Chapter 2
Capítulo 2: La Maldición Interna
El aire enrarecido del crepúsculo quemaba la garganta de Kael mientras sus pulmones se expandían, buscando desesperadamente el oxígeno que la niebla de cenizas le negaba. Sus manos temblorosas se posaron sobre la fría piedra de una plataforma apenas visible entre las ruinas humeantes.
El rostro del joven estaba pálido, sudor helado le perlaba la sien y una mueca de dolor se había instalado en sus labios resecos. El fuego atrás aún rugía, devorando el templo que había sido su hogar y prisión, arrastrando con él recuerdos, gritos y promesas rotas.
Un estremecimiento le recorrió la espalda, más frío que el mismo viento nocturno. Cerró los ojos, tratando de encontrar silencio, de respirar con calma, pero bajo su piel, una tormenta peor se gestaba. La energía del Dragón de Éter, la llama ancestral que debería darle vida, latía sin control, como un animal salvaje encerrado.
Kael dobló las rodillas hasta tocar el suelo. El peso de la culpa y la pérdida amenazaba con aplastarlo. Pero apenas una chispa de voluntad lo impulsó a concentrarse. Sin poder fracasar. No esta noche.
—Vamos... —susurró a su reflejo distorsionado en un charco teñido de rojo—. Tienes que despertar.
Extendió la palma hacia el cielo, sintiendo la brisa cargada de cenizas moverse como un velo sobre su piel. Visualizó el flujo de Qi que había estudiado durante años, aunque nunca con tanta intensidad. Intentó llamar a aquella corriente mística desde sus entrañas. El Dragón debía responder.
Pero entonces la traición se hizo carne.
Un estallido de dolor punzó en el centro de su pecho, como un puñal encendido que se hinchaba y quemaba hasta el hueso. El mundo a su alrededor se tornó borroso, los ecos se multiplicaron en un susurro agudo y ensordecedor.
Sus dedos se clavaron en el suelo; la piedra parecía palpitar bajo ellos, como si renunciara a sostenerlo.
Kael jadeó; respiraba a duras penas, luchando contra una opresión invisible que le arañaba el interior.
—¿Qué... es esto? —la palabra escapó entre dientes, amarga.
Abrumado, un reflejo instintivo lo hizo cerrar el puño y concentrar toda la energía con violencia creciente.
De sus venas brotó una luz azulada, intensa y caótica, que vibraba con un poder brutal e indomable. Era el Dragón, pero distorsionado, una fuerza que parecía querer desgarrarlo desde adentro.
El cuerpo de Kael tembló como una hoja al viento. La piel se erizó; sus ojos, abiertos de par en par, destellaban con un brillo sobrenatural.
Sintió, sin embargo, que algo más acechaba dentro. Una sombra oscura se enroscaba alrededor de su alma, un veneno ancestral que no reconocía.
De repente, un sudor helado le cubrió la frente. Un murmullo gutural emergió de su garganta sin control, un sonido extraño, casi ajeno a él.
—No... —intentó detenerlo, pero la voz se quebró en un eco profundo que retumbó por toda la ruina.
Desde dentro del pecho, taladrando con furia, apareció un destello rojo incandescente, una marca invisible que ardía y latía con fuerza.
Kael sintió como si mil cuchillas atravesaran su corazón.
Con un alarido desgarrador, se desplomó hacia adelante.
El suelo vibró como si la tierra misma presenciara su agonía.
Cuando levantó la vista, sus pupilas habían cambiado: ya no había solo fuego, sino una tiniebla reptante que brillaba con malicia.
En el horizonte, una figura oscura apareció, apenas visible entre la niebla y las ruinas.
Una voz profunda y susurrante reverberó en su mente, siniestro y familiar:
—El renacer comienza... y la maldición también.
Kael extendió la mano temblorosa hacia el vacío, susurrando con desesperación:
—¿Qué... eres tú?
Un fulgor carmesí emergió de su palma, fragmentándose en un millón de chispas que pintaron la noche con su fuego.
Entonces, un calor insoportable se extendió por todo su ser, elevándolo al borde del colapso.
La última visión antes de perder la conciencia fue la sombra espectral deslizándose hacia él, susurrando en un idioma olvidado:
—Soy tu destino y tu condena.
Un silencio absoluto descendió sobre el templo, interrumpido solo por el crepitar distante del fuego.
El exilio no solo había comenzado. La Maldición Interna de Kael acababa de despertarse.