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Chapter 14

Explorando Realidades Paralelas

Capítulo 14 Explorando Realidades Paralelas

La puerta gimió entre la lluvia y los lentos golpes de Lucía, que parecían sacudir no solo la madera, sino el aliento mismo del tiempo. Cada segundo que pasaba se sentía como un suspiro agónico en un espacio sin fondo; la pulcra línea entre el pasado, el presente y un futuro posible crujía bajo sus pies, frágil.

Su mano temblaba, el frío de la noche mojada se colaba hasta el hueso y hacía latir su corazón con una urgencia voraz. Volvió a pronunciar el nombre de Damián, seco, sin esperanza, como una plegaria lanzada al vacío sintiente. ¿Quién era ahora? ¿Era él un hombre roto o el arquitecto de un desorden que iba a consumirlos a todos?

Un chirrido más fuerte. La puerta cedió ligeramente, como si una gracia invisible le permitiera abrirse, pero solo un medio centímetro. Lucía presionó con el hombro, la madera cedió a regañadientes, hasta abrirse lo suficiente para que la penumbra interior la tragara.

La habitación olía a ausencia y metal húmedo. Apenas un destello rojo vibraba en una esquina, marcando el ritmo lento y preocupante de un dispositivo temporal. Entre el eco de su respiración y el susurro abrasivo de la realidad fraccionada, sintió que el aire retenía un secreto demasiado grande.

Sus ojos rastrearon el cuarto. Algo se movió.

—¿Damián? —su voz tembló, porque más allá del monstruo que temía encontrar, había una realidad frágil, deformada, que parecía atraparla a ella misma.

Y en ese instante, la luz cambió.

Se descompuso en fragmentos cristalinos, como si la habitación no fuera un todo, sino un mosaico roto de realidades superpuestas. Las paredes cedieron al brillo intermitente de fragmentos de su propia historia personal: recuerdos distorsionados de un hermano que reía, pero con un eco ajeno, una Lucía que se volvía contra sí misma con ojos que no reconocía.

El aire se volvió denso, cargado de un tic tac que no correspondía a ningún reloj. Allí, las copias de Lucía giraban con diferentes certezas, y en cada una, un paralelismo de su vida mostraba una posibilidad, una decepción, un miedo distinto.

Trató de aferrarse a su propia imagen, pero la realidad se vino encima en cascada.

“¿Cómo detener esta caída?”, susurró con una urgencia sin aliento. Se adentró más en la contradicción, en la distorsión. Una sombra se deslizó ante sus ojos, rápida, casi esquiva: una versión arcana de ella misma, con la mirada perdida y la sonrisa torcida.

“¿Quién eres?”, exigió, la voz un filo de acero que temblaba.

La figura levantó una mano huesuda, señalándola, y repitió, en un tono burlesco y frío, palabras que Lucía no podía comprender, pero que tenían el peso de la condena.

De repente, el suelo vibró. Un toque eléctrico recorrió sus piernas. La habitación empezó a girar y a desdibujarse, fragmentándose como un sueño febril.

Atrapada en ese caleidoscopio de mundos que se solapaban y negaban, Lucía sintió el abismo justo frente a ella, un precipicio sin fondo del que la única salida parecía un salto sin red.

Cuando quiso retroceder, la misma sombra se interpuso, y con una sonrisa que aún le helaba la sangre, susurró cerca de su oído:

—Estás más perdida de lo que crees, Lucía.

Un ruido seco, un clic metálico que hizo eco en el pecho de Lucía.

Parado al borde de aquel abismo, tuvo que elegir.

Pero la elección se esfumó.

Un calor cortante le quemó la nuca; una sensación aguda e invasiva, como si un disparo invisible la atravesara en pleno corazón.

Se desplomó en ese vacío de realidades partidas, y al borde de la nada, la oscuridad la abrazó… solo un instante, hasta que un grito ahogado surgió en su garganta.

El mundo replicante se desmoronaba a su alrededor.

Un parpadeo más, y la ilusión se rompió.

La figura sombría se desvaneció, pero el daño ya era irreversible.

Lucía estaba atrapada en un paralelismo distorsionado.

Y el peligro acechaba con una paciencia letal.

Un sonido seco, madera quebrada; puertas que se cerraban en eco, y atrás quedó el silencio al borde del desastre.

El abismo se había cerrado.

Pero el peligro no solo era real. Era mortal.

—¿Lucía? —una voz quebrada, distante, pero demasiado cercana—. ¿Estás bien?

No era ella.

No era quien esperaba.

Y justo cuando quiso gritar, supo que la trampa ya le había cerrado el cerco.

Un filoso destello rojo indicó el peligro, y entonces, la habitación tomó un giro definitivo: no había escapatoria.

Las sombras se agigantaron.

Y con ellas, la amenaza de un final que no podía permitir.

La noche infinita la cuadró en sus garras en ese cruel eco de realidades brutales.

El juego de Damián no era solo manipulación.

Era muerte disimulada en los reflejos rotos del tiempo.

Lucía Márquez estaba al límite.

Y la paradoja estaba por comenzar.