NoveliqaEl Renacer del Genio Caído: La Venganza de Klandan / Los Secretos del Grimorio Prohibido :0%
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Chapter 3

Los Secretos del Grimorio Prohibido

Capítulo 3 Los Secretos del Grimorio Prohibido

*

La lluvia caía con furia sobre el rostro de Klandan, gotas frías que parecían prender pequeñas brasas en su piel. El eco del trueno salió de la nada, como un rugido antiguo despertando en el corazón de la tormenta. Tan pronto desapareció la sombra misteriosa entre los árboles retorcidos, el silencio se volvió casi insoportable, espeso como el lodo pegajoso del suelo bajo sus pies.

Klandan parpadeó, su pulso tamborileaba en sus sienes, la adrenalina le clavaba agujas en las manos. Miró a su alrededor, cada sombra, cada rama rota, cada susurro del viento podía esconder un enemigo o un aliado disfrazado. Aquel encuentro inesperado había abierto una grieta nueva en su mente: no solo la academia lo había traicionado. Algo más —alguien más— acechaba bajo las ruinas abandonadas.

Sus pasos resonaron amortiguados mientras se alejaba del sitio, pero su atención estaba hipnotizada por un pensamiento único. El misterio del grimorio prohibido. Ese manuscrito antiguo, cubierto de polvo y escondido en la biblioteca arcana de la ciudadela derruida, era la llave para entender —y quizás controlar— la magia que había estado vedada desde hacía siglos.

Empapado y con el alma encrespada, Klandan se abrió paso a través del portal de hierro oxidado que conducía al corazón de la fortaleza olvidada. La madera crujió bajo sus botas mientras la penumbra devoraba todo a su alrededor. No necesitó encender su varita. Sabía que la verdadera oscuridad aguardaba en silencio para devorar inocentes y traidores por igual.

La biblioteca, un vasto salón hundido en sombras, exhalaba un olor a papel añejo y a magia antigua, pura, casi corrosiva. Las estanterías, repletas de volúmenes con cubiertas gastadas y títulos en idiomas que parecían susurrar en lenguas muertas, se alzaban como esqueletos de monstruos petrificados. Un frío seco le caló hasta los huesos.

«Aquí reside el poder», murmuró, avanzando con la cautela de quien sabe que cada paso puede desatar un hechizo mortal o un secreto oculto.

Sus dedos rozaron el lomo de un tomo particularmente grueso, envuelto en cuero oscuro con símbolos de fuego y tormenta grabados en bronce. El título estaba tallado en un alfabeto que no había visto en su vida: El Grimorio de los Ecos Silenciados.

Como imantado, Klandan lo extrajo de la estantería. El libro pesaba más de lo que parecía, y la cubierta emanaba un zumbido bajo su tacto, un murmullo tenue que se colaba hasta sus oídos como una melodía olvidada.

Sus pupilas se dilataron. En la primera página, el papel no estaba impreso ni escrito. Las palabras fluctuaban, como si fueran líquidas, formándose y desvaneciéndose sin cesar. Un artefacto mágico sellado con un hechizo que exigía paciencia, astucia y dominio.

Recordó entonces la advertencia del Maestro Arvid Thalor: “Los antiguos secretos deben permanecer enterrados, Klandan. Hay fuerzas que ningún mortal está preparado para controlar.”

—¿Y qué me dices tú? ¿Acaso no soy mortal? —susurró con ironía, un filo de desafío en su voz—. La verdad siempre encuentra boca para ser proclamada, aunque sea por los labios del que fue desterrado.

El aire se espesó alrededor suyo y una corriente helada arrastró hojas sueltas por el suelo, formando remolinos que brillaban con destellos azulados. Klandan sintió un hormigueo en la nuca, una presencia que parecía asentarse entre los estantes y sombras, observándolo, esperando.

Con un impulso vigoroso abrió el grimorio en una doble página, justo cuando un débil brillo plateado comenzó a emerger de entre las letras líquidas.

La habitación pareció cerrarse al instante. El zumbido se intensificó, creciendo en una vibración profunda, casi palpable, que reverberaba en sus huesos. Klandan tragó saliva, sus dedos temblaron, pero mantuvo el agarre firme.

Entonces, con un estremecimiento que le paralizó la sangre, una voz quebrada, profunda como un abismo milenario, se deslizó de entre las líneas del libro, susurrando directamente en su mente:

—Klandan Elyr Voss...

El nombre retumbó en su cabeza como si lo arrancaran del eco de una tumba olvidada. La voz no era sino un eco ancestral, cargado de autoridad incuestionable y una amenaza velada.

—Has abierto la puerta que se creía sellada para siempre. ¿Estás preparado para pagar el precio de la verdad?

Klandan apretó los puños, el peso de ese llamado ancestral descendiendo sobre sus hombros como una losa de siglos. Una parte de él ansiaba el poder infinito prometido en esos susurros, pero otro vértice en su mente le recordaba las consecuencias de transgredir límites prohibidos.

El zumbido se transformó en un latido rítmico, un pulso que parecía sincronizarse con su propio corazón. La voz volvió, murmurando fragmentos, fragmentos en un lenguaje arcano, trazos de hechizos olvidados, promesas de dominio sobre fuerzas que ni siquiera el gran Maestro Arvid había osado nombrar en voz alta.

Y entonces, justo cuando el aire parecía a punto de romperse, una sombra apareció en el margen del cuarto, una silueta oscura que se desprendía de las tinieblas con paso decidido y sonrisa afilada.

—No creí que encontraras el camino tan rápido, Klandan —susurró alguien con voz glacial, tan afilada como el filo de una daga—. Pero no estás solo en esta búsqueda.

Klandan giró con rapidez, la mente vibrando entre el temor y la alerta máxima. En la penumbra, los ojos brillantes de su inesperado visitante reflejaban más secretos y peligros que la tormenta misma.

El grimorio, abierto ante él, seguía pulsando con aquel brillo etéreo; un tercer poder desvelándose justo cuando el destino comenzaba a trazar líneas indelebles entre venganza, salvación y destrucción.

El renacer estaba por comenzar, pero las sombras ya lo reclamaban.

*

¿Quién era esa figura que emergía de las tinieblas? Y, más importante aún... ¿qué precio estaría dispuesto a pagar Klandan por desentrañar los secretos del grimorio prohibido?

Las respuestas estaban a punto de desvelarse... o tal vez, a condenar al genio caído para siempre.