NoveliqaEl Renacer del Dragón de Éter / Traiciones en la Noche :0%
Log in

Chapter 12

Traiciones en la Noche

Capítulo 12: Traiciones en la Noche

Las ruinas del templo quedaron silenciosas, salvo por el eco distante de sus propios latidos, acelerados y recortados. Kael apretó el cristal contra su pecho, una llama helada que mordía sus venas hasta el hueso. La fría luz azulada emanaba del fragmento, proyectando sombras quebradas sobre las paredes agrietadas donde siglos antes héroes y villanos habían suscitado batallas titánicas. Ahora, todo parecía calmado, pero la tormenta apenas comenzaba.

En su pecho, la pregunta no se disipaba ni con el silencio: ¿Valía la pena? Justo cuando su mente se debatía entre la ira, la desesperación y algo parecido a la resignación, el aire a su alrededor cambió. Un aliento cargado de humedad, una presencia que había estado al acecho más tiempo del que quería admitir.

—Kael.

La voz era suave, casi un susurro, pero envenenada con una precisión quirúrgica. Se giró rápido, el cristal aún apretado en su mano derecha, ojos buscando en la penumbra. Allí, escondida entre las columnas caídas y las sombras alargadas, apareció Linna, su compañera y una de las pocas personas en quien aún confiaba.

—¿Estás bien? —preguntó ella, pero una línea de tensión surcaba su frente, y no podía evitar que su tono sonara urgente, preocupado.

Kael asintió con dificultad, la garganta seca. Las palabras quedaron atrapadas en un nudo, tan fuerte como el cristal que empuñaba.

—No es sólo una decisión —murmuró, rompiendo el silencio—. Es una trampa... lo siento. Alguien nos ha marcado.

El aire pareció congelarse entre ellos.

Linna retrocedió dos pasos, sus ojos se estrecharon mientras escaneaba el entorno. Una sombra, una respiración que no pertenecía a ninguno de ellos. Algo se movía en los límites del templo.

—¿Quién? —la pregunta fue un filo punzante.

—No lo sé... Alguien dentro de nuestro círculo —dijo Kael con un filo de amargura—. Alguien que sabe dónde encontrarme.

La revelación colgaba en el aire tan pesada como una piedra. Linna tragó saliva, intentando mantener la compostura. Su mirada se tornó más penetrante.

—Tenemos que irnos. Ahora. Si ese cristal contiene el poder que sospechamos... la Dinastía Shengan ya está tras nosotros.

Kael sintió un escalofrío que no era del frío nocturno. La dinastía, con sus redes invisible de espías y asesinos, siempre acechando en las sombras. No solo querían el cristal. Querían atraparlo vivo, o peor, muerto antes de que lograra despertar esa fuerza ancestral.

Con movimientos veloces, comenzaron a apartarse hacia la salida del templo, esquivando piedras y raíces que parecían aferrarse a sus pasos.

Pero entonces un sonido breve, apenas un susurro de tela rasgada y la fricción de una daga siendo desenvainada en la oscuridad, cortó la noche.

—¡Deténlo! —La voz de Linna estalló con una mezcla de miedo y rabia, pero no antes de que otra figura emergiera de entre las sombras con una sonrisa cruel y unos ojos llenos de traición.

—¿De verdad creíste que podrías esconderte, Kael? —La sonrisa era de Xian, pero no era él. Era Naru, el tercer discípulo, el que había estado siempre a la sombra, el más silencioso, el menos conspicuo.

Kael se congeló en el acto. El fragmento de cristal amenazaba con resbalar de su mano cuando la sorpresa le atravesó como una lanza.

—Naru... —susurró.

Naru avanzó con paso lento, confiado, la daga brillante reflejando la débil luz del cristal.

—La inmortalidad es un juego peligroso, amigo mío —dijo con sorna—. Y yo no pienso quedarme atrás viendo cómo mueres intentando alcanzarla.

—¿Por qué? —era más un sollozo que una pregunta. Kael no podía creer que alguien tan cercano, alguien que compartió con él entrenamientos bajo la lluvia, juramentos bajo la luna, lo traicionara así.

—Porque tú no mereces ese poder. Ni tú, ni tu clan. Pero la Dinastía sí. Ellos saben cómo usarlo mejor que cualquiera. Y yo... solo cumplo mi deber —Naru afiló su voz, como si estuviera recitando un mantra de justificación—. Esto es solo el principio.

Sin previo aviso, Naru lanzó la daga hacia Kael. El joven discípulo reaccionó justo a tiempo, desviándola con un movimiento que arrancó un choque metálico, el sonido resonando en la estrecha bóveda.

Corrieron, el templo ahora convertido en un campo de batalla improvisado. Piedras caían, los ecos de sus pasos y golpes creaban una sinfonía macabra. Linna intentaba cubrir a Kael, gritando órdenes, mientras esquivaban ataques y trampas que Naru parecía activar en su camino.

Pero antes de que pudieran alcanzar la salida, un brillo agudo rasgó la oscuridad. Kael sintió un roce punzante en el costado. El aliento se le cortó y la vista se le nubló por un instante.

—¡Kael! —la voz de Linna estaba al borde del llanto.

Con un esfuerzo titánico, Kael logró girarse y ver cómo Naru, con los ojos brillando como duelos, le apuntaba con la daga.

«¿Por qué?»

La pregunta era un grito callado en su alma.

—No tienes elección —dijo Naru mientras su expresión se endurecía—. La verdad no basta para cambiar nada. El poder está en manos de los que están dispuestos a destruir. Así que gracias por ser lo suficientemente valiente para ser mi enemigo.

Un sonido sordo, un destello que cegó por un segundo.

Kael cayó de rodillas, el cristal resbalando de su mano para chocar contra la piedra con un tintineo doloroso.

Y en ese momento, cuando la oscuridad empezaba a envolverlo, su último pensamiento fue un susurro arrastrado por la brisa nocturna:

«¿Quién... ha vendido... mi secreto?»

Una sombra se desplazó entre los árboles que rodeaban el templo. Una figura encapuchada observaba, con una sonrisa apenas perceptible.

Un mensaje había sido enviado. Un plan, ejecutado.

Y el traidor ya no estaba oculto.

FIN DEL CAPÍTULO 12