Chapter 16
**Capítulo 16 Órdenes desde la Sombra**
El estruendo del relámpago aún vibraba en el cielo, el llanto lejano de la tormenta retumbaba en sus oídos cuando Xianhua Liu se deslizó por los corredores de mármol frío del Palacio Eterno. Su figura, envuelta en túnicas negras bordadas con hilos de plata que relucían como estrellas atrapadas, se movía con la fluidez mortal de una serpiente.
El aura que la rodeaba no era la de una mujer cansada por la batalla, sino la de un depredador que ya había elegido su siguiente presa.
El recibidor estaba en penumbras, las velas temblaban por un viento invisible que se colaba entre las grietas de la pared. Cuando llegó al umbral del despacho, un sirviente de rostro imperturbable le entregó un pergamino lacrado con el emblema dorado de la dinastía.
Xianhua rompió el sello con dedos perfectos, apenas un suspiro quebró el rígido silencio.
—Órdenes del Consejo Supremo —murmuró, leyendo rápidamente. Su rostro era un lienzo en blanco, pero sus ojos, profundos y fríos como un lago helado, destellaron una chispa oscura.
El pergamino contenía instrucciones estrictas: eliminar a Kael Ren antes de que pudiera avanzar en su cultivación ancestral. La directiva exigía la aceleración total de las ofensivas y la aniquilación sin piedad de sus seguidores.
Una sonrisa fingida se asomó en sus labios, pero sus puños se apretaron con violencia, dejando marcas blancas en la piel.
—No puedo permitir que este exiliado perturbe el delicado equilibrio —repitió, como si tratara de convencerse a sí misma.
El Palacio se estremeció con el eco distante de tambores de guerra, y Xianhua sintió que las sombras se alrededor de ella se espesaban, como si la misma oscuridad respondiera a su voluntad.
Su mente se sumergió en un torrente de pensamientos veloces: la nombreada «Inmortalidad» pendía de un hilo frágil. Y en el fondo de todo, oculto como un veneno que solo unos pocos conocían, se escondía un secreto capaz de desatar el caos absoluto.
Se escuchó un ruido detrás de la puerta.
Xianhua giró al instante, la mano extendida hacia la empuñadura de su daga curva, sin apartar la vista del lugar.
La puerta se abrió apenas un centímetro, y un rostro joven y familiar apareció, iluminado por un rayo de luna: era Lian, su guardaespaldas más cercano, con ojos que parecían sangrar preocupación.
—Señora… los espías han escuchado rumores sobre Kael. Se dice que ha encontrado el fragmento perdido del Dragón de Éter —susurró, la voz cargada de urgencia.
Xianhua frunció el ceño, el nombre resonando en su mente como un eco prohibido.
El Dragón de Éter. Un mito ancestral, un poder que hacía temblar incluso a los clanes más poderosos, tan antiguo como el mundo mismo y sellado por generaciones para evitar su renacer.
—Ese niño —musitó con desdén— juega con fuegos demasiado grandes. Si descubre el Dragón, todo estará perdido.
Lian tragó saliva, consciente de las consecuencias silenciosas que esas palabras implicaban.
De repente, del fondo del Palacio, un susurro frío y atrapante aguardaba, como una sombra imponente y velada. Xianhua dio un paso hacia atrás, como si alguien estuviera en la habitación sin que Lian lo viera.
—¿Qué protege la tiránica líder, Lian? —preguntó con una calma que se le iba tornando más venenosa—.
Él no tuvo más remedio que bajar la mirada y admitir:
—Un secreto que ni siquiera los más sabios osan nombrar. Dicen que fue sellado con sangre y cadenas de alma en el mismísimo Templo de las Mil Estrellas.
Xianhua se quedó paralizada un instante. El Templo. La última frontera sagrada. Un lugar prohibido incluso para sus ojos.
—Entonces debemos asegurarnos, Lian —su voz se quebró con una certeza mortal—, que Kael no alcance nunca ese conocimiento.
El viento azotó con fuerza la ventana, haciendo temblar los candelabros y extendiendo largas sombras en la habitación. En el rostro de Xianhua, la máscara de gobernante implacable y decisiva se había transformado en algo más oscuro. Algo desesperado.
Una orden sellada, una guerra que ya no podía esperar más, y un miedo oscuro que sola ella conocía.
Del otro lado de esas sombras, Kael Ren avanzaba, sin saber que justo en ese instante, los hilos del destino se tensaban para atraparlo. Y que su propia sombra estaba a punto de convertirse en la llave para abrir un legado más peligroso que la muerte.
Un sonido seco resonó desde el pasillo. Una figura encapuchada dejó caer un sobre sellado en la mesa de Xianhua antes de desaparecer en la penumbra. Sin miramientos, ella rompió el sello y leyó.
Los ojos se le abrieron en blanco, la respiración se le cortó por un instante.
Había llegado la advertencia definitiva.
Algo que nadie fuera del Consejo Supremo sabía sobre lo que verdaderamente escondía su dinastía.
Un secreto tan terrible que podía hacer tambalear los cimientos mismos de aquel mundo.
Mientras la tormenta tronaba fuera, y el relámpago se enterraba como una daga en la noche, Xianhua cerró el puño con fuerza.
—No permitiré que caiga la dinastía —susurró con voz de acero frío— No… por nada ni por nadie.
Y en las sombras que la envolvieron, susurró al viento:
—Que comience la cacería.
Una vela se apagó dejando todo en un silencio denso y opresivo.
¿Qué secreto protege la tiránica líder a toda costa?
La respuesta estaba en los ojos de la oscuridad que acababa de despertar.
FIN DEL CAPÍTULO 16