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Chapter 13

El Ritual Prohibido

Capítulo 13 El Ritual Prohibido

El viento cortaba sobre la piel de Kael, un látigo helado contra su rostro sudoroso. El eco distante del mensaje que se había enviado expiró en el vacío que quedó tras la sombra fugaz entre los árboles.

Sus dedos temblaban, no del frío, sino por la mezcla voraz de vértigo en su interior. Aquella figura encapuchada no solo había observado, sino que ahora sabía. Y saber en este mundo era un disparo cargado, listo para detonar.

Sin embargo, no había tiempo para dudas ni retrocesos. La piedra de altar ante él aguardaba, fría y dócil, apenas perturbada por la bruma que subía como aliento a su alrededor.

Kael se arrodilló, con las manos firmes pero el corazón desatado en un galope frenético. Inhaló profundo, dejando que la esencia del Dragón de Éter se mezclara con el aire, un aroma a metal y tormenta suspendido en la atmósfera.

—No hay vuelta atrás —susurró, mientras las palabras abandonaban sus labios, vacilantes pero decididas.

Recordó las viejas escrituras de su clan, los símbolos grabados simplemente con tinta y sangre, prohibidos a la mirada de cualquier aprendiz. Un ritual sellado, concebido en el principio de los tiempos para los más desesperados o los más osados.

El dragón dormido dentro de su pecho retumbó, un latido profundo que resonó contra su esqueleto y le hizo apretar los dientes. La cicatriz ese mismo símbolo que su madre había ritualizado en su brazo le ardía como fuego contenido, una advertencia y una promesa.

Extendió sus manos sobre la piedra, entrelazando los dedos en el aire, trazando los signos que bailaban con olor a bronce y follaje quemado. El suelo vibró, como si el templo antiguo respirara también con él, despertándose del letargo.

Un zumbido comenzó a crecer, sutil pero constante, una agonía dulce que se extendía desde el centro de su pecho donde el Dragón permanecía enjaulado. Lentamente, la piel se le erizó y un tinte azul fosforescente apareció, como si esa energía prohibida perforara su carne.

La garganta se le cerró un instante. Dejó escapar una tos seca y sintió cómo una fuerza invisible lo jalaba hacia dentro, obligándolo a ceder. Un río de poder que serpenteaba, oscureciendo la línea entre sacrificio y locura.

Y entonces, la superficie del altar brilló con un fulgor intenso, cegador.

Un grito gutural brotó de fondo, desgarrando el silencio ancestral.

Kael arqueó la espalda, con el pecho convulsionando mientras un chorro etéreo emergía de sus palmas, serpenteando hacia el cielo en ríos escarlata y plata.

Un dragón de luz apareció suspendido sobre el altar — no completo, fragmentado como un espejo quebrado: cabeza curva con un ojo llameante, garras que arañaban visiones fugaces de montañas caídas, alas que vibraban con tormentas no nacidas.

Pero el ritual, en su desesperación, solo había rasgado la cáscara. El Dragón no se presentó entero, sino a medias, como una sombra dormida agazapada contra el sinfín de los mundos.

—Resiste —rezó Kael, implorando más a su espíritu que a aquello que giraba frente a él—. Quiero conocerte, y quizás... un día, dominarte.

Una húmeda bruma, tibia y pesada, descendió y lo envolvió. Dentro, escuchó ecos — un susurro serpenteante y milenario, un lenguaje que perforaba sueños y recuerdos, que prometía poder y tormento al mismo tiempo.

Pero una fuerza invisible lo golpeó con furia, haciéndolo caer de rodillas sobre la piedra fría.

—¡No! —gritó con todo el aliento que pudo reunir antes de perderse en la oscuridad de esa voz que emergía de dentro.

La figura alzada no era solo un dragón, ni siquiera una criatura. Era un fragmento de un dios antiguo, una entidad atrapada en el pedestal de su alma. Y como tal, no se entregaría sin un precio.

El aire se espesó, como si el mismo templo sostuviera la respiración, balanceándose entre lo real y lo prohibido.

Entonces, un sonido imposible rompió la tensión: un súbito, seco y certero golpe en la puerta del templo.

Kael levantó la cabeza, los ojos brillando con una pirueta de miedo y anticipación. Su cuerpo, aunque maltrecho, respondía todavía a la llamada del combate y la traición.

—¿Quién...?

Nadie respondió.

El ritual prohibido había sido desatado.

Y una nueva presencia, oscura y vasta, se abría paso desde las profundidades de su interior.

Una voz, tan antigua como el tiempo y tan fría como la muerte, susurró en un eco helado:

—Al fin... hemos despertado.

El altar tembló.

Y el dragón, fragmentado y salvaje, comenzó a cobrar vida dentro y fuera de Kael, prometiendo poder... y destrucción.

La sombra, esa presencia en el bosque, no estaba sola.

Un nuevo juego había comenzado.

FIN DEL CAPÍTULO 13