Chapter 16
Capítulo 16: Atada al Pasado
El silencio aplastante llenó la habitación en la que Lucía permanecía atrapada, sin el amparo del documento que tan precariamente había sostenido en sus manos apenas minutos antes. Su pecho se tensaba con un nudo que ya no le permitía tomar aire con normalidad; las palabras, la información que contenía aquel papel, se desvanecieron como el humo negro que la niebla arrastraba en la calle.
Sus dedos temblaban, buscando inútilmente alguna señal, alguna letra, una huella que la guiara. Pero nada. Solo vacío. La mentira más cruel: nada quedaba, excepto la certeza obtenida por un segundo fugaz de que algo, una pieza esencial, había desaparecido.
—¿Quién...? —susurró, y la pregunta se perdió en el aire cargado.
Se levantó de un salto, el corazón golpeándole como un tambor salvaje. Detrás de esos muros, la ciudad respiraba su habitual neblina gris y espesa, colándose por la rendija de la ventana con un frío cortante.
La niebla era un manto que lo ocultaba todo. Su aliento se mezclaba con el aire helado, sus pasos resonaban en el suelo de madera gastado. Lucía sintió las paredes cerrar, acusándola de imaginar traiciones que ni siquiera sabía nombrar todavía.
Sintió una presencia, como un aliento cargado y pesado, algo que la observaba sin mostrarse. Su piel se erizó.
El eco de sus pensamientos fue interrumpido por un sonido sutil: un clic seco. El leve roce de metal contra el marco de la puerta. Unos ojos astutos, entrecerrados en la penumbra, la estudiaban desde el umbral.
Lucía se giró al instante. Allí estaba él.
—No esperaba que fueras tan rápida —dijo Adrián Velasco con esa sonrisa ladina que le congelaba la sangre.
Sus palabras eran flechas envenenadas, cada sílaba una cadena que la arrastraba sin remedio hacia el abismo de su propio pasado.
—¿Qué hiciste? —Lucía preguntó con voz temblorosa, apenas contenida. —El papel... desapareció.
—¿Creíste que lo dejaría a tu alcance? —replicó Adrián como si no le preocupara lo más mínimo arruinar esa frágil batalla. Dio un paso al frente, y la oscuridad pareció ganar un nuevo volumen en la habitación.
Lucía retrocedió hasta chocar con la pared. Su corazón lanzó un grito que ninguna palabra podía expresar. La verdad latía detrás de sus párpados entreabiertos, un recuerdo borroso, una sombra de ella misma que se negaba a revelarse.
Adrián se quedó frente a ella, imponente y frío, una estatua viviente que sabía más de ella que ella misma.
—Eres más que una simple víctima en este juego, Lucía. —Su voz bajó un tono, cargada de un misterio que abría heridas nuevas—. Hay partes de ti que ya conocen el costo de la traición... y no fueron inocentes.
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras una imagen desgarradora emergía en algún lugar profundo: ella, manipulando, eligiendo, decidiendo...
—No entiendes —protestó Lucía, aunque su tono sonaba frágil—. Yo nunca...
—¿Nunca? —Adrián la interrumpió con una sonrisa amarga—. La verdad es que la oscuridad que buscas afuera, está incrustada en ti, latiendo en todas esas piezas de tu memoria que perdías a propósito.
Se acercó un poco más, con un movimiento lento, medido. La niebla de la ciudad parecía filtrarse en sus palabras como un veneno invisible.
—¿Por qué huyes de ti misma? —inquirió—. ¿Por qué temer a la verdad si es parte de quien eres?
Lucía sintió que las lágrimas amenazaban con desbordarse; su mente era un remolino encendido. ¿Acaso ella misma había sido cómplice de la conspiración? ¿O solo la última pieza que alguien cayó para protegerse?
En ese instante un ruido seco detrás de Adrián —un leve crujido— la distrajo por un instante.
Fue suficiente para que, con una fuerza que no sabía que albergaba, empujara a Adrián contra la pared, arrinconándolo a él esta vez.
—Dime —exigió, la rabia trémula en su voz—. ¿Fui parte de todo esto? ¿La pieza oscura dentro de esta historia infernal?
Él la miró, esa sonrisa ensombrecida, llena de secretos, curvándose en sus labios.
—Eso depende. —Su voz se volvió un susurro helado—. ¿Prefieres ser la víctima o la cómplice, Lucía?
El eco de esa pregunta la dejó suspendida, la habitación girando a su alrededor. Una respuesta que no sabía si quería hallar estaba pegada a la punta de su lengua, pero mientras miraba a Adrián, supo que la realidad que esperaba no sería un alivio.
Algo en ella había cambiado para siempre.
Su propia identidad se había convertido en la mayor conspiración.
Un golpe en la puerta rompió el silencio. Una sombra se perfiló en el umbral.
Lucía aguantó el aliento.
¿Era ayuda?
¿O la confirmación de que estaba atrapada en la red que ella misma estaba intentando desenmarañar?
La niebla, como el tiempo sin memoria, la envolvió de nuevo.
Y en el alma, la duda: ¿Quién era? ¿Heroína, villana... o ambas?
El golpe resonó una vez más, inesperado. La respuesta estaba al otro lado. Pero Lucía aún temía descubrir si su verdad era un veneno o la llave para liberarse.
El cuarto quedó en silencio.
Un silencio que gritaba.
¿Fue acaso una víctima o cómplice de lo que intentaba descubrir?
La niebla no lo diría. Al menos, no todavía.