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Chapter 11

El Camino del Dragón

**Capítulo 11 El Camino del Dragón**

El silencio no llegó de golpe, sino que se arrastró como una nube oscura entre las ruinas destrozadas, como si el propio mundo contuviera la respiración. Kael permaneció inmóvil, con las manos crispadas y el pulso retumbando aún en sus oídos, mientras la sombra amenazante de Xianhua se desvanecía en el corredor destartalado donde se habían enfrentado. El hálito frío de la incertidumbre se colaba entre las grietas del templo, sumergiéndolo en una neblina eléctrica que le rozaba la nuca.

Con pasos vacilantes, Kael se desplazó hasta el centro de la cámara, donde la luz quebrada del crepúsculo colándose entre las losas fracturadas iluminaba un pedestal cubierto de inscripciones ancestrales. Sus dedos, temblorosos pero decididos, acariciaron las grietas de la piedra. Allí, ocultos bajo el polvo y la sombra, estaban los textos: fragmentos de la lengua antigua, grabados con tinta y aguja por manos que parecían querer inmortalizar un secreto definitivo.

—El Dragón... —murmuró Kael con voz ronca, como si pronunciar la palabra le quemara la garganta.

Por primera vez, el peso de su propósito no era una carga abstracta; era una llama palpitante que rozaba su piel y le atravesaba el alma. Desbloquear el poder oculto de ese dragón era más que una meta: era la diferencia entre la vida y la muerte de su clan, entre la justicia y la tiranía. Pero, al mismo tiempo, sentía la amenaza latente que Xianhua le había insinuado, como un cuchillo escondido bajo la capa del conocimiento.

Kael desempolvó un pergamino quebradizo y lo desplegó con cuidado. Las palabras danzaban en curvas elegantes, casi vivas, y el aroma a papel viejo mezclado con la humedad de las piedras le hizo entrecerrar los ojos. Concentrarse no era solo una cuestión mental; era un acto físico. Cada latido suyo vibraba en ecos sincronizados con aquella inscripción.

—"Para despertar al Dragón de Éter," leyó en un susurro, "el discípulo debe recorrer el Camino de los Siete Sellos. Siete pruebas que transgreden carne y espíritu. Siete flamas que purifican de la codicia y la duda."

Pese a lo antiguo y críptico del lenguaje, Kael sintió cómo esa frase latía con un significado más profundo que cualquier otra cosa que hubiera leído o escuchado. Allí, en esas palabras, estaba la senda que le había eludido durante tanto tiempo. El Dragón no era solo un poder dormido, sino una entidad que demandaba sacrificio, ritual y una voluntad forjada en el fuego del dolor.

El temblor en sus manos aumentó, mezclando excitación con terror. Las líneas siguientes describían.

“No hay retorno. Cada sello se abre con un precio: memoria, sangre, confianza, dolor, miedo, amor y finalmente, sacrificio.”

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Kael. La sombra del precio que pagaría se tornaba palpable y helada bajo aquella luz mortecina. Algo dentro de él se estremeció, como si una parte profunda y olvidada de su alma protestase contra aquel destino.

De repente, un ruido sordo resonó en el pasillo a lo lejos, quebrando la calma. Kael se estremeció y recogió rápidamente los pergaminos, arrojándolos dentro de su capa. El eco de pasos apresurados se acercaba. El guerrero se ocultó tras una columna rota, el corazón martillando en su pecho.

Una figura surgió de la penumbra, una silueta esbelta, envuelta en sombras pero con un porte que no podía confundirse. No era Xianhua, pero posiblemente alguien de su séquito o un espía del ciclo imperial. Kael contuvo el aliento, dispuesto a atacar si era necesario.

—¿Kael Ren? —la voz surgió baja, cargada de incertidumbre, pero sin odio ni amenaza.

Kael parpadeó. La tensión en su cuerpo no cedió, pero la intriga se mezcló con un resquicio de esperanza—.

—¿Quién eres? —su voz salió seca, temblorosa, pero firme.

La figura avanzó con cautela, revelando un rostro joven, atado por mechones de cabello oscuro salpicado de plata —como el brillo del éter—, pero con ojos que desprendían un fulgor familiar, casi fraternal.

—Me llamo Lien, vengo de un lugar que creí abandonado para siempre. He leído los mismos textos que tú, y sé que buscas el Dragón de Éter. Pero no es un camino que debas recorrer solo.

Un centello eléctrico cortó el aire. La posibilidad de alianza, durante años deseada y temida, se hacía tangible. Sin embargo, a cada segundo, el corazón de Kael se ahogaba en dudas: ¿Podría confiar siquiera en este desconocido? ¿No era eso lo que le había costado su clan y su honor?

Lien dio un paso adelante, y sus dedos sacaron del bolsillo un pequeño objeto, reluciendo con una luz azul pálida.

—Esto es un fragmento del cristal del alma, la llave para abrir el primer sello. Pero solo tendrá efecto si el portador está dispuesto a pagar el precio.

Kael sintió el frío del cristal contra la palma y, con él, la amenaza sombría que acechaba tras cada paso hacia la inmortalidad.

—¿Qué precio? —susurró Kael, la voz casi quebrándose.

Lien bajó la mirada, y el brillo de sus ojos se tornó grave.

—Lo que más temes perder. Lo que más amas. El Dragón no regala nada sin cobrar su tributo.

Un golpe seco resonó tras ellos, y ambas figuras se giraron al unísono, piel de gallina y respiraciones contenidas. Una sombra cruzó la entrada, con un inmenso halo de poder que oscurecía los límites.

Xianhua Liu. Su mirada era una daga afilada clavada en sus almas.

—¿Preparados para el verdadero juicio? —preguntó el tirano con una sonrisa cruel que desafiaba la esperanza.

Kael apretó el cristal, sintiendo el calor helado invadir su sangre. Debía decidir.

¿Vale la pena pagar el precio?

La pregunta ardía entre las ruinas del templo, enredada con el destino del Dragón.

FIN DEL CAPÍTULO 11