NoveliqaEcos en la Niebla: La Verdad Olvidada / Juegos de Sombras :0%
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Chapter 9

Juegos de Sombras

Capítulo 9 Juegos de Sombras

La puerta crujió al abrirse como una herida abierta en el silencio denso de aquella habitación mal iluminada. La figura que apareció en el umbral no era colega ni amigo, sino una amenaza disfrazada de calma implacable. Lucía sintió un escalofrío que le serpenteó por la espina dorsal.

—No esperaba que llegaras tan rápido —musitó la voz detrás de la puerta, áspera como un filo oxidado, que resonó en las paredes agrietadas—. Ni que vinieras acompañada.

El hombre, alto, de rostro anguloso, ojos tan oscuros que parecían absorber la poca luz, se abalanzó dentro sin invitación, cerrando violentamente la puerta tras de sí. El golpe resonó, retumbando en el pecho de Lucía, como un tambor de guerra.

—No hagas movimientos bruscos —ordenó, clavando la mirada en ella, perforándola con la mezcla de amenaza y reconocimiento que le heló las entrañas.

Su acompañante, un hombre corpulento y de mirada astuta que se movía como una sombra al lado de Lucía, dio un paso adelante y colocó una mano firme sobre el hombro de ella, un gesto urgente y protector. Pero Lucía apenas podía controlar el sudor frío que le empapaba la nuca; cada músculo estaba tensado, preparándose para cualquier chispa de violencia que pudiera estallar.

—¿Quién es este? —preguntó el recién llegado, su voz bajó en un susurro venenoso—. ¿Un aliado? ¿O otro problema que viene a enredar la madeja?

—Estoy aquí por respuestas —respondió Lucía con voz firme, más de lo que ella misma creía posible. La duda y el miedo seguían en su pecho, pero el fuego de la determinación empezaba a iluminar el camino oscuro que tenía por delante.

El hombre rió, un sonido seco e incómodo que reverberó entre las paredes desnudas.

—Respuestas —repitió, como si la palabra le resultara amarga—. Siempre hay respuestas… y mentiras. Por suerte para ti, yo sé dónde buscar ambos.

Sacó de su chaqueta una pequeña memoria USB, brillante y negra como un trozo de obsidiana, y la lanzó sobre la mesa con un choque metálico. Lucía la miró fijamente. La tinta invisible de la verdad parecía estar contenida en ese objeto diminuto.

—Esto es sólo el principio. —El hombre inclinó la cabeza y su risa se convirtió en una sombra, un eco de amenaza prohibida—. Pero si quieres jugar, tendrás que aprender las reglas. Porque en esta ciudad, la niebla no sólo cubre las calles… también oculta los secretos más peligrosos.

Las paredes parecían cerrarse, la luz de la lámpara pendía con un leve temblor. Lucía sintió cómo el aire se volvía más denso, como si la propia atmósfera conspirara para enterrar las verdades que buscaba.

—¿Cómo sabes todo esto? —preguntó, la voz un hilo quebradizo, aunque ya sin retroceder.

—Digamos que algunos tienen amigos en todas partes —respondió él—. Especialmente en quienes prefieren que todo siga oscuro.

Lucía asintió, consciente de que el camino que se abría ante ella no tenía retorno. Tomó la memoria. Ese pequeño objeto contenía más que datos: era un ticket a su pasado enterrado, la pieza final del rompecabezas que le devuelva una identidad que se desvanecía entre fragmentos.

Cuando conectó la memoria a su portátil, el equipo cobraba vida con un murmullo ansioso. Lucía sintió cómo el corazón le latía en la garganta, cada segundo dibujaba una línea entre la esperanza y el abismo.

La pantalla chisporroteó y pronto apareció una carpeta oscura, sin nombre, escondida entre archivos comunes. Pulsó. La primera carpeta se titulaba: ¿“Proyecto Eva”?

Un archivo de video. Lo abrió sin dudar.

La imagen titubeó antes de estabilizarse. Una cámara oculta capturaba una reunión clandestina en un sótano mal ventilado. Voces susurrantes, apenas inteligibles, y luego una voz firme, masculina, autoritaria.

—Lucía Herrera… ese nombre no es solo una amenaza para nosotros. Es la clave de algo mucho más grande. Si la dejamos crecer, todo el sistema caerá conmigo —la voz traspasó la pantalla y golpeó el pecho de Lucía como un martillazo—.

—¿Qué sabemos de ella hasta ahora? —preguntó otra voz más baja, cargada de desconfianza.

—Es más peligrosa de lo que parecía. Se mueve entre ellos, invisible, pero siendo observada. Es el eslabón que puede desencadenar la cadena. Por eso debe desaparecer —el tono hizo que la piel de Lucía se erizara—.

En la oscuridad detrás de los hombres, un mapa lleno de símbolos y números. En el centro, marcado con tinta roja, un símbolo que Lucía apenas reconoció, el mismo que había soñado en destellos confusos.

La grabación continuaba. Se mencionaban fechas, nombres, lugares, y, para colmo, la voz habló de un “Operativo Ocaso”—una conspiración de alto nivel, cuidadosamente orquestada, que incluía a figuras poderosas e irreprochables, y cuyo epicentro era Lucía.

Un escalofrío recorrió su espalda. El mundo alrededor parecía disolverse en un caos aún mayor de lo que sospechaba.

—No hay marcha atrás —susurró—. Ahora todos saben que estoy aquí.

La pantalla se apagó súbitamente, sumergiéndola en la penumbra húmeda del sótano. Lucía levantó la vista y vio, a pocos pasos, aquella figura oscura que la observaba con una mezcla de respeto y temor.

—Esto apenas comienza —dijo él—. Y si quieres sobrevivir, tendrás que entender los juegos de sombras.

Un golpe resonó arriba, arrastrando a Lucía y su acompañante de nuevo al presente. La niebla se filtraba por la ventana rota, como una marea invisible que prometía que los secretos no están nunca realmente enterrados.

Entonces, el teléfono vibró en el bolsillo de Lucía, un mensaje entrante que heló la sangre en sus venas con una sola línea:

“¿Crees que estás sola? La verdad te atrapará. Y ella nunca perdona.”

Lucía apretó los dientes, el eco de la amenaza aún resonando. Levantó la vista hacia la puerta. Las sombras danzaban al ritmo de su respiración.

El juego apenas comenzaba.