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Chapter 8

La Hermana Perdida

Capítulo 8 La Hermana Perdida

El retumbar del trueno disipó la tormenta como la respiración agitada de un coloso que despertaba. Kael sintió el acero frío de la daga enterrada en su costado, una herida invisible a los ojos de cualquier otra persona, pero que ardía con la intensidad de un volcán en su carne. La lluvia había cesado, y el silencio que siguió fue más aterrador que el estruendo previo.

Kael se aferró al borde del antiguo altar de piedra, sus dedos buscando un punto firme entre musgo y grietas. La oscuridad se plegaba alrededor de él como un manto pesado. La última luz titilaba en sus pupilas, herida por la sorpresa y el dolor, pero entonces una voz se fragmentó a través de la penumbra.

—No esperaba que aún vivieras, Kael.

La voz era como un filo. Delicada, segura y al mismo tiempo poseía un eco familiar —una calidez fría, profundamente enraizada.

Él giró el cuerpo con dificultad, la respiración entrecortada por los lacerantes latidos del puñal. Cuando sus ojos buscaron, encontró a una figura envuelta en túnicas de seda negra que parecían absorber la luz, tan silenciosa y poderosa como la sombra misma.

—Xianhua —musitó. La impactante verdad se abrió paso como un glaciar rompiendo el océano—. ¿Eres tú?

La mujer asintió, una ráfaga de viento levantó su cabello que oloraba a lluvias de montaña y a tierra mojada, como el soplo de un secreto enterrado:

—No solo eso, Kael. Soy tu hermana.

Las palabras se precipitaron contra él igual que las descargas eléctricas que aún chisporroteaban en el aire, electrizando el recuerdo inmediato de las ruinas cubiertas por el agua y la sangre.

Kael se incorporó apenas, respirando como si intentara robar fuerza de esa misma oscuridad que los envolvía.

—¿Mi hermana? —repitió, incrédulo, cada sílaba vibrando con un extraño temblor—. ¿Cómo es posible? Mi clan fue aniquilado. ¿Tú sobreviviste…?

La figura avanzó, pisadas casi imperceptibles sobre las piedras empapadas.

—Fui arrebatada a un destino diferente— dijo con voz quebrada, como si cada palabra requiriera un sacrificio—. Crecí entre las sombras del Imperio Liu, entrenada para proteger la inmortalidad a costa de todo... incluso de mi propia sangre.

Kael sintió una oleada amarga. El mundo que creía entender se desmoronaba, ajeno a certidumbres simples.

—¿Por qué lloras mientras dices eso? —preguntó él, con una mezcla de desafío y esperanza desbordada.

Xianhua alzó la mirada, sus ojos centelleaban con un brillo opaco, como jade enterrado bajo siglos de polvo.

—Porque no desearía nada más que reunirme contigo, Kael. Pero también debo cumplir mi juramento... y para eso, debo destruirte antes de que despiertes el dragón.

El aire se espesó, la leña mojada en la lumbre invisible chisporroteaba en su mente.

—¿Por qué? —la palabra se quebró en un susurro—. ¿Por qué estaría mi propia sangre tratando de eliminarme?

Un golpe seco resonó a lo lejos, como si el eco de un tambor marcara el ritmo de una guerra inminente.

Xianhua se aproximó, lo justo para observar el cuerpo herido sin reparar en las lágrimas que Kael ahora no podía ocultar.

—Porque el poder ancestral que late en ti puede derribar el equilibrio que lucho por preservar. Y eso... —su voz se hundió en un abismo—... significaría la caída no solo de mis amos, sino la destrucción de todo aquello que soy.

Kael sintió el frío paralizante de una verdad mucho más completa y devastadora que cualquier tortura física.

Tocó su costado herido, la sangre tibia le empapaba los dedos, y sus ojos se clavaron en los de ella.

—Así que todo este tiempo, me han custodiado mis enemigos disfrazados de familia —musitó con amarga ironía.

Xianhua negó con la cabeza, el rostro quebrado por un atisbo de dolor que la máscara de oscuridad apenas disimulaba.

—No enemigos, Kael... Sólo hermanos que tomaron caminos distintos en un mundo donde elegir es una sentencia.

El silencio volvió a caer, pero esta vez, contenía un rugido a punto de estallar. Kael notó que la luna, escondida tras las nubes tumultuosas, empezó a despedir un halo frío.

Sus cuerpos eran sombras que se enfrentaban en un cuadro ancestral: dos mitades partidas por la traición y la sangre.

Y entonces, sin aviso, un crujido cerca los alertó.

Ambos se giraron al unísono, puños tensos, corazones ardiendo.

—No estás sola —susurró Kael, acercándose con pasos lentos, pero firmes.

Xianhua asintió, una chispa de temor rozando su máscara de control.

—Hay quienes ansían que el dragón nunca despierte. Y ahora... saben dónde encontrarnos.

Detrás de ellos, la penumbra comenzó a cobrar movimiento.

Pasos invisibles que se multiplicaban, una presencia fría y despiadada acechando cada grieta de la noche.

Un nombre se coló entonces en la convulsión de su mente:

—El Dragón de Éter no solo está marcado por el poder... también por la sangre que corre en sus venas —dijo Xianhua, mientras su mano se cerraba en un puño firme al lado de Kael—. Unidos o enemigos, la verdad nos enfrentará.

Kael sintió la daga vibrar nuevamente, la piel erizada bajo la amenaza inminente. Nunca antes una revelación había destrozado sus certezas y, sin embargo, encendido un fuego que ni la muerte podría apagar.

Entonces, un sonido seco, metálico, cortó la noche.

Un golpe resonó contra el altar, seguido por un susurro venenoso.

—¿Por qué estaría mi propia sangre tratando de eliminarme? —repitió Kael, el eco de sus palabras hundiéndose más hondo que cualquier herida—.

La respuesta, invisible, aguardaba al filo del silencio.

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FIN DEL CAPÍTULO 8