Chapter 10
Capítulo 10 Alianza Impredecible
El silencio se deshizo en un suspiro rasposo, como el exhalo de una bestia contenida. Klandan se giró lentamente hacia la noche que parecía pulsar con vida propia tras la grieta en la pared. Su cuerpo, aún rígido por la descarga de adrenalina y la fría soledad del encierro, palpitaba con un nuevo tambor. Todo en esa habitación parecía querer tragarlo: la penumbra reptante, el eco fugaz de aquel último golpe seco, el espejo roto reflejando no un hombre, sino un fantasma que discutía con su propia sombra.
Un murmullo urgente le cruzó la mente: no podía seguir solo. Arvid Thalor se movía con una astucia letal; sus redes se extendían hasta los huesos del reino. Klandan necesitaba una fuerza inesperada, una alianza que desafiara los códigos de honor y los fantasmas del pasado.
Fue entonces cuando el nombre salió, frío y cortante, desde el silencio: Serin Malvek. Antiguo rival, casi asesino en más de una ocasión, y ahora, quien parecía estar en la misma línea de fuego.
—¿Serin? —susurró Klandan, con la voz quebrada por la incredulidad.
Una sombra emergió de entre los pliegues de la noche, su figura recortada contra el destello mortecino del último candil. Serin no sonrió, pero sus ojos destellaron con una mezcla de cautela, respeto y un odio hasta ahora contenido. Desgarrador, como un filo invisible que removía cenizas de batallas sanguinarias.
—No esperaba verte tan rápido en mi puerta —dijo Serin, mientras cruzaba los brazos, las cicatrices sobre sus manos temblando levemente bajo la capa raída.
—Y no esperaba buscarte a ti —respondió Klandan con un filo de amargura—. Pero es Arvid quien me deja sin opciones.
Serin ladeó la cabeza. Su voz bajó y se tornó un susurro venenoso, envuelto en el humo de una promesa oscura.
—¿Qué te hace pensar que esta vez será diferente? Cuando nos enfrentamos, casi mueres por mi mano.
Klandan acercó un paso, el frío del suelo calando sus huesos, el reflejo roto del espejo como un testigo mudo de aquella conversación que destilaba desconfianza. Sus ojos quemaban con una mezcla de desafío y cansancio.
—Porque ahora, si no nos unimos, ambos moriremos en la sombra de Arvid. Pero también porque sé que hay algo en ti… algo que Arvid aún no ha tocado.
El silencio se instaló entre ellos. La respiración de Serin se volvió un ritmo medido, implacable. Finalmente, lanzó una risa áspera que rebotó contra las paredes desnudas.
—Siempre has sido el más ingenuo, Klandan. Pero quizás —agregó, con un brillo oscuro de oportunidad—, la desesperación hace buenos aliados.
Klandan asintió lentamente, cerrando por un momento las heridas invisibles que aquella sonrisa cruel había abierto.
—Entonces, dime. ¿Cuál es tu precio?
Serin se acercó hasta quedar a escasos centímetros, y su rostro se inclinó hacia la sombra de Klandan, tan cerca que casi podía sentir el hálito ardiente que exhalaba.
—La destrucción de Arvid es el primer paso —dijo con firmeza—. Pero después, quiero algo más que venganza. Quiero poder. Quiero la verdad enterrada tras sus mentiras.
Un escalofrío rasgó a Klandan. Había visto esa hambre antes, en espejos empañados y en promesas que se convierten en cadenas. ¿Podría soportar esa unión con Serin? ¿Podría confiar en un hombre que no hacía tanto había intentado matarlo?
Las dudas se arremolinaron, cerrando un torbellino en su pecho. Pero el sonido distante de la ciudad, los rumores de guerra y la amenaza creciente de Arvid eran un martilleo implacable en su mente.
—Entonces, estamos en la misma trinchera —dijo Klandan al fin—. Por ahora.
Serin esbozó una sonrisa más sincera, breve y feroz. Extendió la mano como un juramento silencioso entre antiguos enemigos que por necesidad debían ser camaradas.
Klandan dudó, sus dedos temblaron al rozar aquella mano que le había lanzado daga y muerte. Pero apretó con fuerza, sellando un pacto precario, cargado de tensión y peligro.
—Esta noche empieza el juego —murmuró Serin—. Y Arvid no sabe en qué tormenta se ha metido.
Una ráfaga de viento abrió de golpe la puerta. En el pasillo, las sombras se alargaban como garras invisibles, y un eco distante de pasos resonó, alertando de que el reloj corría sin pausa.
Klandan y Serin se apartaron, mirándose con ojos que intentaban captar la verdad oculta tras la máscara del otro.
¿Podría confiar en alguien que antes intentó matarlo? La respuesta pendía del filo de una navaja en una noche donde traicionar era un juego tan antiguo como la magia misma.
El siseo de la puerta cerrándose dejó sus enigmas flotando en el aire, mientras ambos hombres se preparaban para lo que vendría: un enfrentamiento donde no habría margen para la inocencia ni para la duda.
Porque en el mundo detrás de espejos rotos, la única certeza era la traición.
Y la alianza más impredecible acababa de nacer.