NoveliqaEl Renacer del Dragón de Éter / El Primer Combate :0%
Log in

Chapter 9

El Primer Combate

Capítulo 9 El Primer Combate

El aire enrarecido vibraba con el lento pulso de un misterio reciente. Kael respiraba con dificultad, el sabor metálico de su propia sangre quemándole la lengua y la garganta, residuo amargo de un veneno que se filtraba como sombra en sus venas. Su pecho latía en una tormenta contenida, cada inspiración afilada como el filo de una hoja, pero en lo profundo, una corriente nueva despertaba, áspera e indómita.

Los árboles a su alrededor se mecían sin viento, como si el mundo mismo -las montañas, los templos flotantes y la constante amenaza de la dinastía- contuvieran la respiración. “¿Por qué estaría mi propia sangre tratando de eliminarme?” Kael repitió la pregunta en un susurro, tan oscuro como la noche que se cernía alrededor.

De repente, el crujido de una rama quebrándose rompió el silencio. Una figura emergió del bosque como un espectro, alta, delgada, envuelta en ropajes negros que parecían absorber la luz. Su rostro era una máscara impenetrable, pero sus ojos —fríos y penetrantes como acero templado— se fijaron en Kael con la indiferencia de un juez que sabe que el veredicto ya está escrito.

“La Dinastía no perdona, ni olvida,” susurró el invitado con voz que parecía deslizarse entre la maleza. “Y ahora, tampoco tú.”

Kael se puso de pie instintivamente, sintiendo el peso de la mano invisible que la maldición había colocado sobre él: un veneno ancestral que le robaba fuerza, lentitud, control. Pero también una llama oscura brillaba bajo su piel, un poder prohibido que luchaba contra la debilidad que lo poseía.

—Si quieres atraparme —respondió, la voz rasposa pero decidida—, tendrás que intentarlo.

Su respuesta fue un rugido. El soldado de la Dinastía desenvainó una espada larga, cuyas inscripciones danzaban con un brillo sobrenatural. El sonido del acero al cortar el aire parecía dividir el mundo en dos: la vorágine externa y el tumulto interno que Kael sentía crecer en su núcleo.

El primer choque resonó como un trueno. Las hojas temblaron al impacto, y un destello de luz blanca iluminó el rostro de Kael, donde sorprendió a ver más que el cansancio; ahí brillaba un fuego antiguo, recordándole al joven que su linaje no era cualquier historia olvidada.

Pero el veneno corría también, una sombra inherente a su sangre. Su cuerpo respondió con una torpeza alarmante, sus movimientos, que deberían ser fluidos como un río, eran rígidos, como ramas quebradas bajo la tormenta. La espada enemiga consiguió deslizarse entre sus defensas, dejando un corte superficial que ardía como brasas sobre su brazo.

—¿Así que ésta es la fuerza del dragón exiliado? —murmuró el hombre negro, con una sonrisa cruel que acarició más el desprecio que la victoria—. Débil. Roto por dentro.

Kael jadeó, sintiendo cómo la sombra venenosa pesaba, tiraba de cada fibra de su ser. Pero entonces, en el instante en que la oscuridad pretendía consumirle, él cerró los ojos y recordó.

La voz de su abuelo, profunda y firme, resonando en la memoria: “Para dominar el poder, primero debes aceptar tu maldición. No luchar contra ella.”

Con un impulso inesperado, Kael inhaló profundamente. Un calor distinto comenzó a esparcirse desde su pecho, un fuego interno que parecía devorar el veneno desde adentro hacia afuera. Su cuerpo pareció vibrar con energía, sus sentidos se agudizaron y el aire alrededor se cargó con una electricidad que erizó la piel.

Abrió los ojos. Ya no veía al enemigo solo como un obstáculo, sino como la chispa necesaria para renacer.

Con un grito que desgarró la quietud del bosque, Kael lanzó un ataque inesperado. Sus movimientos, aunque imperfectos, fueron impulsados por esa fuerza oscura y prohibida. La espada enemiga chocó contra su propio cuerpo mientras una ráfaga de aire cortante surgía de sus puños y rodillas.

El hombre negro retrocedió sorprendido, sus ojos ahora descubiertos reflejaban una mezcla de alerta e incredulidad.

—¿Qué... es esto? —murmuró, con el ceño fruncido.

Pero el combate apenas comenzaba.

Kael sintió que la maldición mordía con furia, pero también que el poder nacido de esa misma oscuridad luchaba por liberarlo. La tensión en su cuerpo era insoportable, el dolor un fuego latente, pero existía un brillo, un resquicio de esperanza.

¿Podría su poder prohibido superar esas limitaciones físicas? La respuesta pendía en equilibrio, como la hoja de una espada en el filo del destino.

En ese instante, una figura se materializó más allá de los árboles, observando en silencio. Una sombra inesperada que podría cambiarlo todo.

Y mientras la luna comenzaba a alzarse, testigo silente del primer combate de Kael, la batalla entre maldición y poder solo estaba encontrando su verdadero inicio.

---

FIN DEL CAPÍTULO 9