Chapter 11
Capítulo 11 Secretos en las Catacumbas
El aire dejó de ser aire.
El silencio helado se clavaba en la piel de Klandan como un cuchillo invisible. A su alrededor, el coro de grietas apenas perceptibles en las paredes de piedra resonaba con el latido irregular de antiguos hechizos dormidos, como si las propias catacumbas respiraran un letargo oscuro.
Sus dedos se cerraron sobre el mango de la daga, el frío metal un ancla contra el abismo de incertidumbre que los rodeaba.
—No deberíamos estar aquí —murmuró Lira, su voz un susurro rasposo que parecía absorber toda la luz. Sus ojos no dejaban de escanear la penumbra, buscando cualquier sombra que se moviera, cualquier indicio de peligro.
Klandan ladeó la cabeza, apenas un destello de sonrisa torcida asomándose en sus labios.
—¿Desde cuándo el miedo nos detuvo? No es la primera vez que desciendo a lugares que huelen más a muerte que a vida.
Él llevó el farol más adelante, su luz temblando contra muros cubiertos de runas gastadas, inscripciones arcanas que apenas lograban retener su poder después de siglos. Su respiración se hizo más profunda, afinando el oído ante ruidos que ningún mortal autorizado debería saber oír.
Ante ellos, el pasadizo se abría en una cámara inmensa.
Hay paredes clavadas con esqueletos de antiguos guardianes: huesos brillantes como nácar viejo en el halo fantasmagórico. Sobre ellos, un altar tallado en obsidiana negra, cuyas inscripciones resplandecían con una energía corrupta, oscura y dulce. Klandan se acercó, su corazón golpeando como un hierro contra hierro.
—Esto... —susurró, dejando caer la mirada sobre las palabras olvidadas—. Aquí yace el poder que Arvid teme que revelemos.
Lira detuvo un paso tras él, la ansiedad surcando su frente.
—¿Estás seguro de que esto es lo que necesitamos? ¿De que todos esos relatos sobre el Guardián son verdad?
Klandan asintió lento, con la certeza que nace del pesar y la determinación.
—Y más. Nunca confiaría en cuentos si no hubiera sentido el roce del mismo miedo que fluye en esta piedra. Arvid ha enterrado muchos secretos. Algunos… demasiado peligrosos para despertar.
Un zumbido comenzó a crecer, un susurro casi inaudible que reptaba por las grietas llenas de polvo.
—¿Lo escuchas? —preguntó Lira, sus dedos extendiéndose temblorosos hacia el altar.
—El poder que buscan mantener encerrado no está muerto. Sólo dormía. —Klandan se inclinó, dejando que sus dedos dibujaran las líneas antiguas—. Y ahora, algo ha cambiado.
Un estremecimiento recorrió la tierra, como si el mismo núcleo del mundo respondiera a su presencia. La luz del farol osciló violentamente y un frío ancestral se lanzó sobre ellos, encogiendo sus cuerpos y acelerando sus latidos.
Los huesos comenzaron a resonar con ecos antiguos; algunas calaveras parecían girar sus vacíos órbitas hacia Klandan y Lira.
—Esto no es una simple tumba —dijo con voz entrecortada—. Es una jaula. Una prisión para algo que ni siquiera la magia de las altas academias pudo contener.
Lira tragó saliva, alcanzando su espada.
—Si aquello se libera… no sólo estaremos perdidos nosotros.
Una vibración feroz sacudió la roca, haciendo que pedazos de techo se desprendieran y estallaran contra el suelo con un estruendo ensordecedor.
Klandan alzó la vista justo a tiempo para ver cómo un entrecejo de luz púrpura se quebraba, deslizando un resplandor maligno que parecía expandirse en ondas de oscuridad palpable. Entonces, la silueta emergió.
No era un ser humano ni una criatura del mundo conocido. Sus ojos, pozos sin fondo, parpadeaban con iridiscencias imposibles. Sus garras, tan largas como dagas, arañaban el aire mientras una voz gutural, antigua como los mismos mitos, reverberaba en la cámara:
—¿Quién osa perturbar mi letargo?
El corazón de Klandan se detuvo un instante y luego arrancó con una furia imparable.
—Soy Klandan Elyr Voss, y he venido a reclamar lo que te fue robado.
El manto de sombras se contrajo, y de pronto, la cámara pareció sumergirse en un vacío donde el tiempo mismo cesaba, atrapando sus alientos en la helada eternidad de una amenaza desatada.
Un poder ancestral despertaba por fin… y con él, un destino que nadie podría evitar.