NoveliqaEcos en la Niebla: La Verdad Olvidada / Doble Juego :0%
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Chapter 14

Doble Juego

Capítulo 14 Doble Juego

El frío de la madrugada caló hasta los huesos de Lucía. La niebla no era solo un manto gris que cubría la ciudad; era un muro impenetrable que parecía absorber su aliento, su voluntad. A duras penas sentía sus manos, temblorosas, aún apretando con fuerza aquella promesa amarga. «Muéstrame qué oscuridad me espera», había dicho. Y en el silencio que siguió, solo hubo ecos fantasmales.

Sus pasos eran erráticos, arrastrados, mezclándose con el llanto lejano de un perro o el murmullo sordo de los autos. No sabía a dónde ir, pero cada calle que la pegaba un poco más contra la niebla parecían bocanadas de un recuerdo que se le escapaba entre los dedos, como humo. Una parte de ella gritaba por su pasado, otra rezaba para no perder el presente. Y, sin embargo, la ciudad no perdona.

Cerca, el tintineo metálico de una motocicleta rompió la quietud. Lucía se detuvo, el corazón disparado. Entre la niebla, una silueta emergió, torpe pero reconocible en la penumbra: era Pablo, su amigo y confidente más cercano. Su rostro estaba ensombrecido y sus ojos, cargados de un brillo frío que no recordaba haber visto antes.

—¿Lucía? —su voz sonó demasiado neutra, casi ensayada, como si ensayara ocultar una verdad amarga.

Ella apretó los labios.

—¿Sabes qué es lo que me duele más? —dijo Pablo, sin esperar respuesta—. Que estás aquí, sola, caminando entre fantasmas, mientras ya dejaron de buscarte.

Lucía frunció el ceño. El eco de la insinuación mordía más fuerte que cualquier puñalada física.

—¿Qué intentas decir?

Pablo dio un paso adelante, la distancia entre ellos se convirtió en un abismo imposible de cruzar sin exponerse.

—Que no todo lo que crees es verdad. Que algunos, los más cercanos, tienen intereses propios. Y tú eres solo una ficha en un juego más grande.

La sangre se le congeló en las venas, pero Lucía fingió indiferencia, aunque el estómago le daba vueltas.

—¿Estás hablando de Adrián? —la palabra hizo que su voz temblara, sin querer demostrarlo.

Pablo torció una sonrisa amarga, como quien revela un secreto pesado de contener.

—Adrián controla mucho más de lo que imaginas. Pero no solo él. Aquí, en tu círculo, hay alguien que juega para él. Alguien que te sigue y acompaña no para protegerte, sino para vigilarte.

Lucía sintió que el mundo se partía bajo sus pies. La niebla parecía volverse ahora un laberinto sin salida dentro de su mente.

—¿Quién? —su voz era apenas un susurro, casi una súplica.

Pablo levantó la mano, como si buscara detener cualquier esperanza que pudiera germinar.

—No puedo decírtelo. No todavía. Pero debes darte cuenta, Lucía: cuando los verdaderos enemigos están dentro, no hay memoria que pueda salvarte ni verdad que te haga libre.

El pulso de Lucía resonaba en sus oídos. Cerró los ojos un instante, dejando que el frío la atravesara, buscando dentro de sí esa chispa que la había mantenido viva hasta ahora.

Entonces alguien apareció en uno de los callejones adyacentes, sus pasos quedos pero calculados. Lucía giró instintivamente, los sentidos agudizados. La figura emergió con la furtividad de un depredador.

—No confíes en nadie —murmuró el recién llegado, con voz hueca y cargada de amenaza—. Especialmente en quienes sonríen demasiado cuando nadie mira.

Pablo retrocedió, debilitado por la sorpresa y el miedo velado en sus ojos.

—Tenemos que irnos. Ahora.

Lucía lo miró fijamente. La niebla parecía girar a su alrededor, entrelazándola entre sombras vivas y traiciones calladas. Un camarada, un enemigo. Todo en un mismo aliento. Toda una vida, desgarrada en piezas.

—¿Quién eres tú? —exigió con firmeza, en guardia.

La figura se detuvo, quitando la capucha, desvelando un rostro conocido. Martha, la mujer que Lucía había considerado un ángel guardián escondido en su despacho, la que siempre apoyaba con un consejo amable y silencioso. Ahora, su rostro parecía una máscara quebrada.

—Para algunos, soy la peor pesadilla —susurró con veneno—. Para otros, una aliada indispensable. Pero nunca seré lo que tú crees.

Lucía tragó saliva, el calor de la traición carcomiéndole la garganta.

—¿Por qué?

Martha dio un paso adelante con confianza, como si en su pecho ardiera una verdad que no podía contener más tiempo.

—Porque Adrián tiene un imperio que proteger. Y tú eres una amenaza. No solo para él, sino para todos los que dependen de ese equilibrio. Estoy aquí para asegurar que el equilibrio se mantenga... aunque tenga que destruir lo que más quiero.

El mundo de Lucía se desplomaba. La niebla se espesaba, engullendo cada certeza, cada latido tranquilo. Su propia sombra, su propio círculo, ahora se le presentaba como una red venenosa.

Había confiado en ellos. Había dado fragmentos de sí misma sin saber que ya la habían vendido.

Martha extendió la mano, una sonrisa fría curvando sus labios.

—No queda tiempo para dudar. O estás conmigo, o estás contra nosotros.

Lucía dio un paso atrás, el corazón retumbando en la sien, sintiendo cómo las piezas de su vida se desmoronaban en un instante.

Entonces, una ráfaga helada barrió la calle, haciendo que la niebla quisiera tragársela viva. Y justo en ese momento sonó un mensaje en su móvil.

La pantalla iluminó su rostro pálido: "NO CONFÍES EN PABLO."

Lucía apretó los dientes, mientras la desesperación se colaba por cada poro.

El doble juego acababa de empezar. Y la única opción era sobrevivir.

—¿Qué juego quieres jugar, Martha? —susurró, con la voz quebrada pero desafiante.

Martha la miró como quien contempla a un adversario digno.

—El que decide quién vive... y quién desaparece en la niebla.

Lucía dio un paso atrás, la niebla cerrándose a su alrededor, fraguando la trampa perfecta.

Sabía una cosa: la verdad no solo era oscura. Era un laberinto de sombras donde todo lo que creía seguro podía volverse su peor enemigo.

Y alguien en su círculo más cercano la había traicionado desde el principio.

La niebla susurraba. Lucía escuchaba.

Y se preparaba para agudizar sus garras en la oscuridad.

—Empieza el juego —murmuró con los dientes apretados—. Y nadie saldrá ileso.

Un movimiento fugaz en la oscuridad llamó su atención.

Entre ellos, la traición se movía, siempre silenciosa, siempre acechante.

Lucía sintió un escalofrío recorrer su espalda. No solo el mundo a su alrededor se desmoronaba.

Su alma también estaba en peligro.