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Chapter 3

El Susurro del Dragón

Capítulo 3: El Susurro del Dragón

El peso de aquellas palabras reverberaba, una cascada helada descendiendo por la columna vertebral de Kael.

“Soy tu destino y tu condena.”

Un eco imposible, como el espectro de un trueno moribundo, que retumbaba no fuera, sino dentro. En su pecho. En su mente. En el fondo mismísimo de sus huesos.

Cada músculo de su cuerpo temblaba con una energía invisible y antigua. La llama de la pequeña antorcha, alzada en su mano, parecía un suspiro febril ante aquel silencio denso.

Pequeñas gotas de sudor perlaban su frente. El sutil aroma a incienso chamuscado, mezclado con el polvo y la humedad del templo, le recordaba la fragilidad de su humanidad. Pero dentro de él, algo más primitivo despiertaba.

Sus dedos se cerraron y abrieron, temblorosos, en una danza involuntaria. Un cosquilleo punzante ascendía por su cuello, como si una corriente eléctrica recorriera su médula. El aire se espesaba, casi líquido, saturado con un magnetismo irreal.

Kael cerró los ojos, intentando atrapar la voz que juraba haber escuchado, repetirla en silencio, descifrar su origen.

Pero fue entonces cuando la conciencia surgió.

No era sueño ni delirium, no una alucinación provocada por la fatiga.

Era... un susurro. Un murmullo que reptaba desde un rincón oculto de su mente.

«Kael...»

La voz era grave, reverberante. Como la piedra milenaria estrujada por siglos sin soltar su secreto.

«Has despertado, al fin. Has roto el velo que te mantenía ciego.»

La piel de Kael se erizó. Sabía que no debía responder, que la prudencia exigía silencio y observación.

Pero la tentación fue más fuerte.

«¿Quién... quién eres?» murmuró, su voz apenas un rumor quebrado.

La respuesta no fue inmediata. Un suspiro ancestral pareció atravesar su ser.

«Soy el Dragón de Éter. Soy la esencia que corre en tus venas, el eco de tu linaje olvidado.»

Las palabras caían densas como el plomo, cada sílaba una cadena que ceñía su alma.

El nombre resonó en él con un poder seductor y aterrador a la vez.

Dragón. Éter. Símbolos que compañeros de su exilio habían susurrado con temor. Leyendas sepultadas bajo siglos de prohibiciones.

«¿Por qué me hablas? —replicó Kael, la voz tensa, el pulso acelerado—. ¿Qué quieres de mí?»

El susurro condensó, acercándose como un viento gla­cial que se introduce en las grietas más profundas.

«Para despertar el verdadero poder oculto en tu espíritu, necesitas comprender tu legado. Pero la verdad es una espada de doble filo.»

Kael sintió un frío paralizante en el pecho. Como si la sombra de una bestia invisible presionara en su corazón.

Había sospechado que la Maldición Interna no era solo un tormento, sino una puerta. Ahora entendía que era también una sentencia.

«¿Una sentencia?»

El dragón pareció reír, un sonido bajo, casi inaudible.

«Sí. Uno que debes elegir volar o sucumbir en la oscuridad.»

Un estallido de imágenes cruzó su mente: montañas flotantes envueltas en niebla púrpura, templos que vomitaban luz espectral, soldados con ojos vacíos portando armaduras que parecían fundidas con piel quemada, y sobre todo, un dragón colosal envuelto en fuego celestial, cuyas escamas brillaban con la esencia misma del éter.

Kael se dobló hacia adelante, agarrándose la cabeza, mientras un coro de voces susurraban en su interior, promesas y amenazas entrelazadas con un hilo invisible.

“Ven conmigo... domina el poder que yace dormido... renace o perece…”

Cuando abrió los ojos, la habitación estaba envuelta en una penumbra más densa, como si el dragón hubiera aspirado la luz misma.

No pudo evitar la pregunta que quemaba en sus labios:

«¿Eres un aliado... o un enemigo?»

Un silencio oscuro le respondió.

Y en ese vacío, una voz resonó por última vez:

—Kael, el camino que elijas sellará tu destino... y el destino de este mundo.

Entonces, un golpe sordo retumbó en la puerta del templo.

Como un tambor que marcaba el instante decisivo.

El eco se expandió y Kael sintió cómo miles de ojos invisibles lo observaban... esperando.

El susurro se detuvo.

Y la Maldición Interna contenía la respiración.

FIN DEL CAPÍTULO 3