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Chapter 2

Fragmentos de un Recuerdo Perdido

Capítulo 2 Fragmentos de un recuerdo perdido

El sonido seco retumbó en sus tímpanos, arrancándole un parpadeo contenido. Lucía se giró con el corazón desbocado, buscando el origen. Las luces del pasillo se filtraban en franjas irregulares sobre las paredes de hojalata oxidada del edificio, como si el tiempo mismo estuviera grieteándose ante sus ojos.

—¿Quién está ahí? —su voz quebró el silencio, reverberando con un temblor apenas oculto.

Nadie. Solo el eco de sus palabras rebotando entre sombras que parecían estirarse, deformarse, acercándose con un susurro helado, incómodo.

Un olor agrio se coló en sus fosas nasales; humedad añeja y un dejo metálico, similar al rastro que deja la sangre. Retrasó un paso, el suelo crujió bajo sus botas, cada pequeño sonido amplificado por el vacío que la envolvía.

El pulso le martillaba en las sienes, un latido constante y errático que parecía ocultar algo más, un mensaje enterrado en la sincronía de sus sentidos.

Antes de que pudiera avanzar, una ráfaga de fragmentos golpeó su mente con la fuerza de un estallido. Imágenes sueltas, incompletas y borrosas. Una habitación iluminada por la luz cálida del atardecer, risas quebrando el silencio, la figura tambaleante y sonriente de su hermano Mateo extendiendo la mano…

—No… no puedo recordar —susurró, con el pecho oprimiéndose en un nudo de frustración y dolor—. ¿Por qué todo se siente tan cerca y a la vez tan lejos?

Sus dedos temblaron cuando buscaban en el bolso el comunicador, esperando que sirviera para anclarse al presente. Pero la pantalla parpadeaba con interferencias, una distorsión que se extendía como un derrame negro.

De repente, un latido más profundo vibró en el ambiente; no el suyo, sino uno externo. Un mensaje. No un sonido, ni una palabra. Un impulso palpable, la sutura invisible de una conexión. Una mano invisible le rozó el hombro, una caricia fría y urgente.

Giró de nuevo, y esta vez pudo... sentir. Algo había cambiado.

En el suelo, junto a la pared, algo blanco relucía. Se agachó con cautela y recogió un pequeño papel doblado en cuatro. Lo desplegó con dedos que aún temblaban y leyó en letra apretada, casi infantil, unas palabras que resonaron con tormentosa claridad:

«Lucía, debes recordar. El enemigo está mucho más cerca de lo que crees. Confía solo en ella. —M.»

Los ojos se le agrandaron. Una firma que cortaba como un filo. La M. La misma inicial que siempre la perseguía en sus sueños fragmentados. Pero ¿quién era “ella”? ¿Quién trataba de hablarle a través del velo del tiempo?

Un estrépito cercano hizo que levantara la cabeza abruptamente. Unos pasos se acercaban a gran velocidad, destellos de luces rojas y azules intermitentes dibujaban la silueta de una figura humana entre humo y destellos electrónicos.

La pantalla del comunicador volvió a encenderse por un segundo, mostrando un rostro conocido pero distorsionado: el de su hermano, pero antiguo, desvanecido, atrapado en un parpadeo.

—Lucía… ayúdame —pronunció su voz, entrecortada, como si de un eco lejano se tratara, antes de desaparecer.

La nota temblaba en su mano, como un ancla en un mar de misterios, mientras la sombra que emergía del pasillo avanzaba hacia ella. La ciudad, o lo que quedaba de ella, se cerraba en un círculo que prometía no dejar escapatoria.

El aire se volvió denso, cargado de ojos invisibles y presagios antiguos.

Y en ese instante, la palabra “confianza” se hizo un puñal ardiendo en su garganta.

Un nuevo capítulo se escribía con tinta invisible, justo cuando la figura emergió de las sombras.

—¿Lucía? —la voz rugió entre la distancia y el frío, quebrando el silencio infinito.

La pregunta pendía en el aire. Y ella sabía que la respuesta podría destrozar todo cuanto creía.

No había escapatoria. El ciclo apenas comenzaba.