Chapter 5
Capítulo 5 Sombras del Pasado
Las luces de neón parpadeaban como latidos irregulares. Lucía se apoyó contra el frío cristal de la ventana, el pulso todavía aceleradísimo, latiendo contra la sien con fuerza insistente. Afuera, la ciudad parecía beber cada fragmento de su aliento agitado: la mezcla de olores a lluvia y polvo quemado, las sirenas lejanas que cantaban en ecos metálicos, el murmullo constante de la vida atropellada entre rascacielos.
Pero dentro de aquella habitación improvisada, el tiempo se había vuelto un monstruo silencioso. La amenaza velada que acababa de descubrir, las palabras susurradas entre sombras en la voz de aquel informante caído en la desconfianza; la promesa oscura de que alguien más jugaba con las reglas del tiempo, con destinos como piezas efímeras de un tablero que se quebraba.
Lucía cerró los ojos, intentando atrapar en su mente imágenes que se le escapaban. Una chispa cruel, casi dolorosa, iluminó el recuerdo que se multiplicaba detrás de sus párpados: la última vez que vio a Damián Caldera, antes de que el bucle comenzara.
La noche era distinta entonces. No había el eco metálico del presente, sino un silencio saturado, casi sepulcral, en el interior de un bar apenas iluminado, esas vetas de humo que rasgaban la penumbra y los rostros ajenos. Su respiración aún recordaba ese olor rancio a whisky y cuero barato.
—No creo que entiendas de qué hablas —le dijo Damián, susurrando con esa indiferencia arrogante que siempre le irritaba—. Esto no es un juego, Lucía. Ni un experimento para investigadores curiosos. Es la última oportunidad de arreglar lo irreparable.
La voz de Damián tenía un tono febril, como si la desesperación se disfrazase de control absoluto. Pero lo que más helaba la sangre era su mirada: ojos brillando con la oscuridad de quien no teme romper más de un destino para conseguir lo que desea.
Ella, con el ceño fruncido, había replicado algo que sintió sincero, aunque todavía adolecía de ingenuidad.
—¿Y quién te garantiza que tú no eres el causante de todo este desastre? Que no eres tú quien ya ha cruzado esa línea invisible, la que no se puede deshacer sin que el mundo entero se desmorone.
Damián había sonreído entonces, una sonrisa curva y oscura, como la sombra que arrastra a una alimaña en la noche.
—A veces, para reconstruir un castillo, hay que derribar todo el campo de batalla primero. ¿Estás dispuesta a pagar ese precio?
El ruido murmurante del bar se había convertido para Lucía en un clamor sordo que se mezclaba con su propia incertidumbre. No recordaba si había contestado. Porque en ese instante exacto, el mundo se había parpadeado, como si aquel encuentro fuera un destello atemporal perdido ahora entre recuerdos fragmentados.
Un escalofrío la obligó a abrir los ojos. Se apartó del ventanal y caminó hacia el centro de la habitación. La lluvia había empezado afuera, y cada gota golpeaba la ciudad con un ritmo desigual, formando charcos negros que parecían absorber toda luz.
Sacó de su bolsillo el pequeño dispositivo cuántico que había interceptado aquella noche fatídica. Una mezcla aguda de metal frío y líneas de código que prometían revelar una verdad enterrada bajo capas infinitas de tiempo.
Un ruido leve la hizo girar. Ahí, silueteado contra la ventana de un edificio distante, estaba él.
Damián Caldera.
Su figura alta, la espalda recta, la cabeza inclinada apenas un poco, como si estuviera observando una jugada maestra que nadie más podía comprender.
Pero fue la sonrisa la que congeló el aire. Esa curva oscura, cargada de amenaza y desafío.
Lucía sintió el nudo del miedo resurgir, anclado ya en el centro de su pecho.
Una pregunta estalló en su mente dejándola trastabillando.
¿Era solo un espectro del pasado, o ya había vuelto para modificar el presente…?
Antes de que pudiera reaccionar, la silueta desapareció en la penumbra como si se hubiese disuelto en la misma noche. Pero sus ojos quedaron clavados en el último destello de esa sonrisa maldita.
Y el ciclo volvió a girar.