NoveliqaEcos en la Niebla: La Verdad Olvidada / El Laberinto de la Mente :0%
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Chapter 10

El Laberinto de la Mente

Capítulo 10 El Laberinto de la Mente

El frío se le había instalado en los huesos. La amenaza bajó como un veneno sutil, deslizado en el aire denso de la habitación. Lucía permaneció inmóvil, la nuca erizada, los párpados temblando como mariposas atrapadas. La puerta seguía cerrada, pero el eco espectral de aquellas palabras reverberaba con un peso brutal: “¿Crees que estás sola? La verdad te atrapará. Y ella nunca perdona.”

La niebla se colaba al filo de la ventana, filtrando una luz mortecina y sin vida. Los dedos de Lucía se cerraron en un puño tembloroso, sus uñas clavándose en la palma como buscando sostenerse a sí misma. No estaba sola... pero la soledad apretaba su garganta con un puño invisible. Una mezcla de miedo y determinación encendió una llama en sus ojos. Tenía que buscar respuestas. Tenía que adentrarse en ese laberinto... su propia mente.

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La noche cayó con silenciosa puntualidad. Lucía se sentó en el sillón desvencijado de la clínica clandestina que Daniel le había recomendado. Las paredes, cubiertas de pósters con diagramas neuronales y frases de Freud, parecían observarla con un juicio frío. Frente a ella, la terapeuta, una mujer de mirada intensa y sin concesiones, encendió un aparato pequeño y rectangular.

—Vamos a empezar —dijo con voz firme, sin titubear—. No prometo milagros, pero podemos abrir esas puertas cerradas, aunque los demonios que encuentres dentro no sean amables.

Lucía asintió, mordiéndose el labio. El crujido del aparato al activarse fue como un disparo al silencio. Esa noche usaron hipnosis, sugestión guiada y técnicas sensoriales para penetrar en los recovecos oscuros de su memoria.

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Sus ojos se cerraron, y el mundo se disolvió.

La respiración se hizo más profunda, el latido del corazón retumbaba en sus oídos. A través de un túnel oscuro, una sucesión de imágenes horrísonas, fragmentos de recuerdos desordenados, comenzó a nacer en la niebla de su cerebro.

Primero, olores. Un perfume a flores marchitas, casi podridas, mezclado con el sabor metálico de la sangre fresca. Después, una voz lejana y distorsionada, susurrando su nombre con una mezcla de cariño y amenaza.

Un cuarto blanco, inamovible. De repente, la textura en su piel cambió: el frío cortante de una habitación desconocida, las paredes resbalosas de humedad. Un grito ahogado se ahogó en su garganta, una figura borrosa avanzó hacia ella, y antes de que pudiera reaccionar, un golpe seco la hizo caer.

El estómago se torció contra sí mismo, el sudor le escurría por la espalda mientras el terror se apoderaba de cada centímetro de su cuerpo. Su mente quería huir, pero las imágenes se intensificaban, fragmentos fugaces que no encajaban pero ardían en su piel con la fuerza de un incendio.

—Lucía, respira. Si te desesperas, todo se romperá —la voz serena de la terapeuta fue un ancla en el mar tormentoso—. Sigue conmigo, navega la tormenta, no la evites.

Lentamente, con cada palabra, la marea emocional decrecía, pero en ese mar turbulento emergió algo peor: un símbolo. Casi grabado en un rincón prohibido de su mente.

Un círculo incompleto, frágil a simple vista, pero detenido en su perfección inquietante. Como si esa forma hubiera crecido y permeado entre sus pensamientos durante años, como una semilla oscura hacia afuera que la atrapaba sin misericordia.

Lucía abrió los ojos de repente, jadeando. La figura estaba allí, en la penumbra de su mente; estaba amenazando con salir, con revelar un secreto que no comprendía pero que de solo verlo le clavaba un frío eléctrico en la piel.

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La terapeuta observó ese cambio en su expresión.

—¿Lo viste? —preguntó, suave—. ¿Qué sentiste?

Lucía negó con la cabeza, incapaz de explicar la mezcla extraña de horror y fascinación que la atenazaba.

—No sé qué es... ni quiero saberlo —murmuró, sus manos temblando al acariciar el símbolo invisible en su frente.

Pero sabía, en lo profundo, que esa señal era una llave, o quizá una prisión.

Un laberinto más oscuro que la niebla misma se había abierto dentro suyo. Y no había salida clara a la vista.

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Horas más tarde, con la madrugada filtrándose temblorosa por los cristales, Lucía salió de la clínica. Las calles le parecían más estrechas, más opresivas. Las farolas derramaban charcos de luz anaranjada, que la niebla devoraba sin piedad.

Cada paso hacía resonar sus dudas en un eco constante. ¿Quién era ella? ¿Qué secreto la condenaba a olvidar y a temer? Y sobre todo... ¿por qué ese símbolo la llamaba desde lo más hondo de su ser?

Una sombra se deslizó tras ella entre los callejones. Lucía no se detuvo. Sus pupilas, dilatadas, buscaban cualquier señal, cualquier recuerdo que pudiera desentrañar ese nudo oscuro de su mente. Pero era inútil.

El laberinto recién comenzaba a retorcerse a su alrededor. Y en esa espiral, la verdad tenía sus propias reglas. Nunca perdonaba.

El frío le mordía la nuca cuando un viento helado la envolvió, y en ese instante un sonido sutil, casi un suspiro, le rozó el oído.

“Estás más cerca de lo que crees...”

Lucía giró de golpe, sus ojos buscando en la sombra a quien se atreviera a susurrarle desde el abismo. Pero la niebla ya había engullido todo rastro.

Solo quedaba su corazón, palpitando con una mezcla ardiente de miedo y ansia, indiferente al mañana, porque ella no tenía otra opción: debía entrar al laberinto y encontrar la salida antes que la oscuridad lo hiciera por ella.

El símbolo latía, vibrante, dentro de su mente. Y ella estaba atrapada.

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Un crujido seco interrumpió la noche, un paso más atrás, escondido entre la humedad y la desolación de la ciudad atrapada en la niebla.

Lucía no era la única que buscaba respuestas. Y alguien esperaba su siguiente movimiento en ese juego peligroso.

La niebla no perdona, tampoco el pasado olvidado.

Y lo peor estaba por revelarse.