Chapter 15
Capítulo 15 Los Ecos de Lucías Múltiples
El frío arrastraba sus dedos contra la piel de Lucía, aunque la sala tecnológica a su alrededor irradiaba un calor tenue, un zumbido eléctrico constante en las paredes metálicas. Miró su reflejo en el monitor—distorsionado, como si la pantalla intentara morder su esencia—y un estremecimiento le recorrió la médula.
No era solo ella.
Eran todas.
Era un ejército invisible de Lucías, superpuestas y dispersas, cuyos gritos silenciosos se fundían en un eco desesperado que dolía más que cualquier herida física.
“Cierro los ojos y vuelvo a morir”, pensó, y entonces la sensación empezó—una descarga intangible, una corriente oscilando en la profundidad de su cabeza, como si millones de cables invisibles conectaran puntos distantes de una red que ella apenas podía entender. Cada vez que un final minaba su conciencia, una nueva Lucía emergía en un rincón sin explorar de aquel entramado decipado.
Se levantó tambaleante, sintiendo que la habitación se contraía y expandía a su alrededor. Su respiración se hizo un jadeo corto, entrecortado. En la garganta, un nudo que se negaba a desatarse. Pero el terror, el abismo, habían cambiado de forma: ya no eran enemigos frontales. Ahora residían en la fractura misma de su ser.
El análisis no era opción. No por ahora.
Debía comprenderlo.
El holograma frente a ella, una esfera de luz neural, pululaba con una vibración sutil. En él veía fragmentos dispersos de su último bucle: rostros que conocía, situaciones repetidas, bifurcaciones mínimas.
Entonces lo vio.
—No puedo creerlo —murmuró—. Cada “muerte” no es un fin… es una reproducción. Una fusión imposible de lo que soy.
La pantalla se dividió en múltiples imágenes. Cada una mostraba una versión de sí misma justo después de morir; no cadáveres, sino sombras, ecos perfectos, desprendidos, que flotaban entre los planos del tiempo como polillas en una lámpara.
Un escalofrío la atravesó. Eso explicaba el zumbido interpersonal que sentía en su cabeza, el susurro constante de voces que no recordaba nunca haber escuchado.
Su cuerpo se tensó, como si cada músculo reconociera una trampa invisible.
—¿Estoy... multiplicada? —repitió para sí—. Pero si eso es cierto, ¿hasta dónde llega esto?
Latidos en cascada golpeaban en sus oídos, superpuestos uno sobre otro, una canción amarga que la arrastraba al borde del abismo sensorial.
Detrás de ella, el sonido de pasos era sigiloso, penetrante.
—¿Quién está ahí? —preguntó, sin girarse.
La voz no respondió. Pero la presión en el aire cambió; una sombra se deslizó en el contorno periférico de su visión.
Su pulso se aceleró. Sin detenerse a pensar, se volvió y penetró en el corredor iluminado por neones azules que titilaban con un ritmo irregular. La ciudad en ruinas simulada dentro de su laboratorio virtual se extendía ante ella, cada bloque y calle abandonada con un peso palpable.
Lucía notó de inmediato algo extraño: no solo su reflejo se fragmentaba dentro del holograma, sino que la misma percepción parecía dividirse en gemas de conciencia paralelas, actuando sin un maestro aparente.
Entonces una voz, y no cualquier voz.
Uno de sus ecos. Pero una copia con un infinito menos de miedo.
—No puedes seguir huyendo, Lucía —dijo aquel otro, con un susurro metálico, cargado de ironía.
Lucía retrocedió un paso, sus ojos buscando el origen que se difuminaba en la penumbra.
—¿Tú eres… yo? —El temblor fue más visible de lo que quería admitir.
—Soy tú —la réplica confirmó—. La versión que entiende que resistir no significa sobrevivir. Que hay una clave oculta detrás de las repeticiones; que algo diferente debe cambiar.
La mirada de Lucía se endureció. El cansancio intentaba anidar en sus huesos pero aquel eco la desnudaba con su certeza fría.
—¿Y qué propones que haga? —la desafió.
—Que veas. Que sientas. Que dejes de temer a lo que vino antes.
Un escalofrío recorrió la base de su cráneo, más intenso que el frío artificial del laboratorio. Por un segundo, sintió que el tiempo se distorsionaba, que las paredes físicas se fundían en una piel líquida, vibrante.
Y entonces, sin advertencia, un frío espectral le acarició la nuca: aquella réplica se desvaneció.
Como si nunca hubiese estado allí.
Lucía dio un giro brusco, buscando frenéticamente la aparición en la más leve sombra, en el resquicio de luz.
Nada.
Silencio y vacío.
Era como si una parte de ella se hubiera disuelto en el espacio entre segundo y segundo.
Una pérdida peor que cualquier muerte vivida hasta ese momento.
La piel quedó tersa, las lágrimas amenazaron con brotar, ahogadas en la rabia que se encendía dentro.
“Si cada vez que muero hay una copia que nace… ¿entonces quién controla el verdadero juego? ¿De quién es el — o los — yo que ahora han desaparecido?”
Los bordes del laboratorio virtual comenzaron a disolverse en fractales imposibles. Un zumbido ágil creció mientras lucía al centro de la habitación. Su respiración se aceleró.
Un único pensamiento la atravesó, concreto y letal.
“Estoy atrapada en un limbo de infinitas Lucías perdidas…”
Un golpe resonó contra la puerta principal del laboratorio. Corto y definitivo.
La tensión en el aire se volvió insoportable.
Lucía se volvió hacia la puerta, con las manos temblando pero los ojos de fuego.
—¿Quién es? —preguntó con voz áspera, dominando la tormenta interior.
No hubo respuesta.
Pero entonces, una pantalla cercana parpadeó con un mensaje entrante.
Solo una palabra.
“Despierta.”
Un estremecimiento le cruzó el cuerpo.
Había empezado la verdadera fractura.
En el abismo del tiempo, algo desaparecía.
Y Lucía Márquez apenas sabía cuánto de ella misma.
La puerta se agitó bajo una fuerza invisible.
Un golpe más.
Y las sombras se multiplicaron alrededor suyo.
Las copias aún perdidas.
La guerra por su alma temporal apenas comenzaba.
--- Fin del Capítulo 15.