NoveliqaEl Renacer del Genio Caído: La Venganza de Klandan / El Assedio del Fuego :0%
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Chapter 14

El Assedio del Fuego

Capítulo 14 El Asedio del Fuego

El silencio fue un suspiro que fue quebrado por el estrépito. La bóveda de piedra parecía contener la explosión de su propio aliento contenida, hasta que un alarido de metal contra metal rompió el conjuro.

El corazón de Klandan golpeó con fuerza contra sus costillas, un tambor de guerra en la penumbra de la cámara subterránea. Abraza las paredes de piedra agrietada, sintiendo vibraciones frenéticas que recorrían el suelo bajo sus pies descalzos. No era sólo un eco de un castillo a punto de caer: era la llegada de la tormenta.

“¡Ya están aquí!” La voz de Miriel llegó rasgada, taciturna y tensa, desde el umbral oscuro. La tensión se palpitaba en sus ojos, dilatados como los de un animal acorralado.

Klandan dejó caer el pergamino arcano que había sostenido —sus dedos aún temblorosos del último estallido mágico— y giró hacia ella en un movimiento urgente.

“¿Cuántos?” Preguntó, la garganta en seco, evitando mostrar la sombra creciente de pánico.

“Demasiados para una defensa abierta”, replicó Velas, entrando con el ceño fruncido, su mirada escaneando detrás de ella el tenue resplandor de antorchas que ya sangraban por las almenas. “Maestro Arvid envía a sus mejores mercenarios y magos sigilosos. Saben que no podemos permitir que te quedes con el dominio.”

Klandan sintió el peso de ese juicio en cada sílaba. No era un simple asedio al físico; era un golpe al alma, al honor que aún se aferraba como una armadura, cada vez más desgastada.

“Dividiremos a las tropas en dos escuadrones. Uno en la muralla oeste, el otro conmigo en la puerta principal. Tenemos que aguantar hasta que llegue el conjuro de contención que preparé anoche.”

Miriel asintió con la mandíbula apretada, sus ojos se clavaron en Klandan como si supieran que sus vidas pendían de un hilo tan fino como el viento que se colaba furtivo entre los muros.

Un rugido distante creció en intensidad, y el eco de trompetas desgarró el aire frío. Las flechas comenzaron a llover desde lo alto.

¡Choque! ¡Clang! Los escudos se alzaron con un estrépito metálico que vibraba en el pecho, retumbando con la firmeza de un latido ancestral.

Fue entonces cuando el suelo mismo tembló y toda la realidad pareció inclinarse hacia un precipicio invisible.

Una voz ronca, falsa como un susurro venenoso, se deslizó por detrás de Klandan.

—¿Creías que no lo esperaba?

El cuerpo de Klandan se tensó como un arco bajo la amenaza, y giró lo justo para descubrir a Calon, su lugarteniente, con una espada envainada a medio paso, pero la mirada gélida y traidora.

“Calon…” La palabra se escapó en un hilo áspero, un suspiro ahogado por la incredulidad.

“Treinta monedas de plata nunca fueron tan tentadoras como esta oportunidad, maestro.” La sonrisa amarga de Calon estalló en la oscuridad de los pasillos. “Arvid me ofreció la libertad, y tú me ofrecías cadenas.”

Alrededor, el ruido de la batalla creció en intensidad, pero primero un silencio helado colapsó el corazón de Klandan.

Miriel apenas pudo contener un grito cuando Calon se volvió y cerró con un giro brusco un pesado portón de hierro detrás de ellos. El eco metálico fue la sentencia.

“Traidor...” Klandan apretó los puños, la sangre hirviendo debajo de su piel, la emoción oscilando entre la furia y la desesperación.

Desde la muralla, una lluvia fulgurante de llamas danzó al otro lado del portón, iluminando el rostro de Calon con un brillo macabro.

Pero un golpe terminó de romper la frágil esperanza: las sombras de los mercenarios de Arvid comenzaron a infiltrarse por el pasadizo que ahora estaba abierto de par en par.

“¡Están dentro!” gritó Velas, desenvainando su espada con un chasquido feroz, mientras la primera figura enemiga aparecía como una bestia salvaje en el umbral.

Klandan inspiró con fuerza, sintiendo que la oscuridad se le pegaba a la piel, pero también la llama sorda de una determinación recién nacida.

“¡No permitiré que este fuego sea el fin! ¿Ustedes? ¿Están conmigo, hasta la última chispa?”

Las miradas de sus compañeros le devolvieron el fuego, la defiance, el juramento silencioso que solo los condenados pueden entender.

Solo entonces, cuando la brecha se cerraba y el acero empezó a cantar su terrible canción, Klandan supo que el verdadero asedio apenas comenzaba, y con él, su renacer forzado por el caos.

Un chisporroteo provocó que una llamarada envolviera el salón. Entonces, un grito desgarrador resonó acompañado de un impacto brutal: alguien cayó, y la puerta parecía que iba a ceder.

Y justo antes de que la oscuridad envolviera todo, Klandan miró a Calon con ojos que ardían no de ira, sino de promesas:

—Esto no termina aquí.

Un nuevo golpe resonó con violencia en el portón, y la frontera entre la salvación y la derrota desapareció en un instante.

Fin del capítulo 14.