Chapter 15
Capítulo 15: La Red de Mentiras
El golpe resonó como un trueno sordo, enterrándose en la madera del portón con un estrépito que sacudió las entrañas de Klandan. La violencia del impacto vibró hasta sus dedos, que aún temblaban por el pulso de sus propios latidos acelerados. Calon retrocedió, la expresión una mezcla de inquietud y asombro.
—No esperaba menos —dijo Klandan, pero sus palabras eran un susurro afilado, apenas audible entre el retumbar de la amenaza—. Nuestra sombra avanza en su contra.
Una ráfaga fría cruzó el patio, levantando hojas secas y escombros. El aroma de humedad y hierro se coló en sus fosas nasales, corrosivo, presagio de violencia inminente.
Klandan se volvió hacia la sombra que acababa de emerger detrás de ellos. No era el enemigo, sino una figura encapuchada, que parecía deslizarse entre la penumbra como un suspiro.
—¿Quién eres? —la voz de Klandan cortó el aire, grave y cargada de desafío.
La figura se adelantó un paso, bajando la capucha para revelar los ojos oscuros y calculadores de Lysar, un antiguo miembro de la Orden Arcana. Su presencia era inesperada y, sin embargo, parecía tan inevitable como la tormenta que se avecinaba.
—Traigo noticias, Klandan —dijo Lysar, su voz ronca pero discreta—. La red de mentiras que te persigue es mucho más grande que Thalor. Hay peces gordos en la corte, hombres y mujeres que se han vestido con máscaras para ocultar su codicia.
Klandan frunció el ceño. Cada palabra creaba ecos de traición en su mente, agrietando las certezas que tenía. Lysar observaba con atención su reacción, midiendo el impacto que sus revelaciones provocarían.
—Habla —ordenó Klandan, con el filo de la impaciencia en su tono.
—No solo Arvid Thalor impulsa esta conspiración... —Lysar bajó la voz al mínimo—. Algunos de los más altos consejeros del imperio están implicados, incluyendo a la propia Vanyra de Aeloria.
El nombre de Vanyra cayó como una daga helada sobre la habitación. Klandan sintió cómo un frío extraño le subía por la nuca, helando su sangre.
—¿La dama Vanyra? —repitió, incapaz de ocultar su incredulidad.
—Ella es solo una de muchas piezas en este tablero corrupto —continuó Lysar—. Han tejido sus hilos para aislarte, desacreditarte... y destruir cualquier esperanza que el imperio tenga de renacer.
Klandan abrió la boca para protestar, pero un ruido brutal interrumpió la conversación: un chillido agudo se elevó desde la entrada —el preludio de un ataque—. Dos guardias armados irrumpieron sin previo aviso.
Calon desenvainó su espada con un movimiento rápido, bloqueando a uno de ellos, mientras Klandan alzó una mano, invocando un torbellino de chispas doradas que hicieron retroceder al otro.
—No hay tiempo para esto —gruñó Lysar, mientras se escabullía hacia las sombras—. He dejado más pruebas en el salón del consejo, pero te advierto: la traición corre demasiado profundo.
Antes de que Klandan pudiera reaccionar, Lysar desapareció, fundiéndose con la penumbra, dejando tras de sí un rastro de incertidumbre y alarma.
Calon los rodeó con la mirada, respirando con rapidez.
—Tendremos que irnos. Esto ha escalado demasiado rápido.
Pero Klandan permaneció inmóvil, con los ojos clavados en la puerta por la que Lysar se perdió.
Un estremecimiento se abrió paso en su pecho, una mezcla de furia, desconcierto e impotencia.
Si los propios consejeros, si alguien cercano a la princesa, se aliaba con Thalor... ¿qué esperanza había para un hombre marcado como traidor?
Sin embargo, en la profundidad de aquella desesperación, un brillo se encendió en su interior, una llama inquebrantable.
—Entonces hay que buscar las pruebas —dijo finalmente, la voz tensa, pero firme—. Si las mentiras son una red, encontraremos cada hilo y lo destruiremos.
Calon asintió, apretando los dientes.
—Pero, ¿en quién podrá confiarse entonces? ¿Quién no está ya vendido a la sombra corrupta?
Klandan se giró hacia el patio abierto, donde la luz de la luna filtraba rayos plateados que apenas lograban disipar la negrura que se cobraba vidas y verdades.
Por primera vez, la pregunta lo golpeó con toda su fuerza.
En quién podía confiar… si la lealtad era la moneda más escasa y traicionera en el reino.
Un crujido detrás de ellos hizo que los dos hombres se giraran al unísono.
En el umbral apareció una figura conocida pero inesperada: Serya, la estratega de la casa Elyr. Sus ojos destellaban con calma, pero también con un secreto que parecía pesar toneladas.
—Si quieren vencer esta red de mentiras —dijo con un tono frío que no admitía réplica—, han venido a la persona adecuada.
Klandan entrecerró los ojos.
—¿Y tú… en quién confías?
El silencio se tensó alrededor de ellos. Como si el mismo aire esperara la respuesta que podía marcar la diferencia entre la salvación o la destrucción total.
Fin del capítulo 15.