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Chapter 6

Pruebas del Espíritu

Capítulo 6: Pruebas del Espíritu

El aire seguía denso tras el estallido del último suspiro en el bosque. Kael Ren jadeaba, el corazón golpeando contra sus costillas como un tambor guerrero. La maleza crujía bajo sus pies, y el viento arrastraba hojas secas con un susurro que parecía hablar en lenguas olvidadas. Nada rompía ese silencio expectante salvo el retumbar lejano de sus propios latidos.

Pero en lo profundo, bajo la piel y la carne, algo más rugía. Una presencia invisible, pesada, como si el peso del mundo entero se posara sobre sus hombros jóvenes. Las sombras que lo habían acechado se habían desvanecido, pero en su mente, un eco oscuro apenas comenzaba a despertar.

Kael cerró los ojos. Él sabía que la prueba no era afuera: colinas, bestias, trampas… no. Era adentro. En ese pozo negro que los antiguos maestros en las montañas llamaban el «abismo del espíritu».

Un frío intenso le recorrió la columna vertebral. No podía ni debía fallar.

Se apoyó contra el tronco nodoso de un árbol ancestral, inclinando la cabeza hasta apoyar la frente contra la corteza rugosa. Al abrir los ojos, la realidad comenzó a doblarse, como un lienzo bajo la brisa.

—Tu alma es un cristal. Fragil, quebradizo, pero capaz de reflejar las estrellas — la voz grave y resonante de Zhen, su viejo maestro, retumbó en su mente, aunque hacía años que no lo veía. —Es hora de que enfrentes la oscuridad que habita dentro de ti, Kael. Solo entonces el Dragón de Éter despertará.

Un frío glacial se apoderó del bosque, los colores se tornaron grises y opacos. La luz desapareció bajo una capa de niebla negra, una niebla que no sólo cubría los árboles, sino también su espíritu. Kael sintió entonces cómo una mano invisible apretaba con fuerza el corazón; la garganta se le cerró, la mente comenzó a girar.

Una voz susurrante, como cientos de hilos venenosos, trazó palabras arácnidas por sus pensamientos:

—No eres digno.

—Tu clan murió por tu debilidad.

—El dragón no es para ti, Kael… eres un fracaso.

Las voces crecían, una sinfonía oscura que arañaba el alma, hasta hacerla sangrar.

La planta más baja, el silencio, la oscuridad: el abismo había empezado a morderlo.

Con un rugido que no era suyo, Kael se lanzó al suelo, cubriéndose la cabeza con las manos, el cuerpo temblando como la hoja al viento de otoño.

Pero en medio del caos, una llama débil y titilante se encendió — una imagen clara, un recuerdo:

La mano de su madre, quemada pero cálida, que con voz firme murmuraba al oído del niño asustado: —“El Dragón vive en ti, Kael, no lo dejes morir.”

Ese recuerdo cortó, como una daga luminosa entre la niebla negra.

El joven se incorporó, jadeando, esa oscuridad ya no le parecía impotente. De algún modo, era familiar, una sombra que había cultivado en la soledad del exilio.

—Debes atravesar esto — se dijo, con una voz que era junto firme y quebrada, un hierro templado bajo la lluvia.

Entonces el paisaje mental se transformó de nuevo.

Horas, minutos, o siglos: no había tiempo, sólo el peso de una vasta caverna oscura, cuyas paredes estaban grabadas con símbolos antiguos que parecían palpitar.

Allí, en el centro, un dragón de sombra descansaba, enorme, imponente — sus ojos eran brasas apagadas que reflejaban la duda y el miedo de Kael.

¿Era esta su alma? ¿O la bestia que había estado dormida demasiado tiempo?

Kael sintió el pulso de la criatura, fuerte y afilado como una tormenta contenida.

Frente a esa forma colosal, sólo pudo levantar una mano y susurrar:

—¡Despierta!

Un zumbido eléctrico resonó en la caverna — y de repente, el dragón lanzó un rugido que sacudió cada fibra de su existencia. La criatura desplegó alas de etérea energía azulada, que cortaban la oscuridad como espadas.

Pero justo cuando la luz quiso expandirse, el entorno comenzó a fragmentarse; la caverna cedió a territorios más inquietantes: prisiones de cristal, pesadillas muertas de sus propios recuerdos.

A cada paso, la voz del dragón era también un reto, un enigma para desentrañar.

—¿Quién eres, Kael Ren? ¿El vengador? ¿El exiliado? ¿Un niño perseguido o un destructor imparable?

No podía evitar preguntarse: ¿qué parte de aquel joven torturado estaría dispuesta a renacer? Y ¿qué tenía que perder?

El suelo bajo sus pies comenzó a grietear, delgadas llamas negras se filtraban por las hendiduras y envolvían sus tobillos.

Kael dio un salto — el tiempo se volvió denso, cada respiración una batalla. Sus dedos se cerraron con fuerza a su alrededor, como si pudiera agarrar ese poder invisible y moldearlo.

Y ahí, en medio de ese abismo personal, ocurrió lo que nunca había esperado.

Del fondo más oscuro emergió una figura espectral, familiar.

Era Xianhua Liu.

Su sonrisa no era amable. Era fría, calculadora — deslizó entre sus labios unas palabras en un tono apenas audible:

—¿Crees que el dragón te pertenece? Todo poder tiene un precio, Kael. ¿Estás dispuesto a pagar el tuyo o correrás huyendo a la oscuridad que ya habita en ti?

El espectro extendió una mano hacia Kael y la oscuridad se fundió con sus dedos, agitando sus pensamientos y sembrando nuevas dudas. Pero no sólo eso: despertó una furia que había estado dormida, ese fuego interior que solo el dolor y la traición pueden encender.

Kael se irguió, enfrentando ese eco de su enemigo y de su destino.

—No. No huiré. No importa lo que me cueste… El dragón renacerá — su voz cortó como un látigo, desafiante, temblorosa pero llena de una promesa feroz.

Y entonces, justo cuando él se preparaba para avanzar sobre la oscura forma de su miedo, una ráfaga de viento cortó la ilusión.

La caverna empezó a derrumbarse, y el rugido del dragón reverberó por última vez, llamándolo a despertar.

Kael sintió que su alma pendía de un hilo, el mundo a su alrededor disipándose en fragmentos oscuros, y un pensamiento resonó claro, cortante:

¿Podrá sobrevivir a la oscuridad que habita dentro de su propia mente?

El silencio se hizo absoluto.

Un golpe seco resonó — no en la caverna ni en la oscuridad, sino en la realidad detrás de sus párpados cerrados.

Kael abrió los ojos con un sobresalto.

El bosque volvió a susurrar. El sol apenas comenzaba a colarse entre las copas, bañando el claro en una luz dorada y tibia.

Pero dentro de su pecho, algo había cambiado para siempre.

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FIN DEL CAPÍTULO 6