la destrucción absoluta.
¿Cuál sería el verdadero precio que debía pagar por ese poder?
El genio caído levantó la cabeza hacia la oscuridad. Su mirada era fuego y cenizas. Y el juego apenas comenzaba.