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Chapter 3

El Enemigo Invisible

Capítulo 3 El Enemigo Invisible

Las palabras vibraron en el aire helado, reverberando como un eco distante que se negaba a disiparse. Lucía apretó los dientes, el pulso al borde de un colapso nervioso. Sus ojos azules clavados en la nada, intentando atrapar alguna silueta, algún indicio en la oscuridad de esa calle fragmentada por luces de neón y sombras que parecían palpitar con vida propia.

El silencio que siguió le quemó la piel. Un frío que no solo venía del aire, sino también de las cavernas desconocidas dentro de su propio pecho. El ciclo. El puto maldito ciclo. El tiempo girando sobre sí mismo y dejando sus huesos desnudos a la intemperie.

«¿Lucía?»

La voz era como un látigo y, sin embargo, Crónica, el recuerdo de ese nombre, comenzó a desvanecerse de inmediato, como si estuviera atrapado en una burbuja que se deshacía. No podía permitirse distracciones. No ahora.

Se incorporó de un salto, la mandíbula tensa y las manos temblando con energía contenida. Su respiración se aceleró, formando nubes fugaces que se esfumaban en la fría atmósfera nocturna del distrito 9. Un conglomerado de edificios rotos y neones intermitentes, donde la realidad parecía fracturarse cada dos segundos.

Alguien estaba controlando el bucle.

La idea se clavó en su mente como un alfiler oxidado, y las dudas se deslizaron afiladas por sus venas.

Pero, ¿cómo probarlo?

Los retazos de memoria saltaron en tropel desordenado: el mismo hombre vestido de negro, esa figura que parecía acechar desde los ángulos muertos de su conciencia. Siempre al borde, justo fuera de su alcance. Un espectro inalcanzable.

Lucía se arrastró hasta la entrada del callejón, el eco de sus tacones resonando en la nada mientras sus ojos repasaban cada sombra, cada rastro difuso de vida humana. Entonces, una chispa: un parpadeo. Un destello metálico cerca de un contenedor oxidado.

Se acercó con cautela, cada músculo tenso como un arco a punto de disparar.

—¿Quién anda ahí? —su voz firme, pero con una lacerante punta de incertidumbre—. Muéstrate.

Nada respondió excepto el susurro del viento que se colaba por las grietas del asfalto viejo.

Entonces, el parpadeo volvió, más claro, más cerca. Como un destello en su periferia, justo cuando giraba la cabeza.

Lucía se lanzó hacia allí, empujando con todas sus fuerzas sobre un contenedor derruido. Respiraba con dificultad mientras sus dedos buscaron presas en la superficie rugosa.

—No eres real —susurró, tratando de convencerse a sí misma—. No puede ser.

Pero cuando sus manos rozaron el aire, algo se deslizó entre sus dedos como humo denso. Una figura se desvanecía, envuelta en sombras digitales que parecían romper la luz. Un hombre, un fantasma demasiado humano para ser un error del bucle.

—¡Espera! —gritó, lanzándose tras él, pero la silueta desapareció girando la esquina, de manera imposible.

Lucía frenó en seco, el corazón martillando contra sus costillas, la boca ligeramente abierta, como si respirar fuera un desafío imposiblemente pesado.

Cayó de rodillas en el suelo frío, apretando la mandíbula hasta sentir el fuerte dolor en la mandíbula. Alzó la vista hacia la oscuridad que la había tragado. Veía la ciudad vibrar, fragmentarse en mil capas temporales superpuestas, cada una distorsionando la siguiente.

Entonces, un frío intenso le recorrió la nuca. No era solo la noche.

Era el peso invisible de un observador. Un enemigo que la miraba desde detrás del velo del tiempo, que jugaba con cada segundo y cada recuerdo suyo.

Lucía sabía que no podía huir. Que tenía que enfrentarlo de frente, aunque fuera el enemigo más invisible jamás imaginado.

Pero justo cuando levantó una mano temblorosa para seguir buscando, un golpe seco resonó tras ella.

El sonido, tajante e inesperado, congeló el aire y paralizó su cuerpo.

Un segundo después, un susurro apenas audible se coló entre los ruidos nocturnos:

—No permitiremos que destruyas lo que hemos construido.

Lucía giró desesperada, buscando aquel origen invisible que parecía haberse fundido con la noche. Su pulso desbocado parecía un tambor de guerra en su pecho.

Pero frente a ella solo encontró un callejón vacío, un triángulo de luz que se rompía entre los edificios descompuestos y la lluvia de partículas azules flotando en el aire.

La figura había desaparecido. Como si nunca hubiera existido.

El enemigo invisible estaba más cerca de lo que podía imaginar.

Y el ciclo seguía reiniciándose.