NoveliqaEcos en la Niebla: La Verdad Olvidada / Ecos del Pasado :0%
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Chapter 7

Ecos del Pasado

Capítulo 7: Ecos del Pasado

El silencio que siguió a la voz de Adrián desangró el aire en la habitación como una herida abierta. Lucía sintió cómo un frío brutal le reptaba por la nuca, mientras el eco de esas palabras se deshacía lentamente, dejando tras de sí un vacío más pesado que la niebla que cubría la ciudad.

Su pecho subía y bajaba con una agitación que no quería controlar. Un escalofrío gélido le mordía la piel, y a sus dedos, temblorosos, les costaba encontrar apoyo en la mesa al frente. La escena parecía doblar el tiempo, alargando cada segundo con la densidad de un plomo cargado de sombras.

“Adrián...” La sola idea de ese nombre teñía su mente de un carmesí oscuro, como si encendiera fuegos que no debían prenderse.

Pero algo más, más profundo, empezaba a despertar, a filtrarse desde las grietas de su memoria dormida.

En ese preciso instante, un destello: una imagen fugaz en su mente. Una mujer en un pasillo angosto y sucio, sus zapatos despellejados resonando contra el suelo de cemento agrietado. Una puerta entornada por donde escapaban susurros quebrados y pieles al borde del miedo.

Lucía parpadeó con fuerza, tratando de atrapar ese fragmento antes de que se disolviera en la niebla que tenía alojada en el cerebro.

Pero la presencia de Adrián dominaba el espacio, como un rey en su trono de hielo. No preguntó, no clutchó su voluntad con palabras agresivas ni amenazas explícitas. Su voz, al contrario, fue venenosa, cargada de una tranquilidad homicida.

—No tienes idea de lo que has escondido en tu memoria —dijo, sus ojos clavándose en ella como agujas—. Ese pasado es una bomba que puede destruirlo todo.

La luz de la lámpara parpadeó, proyectando sombras caprichosas contra las paredes. Lucía tragó un nudo seco. Ese hombre no solo era la clave de su pasado, sino también la oscuridad que amenazaba con engullirla si no descifraba sus propios ecos.

<<¿Qué demonios ocultaba?>>, insistió su mente, atormentada.

*

En el instante posterior, cuando todo parecía estallar, Lucía salió tambaleándose hacia la calle, dejando atrás la opresión de aquella habitación asfixiante. La niebla la envolvía como un abrazo frío, la ciudad parecía un monstruo inasible, hilando secretos entre callejones mojados y luces mortecinas.

Cada aliento era un combate contra un eco que la perseguía, imágenes que ya no sabía si eran verdad o mentira.

Un aroma a tierra mojada y asfalto recién lavado le erizó la piel. Caminó sin rumbo seguro, hasta que sus pasos la llevaron a un banco solitario en la plaza que el tiempo parecía haber olvidado.

El mundo se volvió distante, como si la realidad misma se diluyera bajo sus pies.

Y entonces, el recuerdo la golpeó de repente, brutal e inmisericorde.

Vio una cara: la suya, pero joven, demasiado joven. Mirada perdida, desesperada, enrojecida por lágrimas.

Un niño pequeño, al borde de un llanto silencioso, aferrado a una muñeca rota.

La voz de una mujer, lejana, insistente, casi fantasmagórica: “No olvides quién eres, Lucía. No permitas que la oscuridad borre tu luz”.

Con los ojos cerrados, Lucía sintió que su propio corazón se rompía en mil pedazos, esparcidos por ese recuerdo sellado.

Su mano tembló al rozar el bolsillo. Allí, contra la tela, un papel doblado, arrugado y manchado. Lo sacó con cuidado.

Un nombre estaba escrito: “Isabel”.

Y de repente, una tormenta de imágenes la atropelló: un incendio, gritos ahogados, un secreto susurrado bajo amenazas, un disparo en la noche.

No podía respirar.

*

Al caer la noche, la cama se volvió prisión y santuario a la vez.

Lucía cayó rendida entre sábanas frías, pero el sueño no la liberó.

Fue entonces cuando el sueño la visitó —ese mismo que la había perseguido por noches desde su amnesia—.

Ella estaba en un corredor oscuro, interminable, un túnel sin fin cuyos muros exudaban humedad y soledad. Hileras de puertas a ambos lados, cerradas con llave.

Al fondo, una luz tenue.

Pies descalzos, sus pasos resonaban sordos, y la ansiedad crecía con cada latido, apretando su pecho como un puño invisible.

De pronto, una puerta se abrió frente a ella. Susurró su nombre.

Lucía tuvo que decidir: entrar o huir.

Un huracán invisible le azotó la piel; el miedo paralizaba sus músculos, pero la voz, dulce y desesperada, le ordenaba avanzar.

Sus dedos se posaron sobre el frío metal del picaporte.

Entonces, un golpe seco resonó detrás de ella.

El corazón quedó suspendido en el aire.

Un suspiro, una sombra que se arrastraba.

Lucía, con la respiración rasgada, giró la cabeza lentamente.

—

La puerta frente a ella se abrió, dejando escapar un torrente de oscuridad.

Un paso delante del otro, Lucía dio un último profundo aliento.

El destino la aguardaba detrás de esa puerta.

Y la niebla afuera, implacable, engullía silenciosa la verdad.

Quedó detenida en el borde, con la mano aún temblando, sin saber si elegir enfrentarse a la sombra o dejar que la devorara para siempre.

Entonces, un ruido seco —como un disparo sin arma— quebró el silencio.

El sueño se disolvió.

Pero la pregunta quedó ahí, tallada en la oscuridad:

¿Abriría la puerta o volvería a la oscuridad?

—

El eco del pasado la había encontrado.

Y Lucía sabía que no podía escapar.

La noche apenas comenzaba.