Chapter 7
Capítulo 7 Primeras Pruebas de Habilidades
El aire en la habitación parecía haberse vuelto más denso, como si aquel susurro oscuro hubiese dejado una cicatriz invisible. Lucía se mantuvo inmóvil, el pulso golpeándole en las sienes con estallidos sordos. La respiración agitada, sentía la piel aún erizada, y un sabor a ceniza quemada en la garganta.
Cada latido del reloj resonaba más alto, como una amenaza que se deslizaba deslizada bajo la superficie del tiempo. La guerra contra ese abismo invisible acababa de empezar, y el único arsenal que le quedaba era aquello que podía sacarse a base de esfuerzo y riesgo: sus nuevas habilidades.
El predio abandonado donde se refugiaba calentaba tenuemente con un sol acostumbrado a ocultarse entre nubes de smog y memoria rota. Sobre la consola improvisada, luces parpadeaban, indicadores cuantificaban fragmentos minúsculos de realidad que Lucía había logrado atrapar. Pequeños destellos holográficos danzaban frente a ella, indecisos, efímeros.
—¿Dónde estás? —murmuró, extendiendo las manos—.
El aire respondió con una vibración sutil, como si reconociera al fin su voz.
Estaba sola, y sin embargo, esa soledad rebosaba de presencias que no podía distinguir. Cada fragmento de tiempo retenido palpitaba con una frecuencia distinta, como latidos fracturados reprimidos entre capas de realidad.
Lucía cerró los ojos. Imaginó que podía moldear esos hilos invisibles, que alrededor suyo se formaba una telaraña eléctrica que caía y se levantaba con sus impulsos. En su mente, la imagen de su hermano atrapado en un bucle sin salida era una daga temblorosa que la impulsaba a avanzar, aunque todo sonase a locura.
—No es solo memoria... —susurró—. Es la verdad fracturada.
La tecnología era la punta del iceberg. Damián Caldera manipulaba algo más profundo: la esencia misma de lo posible.
Con manos temblorosas, tocó la consola, deslizando dedos sobre teclas que no parecían responder a comandos tradicionales, sino a la carga emocional que emergía de ella. Formas etéreas comenzaron a alinearse, concentrándose en una esfera difusa que suspendió en el aire.
Sintió la tensión elevarse, un hormigueo cruel en las palmas. Arriesgaba su cuerpo y su mente, suspendida entre realidades. Pero la esperanza mandaba.
—Vamos, puedo hacerlo —se obligó a repetir, buscando disciplinar la ansiedad que la devoraba por dentro.
De pronto, la esfera comenzó a comprimirse, condensando fragmentos de espacio y tiempo. Era como tener la gravedad de la ciudad en sus manos, la presión palpable de universos a punto de estallar.
Un resplandor azul eléctrico la cegó por un instante y la hizo retroceder sin control hasta caer sobre la fría superficie del suelo metálico. Un sabor metálico inundó su boca, sus pulmones dolían bajo una presión invisible. La realidad parecía temblar.
Su visión se pobló de ecos superpuestos: puntos de luz, voces distorsionadas, y un muro de sombras arremolinándose a su alrededor. No había tiempo para espantarse. Lucía supo en un destello que eso no era un fallo, era un campo de distorsión provocado por su propia manipulación.
Con un esfuerzo sobrehumano, reunió fuerza para levantarse mientras la habitación se contorsionaba a su alrededor. Las paredes se oscurecían, desvaneciendo las líneas rectas, desacomodándose con una lógica ajena.
—No, no puede ser —jadeó—. No así...
De repente, un toque seco y metálico resonó en la consola. Se volvió instantáneamente. Una grieta de luz empezó a fracturar el suelo bajo sus pies, los números en la pantalla calculaban una serie de anomalías imposibles. La esfera, ahora inestable, giraba con una velocidad frenética, amenazando con implosionar.
Un zumbido ensordecedor vibró en sus oídos. Lucía sintió el mundo comprimirse, y luego expandirse en un desagradable tirón. Los cristales de la ventana a su espalda explotaron simultáneamente, proyectando fragmentos hacia el rostro.
Atrapada en la turbulencia, las manos de Lucía se tensaron, su cuerpo se volvió una palanca de lucha contra una fuerza invisible que la empujaba hacia la desintegración.
Y justo antes de que todo se disolviera en un vacío inconmensurable, la voz de su hermano —distorsionada, urgente— rasgó la multitud de ecos:
—¡Lucía!
Un hilo de sonido cortó el caos, girando como una daga directa a su mente.
Lucía abrió los ojos jadeando, fría como un cadáver, sosteniendo débilmente la esfera desintegrada entre sus dedos. Un sudor frío le bañaba la frente mientras la habitación volvía lentamente a su forma inicial, como si esos segundos hubiesen sido un espejismo que agonizaba.
—He cruzado la línea —murmuró, con la voz quebrada—. Y el precio será más alto de lo que esperaba.
En ese instante, sin previo aviso, una nueva señal apareció en la consola: una secuencia codificada que sólo podía significar una cosa.
Alguien más estaba manipulando esos fragmentos.
En el cristal del monitor, resonó un nombre en parpadeos ominosos: Caldera.
El tiempo ya no era sólo un enemigo: se había convertido en una trampa mortal.
Un golpe seco en la puerta detrás de ella hizo temblar las paredes y detenía su respiración en un silencio absoluto. Lucía giró lentamente, consciente de que entrar ya no era una opción.
La oscuridad aguardaba, y esta vez estaba tocando sin máscara.
—¿Quién diablos es? —musitó, al borde del colapso—.
La respuesta vino del otro lado, inmediata, lenta, implacable.
—Alguien que está cansado de esperar.
El abrupto silencio posterior era más aterrador que mil gritos.
Y la puerta se comenzó a abrir.