Chapter 8
Capítulo 8 Encuentro con el Eco de Sí Misma
La puerta crujió a medias, deteniéndose como si dudara en revelar lo que ocultaba. Lucía sintió que el corazón se le anudaba, sus dedos temblaban, una corriente helada subía lentamente por su espalda. Apenas podía distinguir la figura que allí asomaba, una sombra más densa que la penumbra que llenaba el corredor.
—¿Quién… eres? —la voz le salió áspera, como si su garganta estuviera revestida de arena.
Nada respondió. Solo el silencio se extendió, pesado, opresivo, como si el aire mismo contuviera el aliento. Lucía dio un paso adelante, y en el instante en que sus ojos rozaron la casi imperceptible figura, un estremecimiento la atravesó. No era un enemigo, no era un extraño: era ella.
Pero no.
La copia la miraba con una mezcla críptica entre reconocimiento y distancia, como si contemplara a alguien conocido y a la vez extraño. Su piel tenía la misma porcelana pálida, su cabello oscuro caía en cascada idéntica sobre los hombros; los ojos, sin embargo, destellaban un brillo distinto, metálico, ajeno.
El ruido metálico de la puerta cerrándose detrás de Lucía la hizo girar un segundo, pero enseguida volvió a fijar su atención en la figura.
—¿Qué… qué eres? —la pregunta surgió entrecortada, una combinación de miedo y fascinación.
La copia no habló. En cambio, extendió la mano y a la altura de la mirada de Lucía apareció una especie de holograma tenue: líneas de código cuántico desplazándose lentamente, formando palabras.
“No somos una. Somos muchas.”
Lucía parpadeó, el corazón atrapado en un vértigo. La frase quedó suspendida, vibrante, tan imposible como real.
—¿Quién… quién eres? —insistió, la voz casi un susurro.
La copia ladeó la cabeza con un pequeño gesto, mitad sonrisa, mitad advertencia. Entonces, habló. Su voz era idéntica a la de Lucía, pero destilaba una calma glacial, una certeza que quemaba por dentro.
—Soy el Eco. Un reflejo, una sombra, la convergencia de todas tus posibilidades. Estoy en ese hueco entre el tiempo y la realidad donde tú no tienes acceso. Donde yo existo.
Lucía retrocedió, atónita, sintiendo cómo la realidad a su alrededor se resquebrajaba de a poco. En aquel espacio cerrado, las paredes parecían respirar, y las luces titilaban con un ritmo errático. Todo olía a ozono y a tiempo oxidado, a circuitos quemados y susurrantes.
—Damián quiere que entiendas que no estás sola —dijo el Eco, dando un paso que no hizo ruido sobre el suelo—. Que hay múltiples Lucías. Múltiples “yo”.
La idea hizo colapsar algo dentro de Lucía. Múltiples versiones de sí misma, variantes atrapadas en infinitos bucles, realidades que se solapaban y entrecruzaban como una tela de araña imposible de deshacer.
—¿Por qué? —preguntó con voz quebrada—. ¿Por qué me muestras esto?
El Eco apretó los labios, como si contuviera un mar de secretos. Por un instante, sus ojos se hicieron opacos, vacíos, pero de pronto recuperó ese brillo metálico que encendía ecos de ironía.
—Para que entiendas que salvar a tu hermano es solo una parte. Que la batalla es contra el tiempo mismo. Que incluso tú eres un fragmento. Que todos somos fragmentos.
Un silencio pesado, denso, cayó entre ambas. Lucía intentaba absorber cada palabra, pero la marea había empezado a desbordarse.
—¿Qué significa todo esto? —dijo, casi sin aliento.
—Que debes dejar que el ciclo se rompa. No solo por él, sino por todos. Por nosotros. Por ti.
La mano del Eco desapareció y con ella, las palabras codificadas se desvanecieron en un destello fugaz. La copia dio un paso atrás, la sombra blanca de su figura comenzó a disolverse, a fragmentarse en partículas que se elevaban como polvo de estrellas.
—No te pierdas en la desesperación de una sola línea temporal —la voz era ahora un eco débil—. En las fisuras, nos encontraremos.
Y entonces, Lucía parpadeó.
Cuando abrió los ojos, estaba sola.
El pasillo era el mismo, pero parecía más frío, más callado. El olor a ozono flotaba todavía en el aire, un rastro invisible en la nuca.
Un último destello apareció frente a ella. Un mensaje, no escrito ni proyectado, sino tallado en la mente.
“No eres única, Lucía. Somos muchas.”
Y el sonido de un clic seco la hizo girar hacia la puerta de hierro que ya se había cerrado tras ella.
Lucía sintió un vértigo que le robó el equilibrio. El eco de su propio nombre retumbó en su cabeza mientras una pregunta urgente le quemaba el alma:
¿Quién era ella realmente?
Y, más importante aún… ¿cuántas Lucías quedaban aún por descubrir?