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Chapter 13

La Tragedia que Cambió Todo

Capítulo 13 La Tragedia que Cambió Todo

La lluvia golpeaba con furia los cristales del departamento de Damián Caldera, donde Lucía acababa de entrar sin anuncio. El aire, cargado de ozono y el amargor metálico del inminente invierno, se empapaba en las paredes desnudas. Afuera la ciudad lamía sus heridas: luces parpadeando, calles vacías, ecos distorsionados de sirenas lejanas.

Lucía sintió cómo el peso de la última revelación la aplastaba desde adentro, y a la vez, una oscura curiosidad la impulsaba hacia donde el enemigo era, en verdad, un hombre roto.

—¿Por qué? —su voz salió casi sin querer, un hilo tembloroso que atravesó el silencio denso—. ¿Por qué arriesgarlo todo? ¿Por qué este desastre?

Damián giró, mirándola con ojos que no reconocían piedad ni rencor, solo un vacío infinito.

—Porque no sabía qué más hacer —murmuró despacio—. Porque a veces, cuando pierdes todo, la única forma de recuperar algo es destruir lo que eres.

Se volvió hacia la ventana. La metrópolis brillaba con luces fluorescentes, pero bajo esa belleza artificiosa, Lucía veía la grieta. La grieta que Damián había abierto.

—No siempre fui así —susurró—. Hubo un tiempo en el que creí en el mañana. En la justicia. En proteger a los que amaba.

Un silencio grave cubrió la habitación. Lucía se acercó, notando la rigidez en sus hombros, la fatiga en sus rasgos angulosos, tan marcados como las cicatrices que el tiempo había tejido en su rostro.

—Cuéntame —pidió, con un nudo en la garganta.

Damián giró, dejando que por un momento sus muros se derrumbaran.

—Mi hermano... —comenzó, y la voz se le quebró como un cristal cayendo al suelo—. Tenía siete años. Inocente, brillante… No debería haber estado allí.

Las manos le temblaban. Cerró los ojos, y por un instante la habitación se llenó de sombras del pasado, imágenes fugaces, borrosas pero atemporales.

—Era un día ordinario —continuó—. Pero esos días... cambian todo. Un maldito accidente. Un fallo… un error mio, sin importar lo que el sistema diga.

Lucía sintió cómo le ardían los ojos mientras la tormenta en su interior comenzaba a condensarse.

—¿Accidente? —preguntó con voz firme pero delicada—. ¿Qué pasó realmente?

Damián se acercó a la mesa de cristal, tocándola con dedos que parecían sostener un mundo quebrándose.

—Quise protegerlo. Intervine en el flujo temporal para evitar que ese día sucediera. Pero lo empeoré todo.

Su mirada oscura se clavó en ella, desgarradora y sincera.

—El sistema colapsó. El bucle se rompió. Mi hermano quedó atrapado entre momentos, condenado a no avanzar ni retroceder. Ni vivo ni muerto. Solo un eco.

Lucía tragó en seco. Sabía exactamente qué significaba aquel tormento. Había visto semejante condena antes, reflejada en espejos rotos.

—¿Y tú? —preguntó— ¿Desde entonces? ¿Por qué seguir con esto, destruirlo todo?

Damián dejó caer la cabeza, como resistiéndose a arrastrarla por la vida.

—Porque el dolor se volvió rabia, y la rabia se convirtió en obsesión. Quiero reescribir todo, hacer que el tiempo sea mío. Que no duela más. Pero cada línea que cambio, cada instante que altero, añade heridas invisibles que amenazan con destruirlo todo.

Se escuchó un trueno lejano que vibró en las ventanas, presagio oscuro.

—¿No temes que el tiempo se rompa? —preguntó Lucía, aún buscando la conexión que había entre ambas almas quebradas.

—Ya está roto —respondió él—. Solo intento controlar el caos antes que me devore.

Con un dejo de desesperación, Damián se giró de nuevo, el rostro endurecido.

—Pero hay algo que aún no te he dicho… algo que podría cambiarlo todo.

Lucía sintió cómo su pulso se aceleraba. La verdad estaba al borde de explotar, y sabía que cualquier palabra podría convertir una esperanza en cenizas.

—Dímelo —exigió con una mezcla de miedo y determinación.

Pero antes de que Damián pudiera abrir la boca, un súbito sonido interrumpió el instante: un golpe seco en la puerta principal. Preciso, urgente.

Los dos se miraron como si entendieran al mismo tiempo que lo que estaba en juego iba más allá de viejas tragedias o secretos.

¿Podría Damián perdonarse? ¿Podría Lucía salvarlo antes de que la soledad absoluta lo devorara?

El silencio solo respondió con la lluvia, y la puerta que comenzaba a ceder bajo la presión de un destino implacable.